Los niños del nazismo: «El gato y el ratón»

Sobrevino la Segunda Guerra Mundial para un grupo de adolescentes en Danzig, el pueblo natal del novelista Günter Grass.

Sobrevino la promesa de conquistar Europa y obligar a los pueblos del planeta a la germanización. Deutschland über alles in der Welt: Alemania sobre todos en el mundo.

Pero los testigos de la catástrofe bélica en la novela El gato y el ratón (1961) son adolescentes. O sea que mezclan su comprensión de las difíciles interrogaciones de la historia con su experiencia como seres vivos llenos de penes y senos, de necesidades de acariciarse, de la hiriente curiosidad y sus exabruptos, de la construcción de héroes locales autónomos en un pueblito encerrado en un círculo por el catolicismo y la tradición.

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Un grupo de nadadores hace su jardín secreto en un barco encallado a medio mar, en el que se abandonan para masticar excremento de gaviota, masturbarse con la mirada perdida en el cielo y conformar el apostolado en torno a su Jesucristo personal: Joaquín Mahlke, un huérfano que del anonimato intrascendente pasa a un liderazgo medio modesto, medio provocador.

Joaquín, el primero en transgredir la solemnidad del ejército, un héroe de guerra por liquidar tanques enemigos, un esquivo animal autoelogioso y atormentado por la recalcitrante fe: un pequeño joven obligado a crecer en las esclavizaciones de un sistema de anhelos imperiales para el que los ciudadanos y sus intimidades son los engranajes del gran proyecto.

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A la manera de los evangelios, la historia de Mahlke la cuenta en una primera persona remembrante uno de los testigos de los hechos, Pilenz, quien conduce hacia el éxtasis de la revelación de la corrosiva y catastróficamente sutil opresión de la historia.

Al heroísmo propagandístico del Tercer Reich lo desdice la descomposición psicológica de sus integrantes: la fe escolar en la victoria del Führer contrasta con el postrero arrepentimiento avergonzado. El canto de amor a la patria va desnudando su nostalgia y pesadez, la neurosis y la angustia de una época de hostilidades envenenantes.

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El gato y el ratón: la imagen emblema del perseguido y el perseguidor, sutilizado aquí hasta el encanto por el ganador del premio Nobel de literatura en 1999: el ratón es la manzana de Adán en la garganta de Mahlke, prominente como su mito, como la devoción que le derraman como flores en el pecho sus compañeros. El gato, un gato negro que le arrojan al cuello para que persiga y ataque su manzana y le haga pasar un mal rato.

Travesura que es un símbolo: tragar saliva bajo las aplanadoras del acoso puede ser mortal, desquiciante.

Este texto fue originalmente publicado en Fusión México.

Imágenes intervenidas por Miguel Mondragón

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