La pestilencia de ser: ‘La vida breve’, de Juan Carlos Onetti

La tristeza de un país, de una modernidad fallida y desalmada por extirpación de alientos utópicos y de las consagraciones de la amorosa solidaridad, tiene forma de novela: La vida breve de Juan Carlos Onetti.

Un Uruguay del medio siglo, perlado de inversionistas cínicos con tufo de amos de la situación y de empleados inciertos que guardan un revólver en el cajón del escritorio en lo que campanean sus posibilidades de despido, que se arrancan a trabajar en un guión cinematográfico que nunca será mientras se separan de sus esposas, atosigan sin herida moral a la vecina prostituta, y maquinan un crimen en sus tristes cabezas sin dragón en las visiones de la esperanza.

Un complejo universo de desdoblamientos donde, además de fingirse Arce para visitar a La Queca, seducirla, emborracharse con su ginebra, despreciarla, embotarse, maquinar un feminicidio y solaparlo, Juan María Brausen se imagina una ciudad completa donde las violencias del machismo, que, por ejemplo, utiliza a un esposa para facilitarse estupefacientes, también resuenan, proliferan, lo mismo que las complicidades criminales y las monedas aplastantes del desinterés: Santa María. Donde las fugas de las nociones de colaboración y empatía también dominan como brea cotidiana. Ni la creación de un mundo, de una urbe articulada, dota de sentidos del amor a la experiencia de la vida ya vencida, invadida, intoxicada.

La vida breve, publicada en 1950, es un condensado desprecio e inmersión en los dolores de un siglo de genocidios, empobrecimientos y totalitarismos: a las proezas sangrantes de la civilización las siguen casi que únicamente vidas degradadas que alcanzan alegrías en la borrachera, en la promesa de enamoramiento, en las iluminaciones del carnaval, pero sólo al margen y después de la normalización de la abyección, de la renuncia al amor comprensivo y reformulado, resucitado en el ejercicio cotidiano de la ternura y la visitación al rostro del otro. Alegrías siempre acotadas por el plomo bruto permanente que casi hace horizonte, o lo cierra.

La novela de Onetti es, también, un mapa de ficciones, de planos donde una mujer recorre las imaginaciones de París desde las educaciones sentimentales de un cabaret, atemorizada y al mismo tiempo serena ante el envejecimiento; donde un médico acepta envilecerse para encumbrar su deseo sexual, su aspiración de fornicar con Elena Sala, y se inscribe a la cofradía de los asesinos cínicos con desafán, con los valores vaciados y los pies arrastrándose; donde el desprecio a las mujeres, pobres, sexualizadas, obligadas al ritual del coito como mecanismo de supervivencia, es respiración común, nunca pensada.

Para el crítico húngaro Georg Lukács la novela es la búsqueda degradada de valores auténticos en un mundo inauténtico: difícil, angustiosa, desgarrada, vil, envilecida, pero exploración al fin. En Onetti, en cambio, sólo quedan, sólo importan las sombras del dolor, sin la consagración de voluntades humanizantes: sólo la épica de la derrota, como asegura Rodrigo Fresán, sólo la viscosidad de la tragedia, como sugiere José Emilio Pacheco, sin logros, sin promesas, sin alcances, sin mejorías, sin resultado.

Meramente el chillido de una nube urbana pesando sobre todo y sobre las imaginaciones de los olvidados, que desean sublimar su agobio en la destrucción consumada lentísimamente.

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