Las mutilaciones teledirigidas: Johnny cogió su fusil

No tiene brazos, ni piernas, ni mandíbula, ni ojos, ni oídos. Sí tuvo una responsabilidad teledirigida: pelear la guerra de otros. Y una consecuencia irreparable: quedar convertido en montículo, bulto, un trozo de carne respiratoria que recuerda.

Recuerda las navidades con su familia, el día que falleció su padre y que hubo que ingresar a la vida, la primera vez que se acostó con Kareen, con las emociones desnudas bajo la sábana, la risa pronta, la ternura en apetito de futuro y la obligación de ir al frente ya ahí insalvablemente instalada del otro lado de la puerta.

Recuerda su trabajo en la panadería, el noble puertorriqueño José que llegó a California para conseguir una oportunidad en el cine; la última vez que fue de pesca con su padre; la miel que fabricaba en casa, sus alimentos y sus fracasos.

E intenta obsesiva, rendida y pacientemente hallar una ruta hacia el exterior. ¿Cómo comunicarse con las enfermeras que lo atienden? ¿Cómo entender el paso del tiempo cuando se han mutilado los canales hacia el mundo en el propio cuerpo?

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¿Cómo ser, cómo empezar a ser, después de la imposición del Estado de pelear una guerra y morir para, como se dice propagandísticamente, defender la vida? ¿Quién le paga ahora la contradicción? ¿Quién le repara, ahora, el daño irreparable a este amasijo tullido y reposado sobre una plancha médica?

El novelista estadounidense Dalton Trumbo estará permanentemente ligado a su ‘Johnny cogió su fusil’, novela universalmente calificada de antibelicista, publicada en 1939 como una canción en prosa de rechazo a la Primera Guerra Mundial.

El escritor, perseguido durante el llamado macartismo por su afiliación comunista, quedará ligado siempre a un mensaje contra la guerra que pesadamente llegó a los estantes al tiempo que Alemania desataba su intención de dominar Europa, lo que detonó la Segunda Guerra Mundial. Un libro que en los años 70 sería visitado por su autor a la luz de la Guerra de Vietnam y sus opresivas cifras de derramamiento de sangres y roturas de huesos.

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“A la hora del desayuno leemos que 40,000 norteamericanos han muerto en Vietnam. En lugar de vomitar, nos servimos una tostada. Por la mañana, nos sumergimos precipitadamente en las calles atestadas, no para gritar asesinos sino para abalanzarnos sobre el abrevadero antes de que otro engulla nuestra ración”.

Trumbo, autor de una novela antibelicista que, visiblemente, según los testimonios de la realidad, no logró ahorrarle al mundo con su literatura ninguna vejación operada bajo los discursos y acciones aplastantes de la guerra.

 

Este texto fue originalmente publicado en las redes de Fusión México.

Imágenes intervenidas por Miguel Mondragón.

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