Salir del edificio para volverse jabalí: Themroc (1973)

Themroc es un buen muchacho. No habla ningún idioma conocido, el pobre estúpido, pero se lava los dientes tres veces al día, se peina y hasta sonríe por las mañanas  a sus vecinos, cuando se dirige al trabajo con diligencia y haciendo par de vuelo con su colega de en frente, montados ambos en sendas hermosas bicicletas por aquello del equilibrio estilístico además notable. Emparejado, se torna más deseable su tipo, como ciruelita de la exhibición del deber ser. Ay, engranaje de mi corazón trasnacional.

Lo quisimos tanto mientras duró encorbatado, limpio, sereno, receptor, dignificante y trabajando. Modelo empresarial. Efigie universal del empleado de sacrificio y desinterés que todos requerimos con premura para la satisfacción de un ejercicio respiratorio bien normal, sin interrupciones indeseables de mocos, lesiones, insultos con pene, o anginas.

Themroc buena 1 

Quisieran promoverlo, como dicen en inglés, porque casi no sale al cine, ni se rasca los testículos en horario de oficina, ni parece desear nada o expresar alguna prisa discordante, cacofónica, que nos haga perder tiempo y enflaquecer la robusta gama de elementos en oferta de nuestra producción mensual. Hasta de ejemplo podría servir a los demás.

Macaco de orden luminoso y reparador, ¡no te cambies de lugar!

Pero la plana escolar aburre. Lo obligatorio casi nunca lo es. “Lo urgente nunca deja tiempo para lo importante”, Mafaldita. Y el chango no se quiere morir sin conocer la fornicación. “La sardina quiere que la lata se abra hacia el mar”. Sentir un fresco en el perineo, aunque lo tuviera que comprar. ¿Qué le vamos a hacer a la criatura cuando, ya desorientada, se reviente?

Un cheque.

Quizás hasta un ventilador de puro obsequio. No te fijes. Es un regalo. Va calado, va cromado. Aspas de siete plásticos. Treinta y cinco velocidades variables y combinatorias. Diferentes musiquitas según el crujido del motor. Hasta podrías atreverte y estirar los pies. La máquina lo permite, es último diseño.

Themroc no deja que lo domine la impaciencia. Se somete comprensivo, como que esta mampara coloradita tiene que ser así, a lo más hay que ponerle un listoncito que simule la cola de la lagartija, para reír pensando en otra parte. A lo más, mover lo menos posible, ya la canica es así, no ladres tanto. A lo más dormir sin necesitar de la invención del tetris redondo o perezoso, no te comportes de manera sospechosa, ve tirando y cáete a dormir constantemente: Allá en el fondo está la gloria. Sólo sopla eternamente esta pelotita, mírala girar, mírala enredarse limpiamente en una espiral imprecisable, y cálmate. Y come a tus horas.

Pero todo lo cimbrará la vagina de la secretaria del jefe y su risa colaboradora. ¿Cómo se puede ser y no ser animal al mismo tiempo? ¿Por intervención del escritorio? ¿Por obra y gracia de la multiplicación de las alfombras no voladoras? ¿Por consejo de la autoridad? ¿Por respeto a la forma de los canaletes donde resbalamos de ida y regreso, distraídos antes de gorjear?

Con esta película, narrada en silencio, desde el puro cuerpo de los actores, sin lenguaje, más que gruñidos, sin idioma, simulación de un puro éxtasis deseable y venidero, Claude Faraldo propone, traza, desea y celebra la liberación simbólica de la sardina; todavía dormida esperando que las cosas cambien o no aprieten mucho.

Themroc decide dibujarse con descubrimiento en la celebración en vida de la ceremonia de la confusión. Y comienza, con pequeños actos sencillos, como una discusión de griterías en los vestidores —corralito tierno mío, mi colmena, no te vayas a quebrar—, a fundar la utopía del animal desprendido, la erótica de los reptiles urbanos obligados a santificarse por vías del seno y la gónada entre paredes y cálculos de ingeniería civil presta y generosa.

Comienza la renuncia trascendental.

Themroc buena 2

Y Themroc raptará mujeres y abandonará su nido, por aquello que decía cariñosamente y con convocatoria el cubano José Lezama Lima: “Deseoso es aquel que huye de su madre”. Lapidará lo terrible cotidiano: la bicicleta, la cafetera, la estufa, la corbata, la obligación repetida y serena de viajar en metro. Y se asumirá con la coleta en el culo y la melena en la cabeza: festivo animalito recostado transversalmente en la calavera de azúcar de la buena disposición. Aunque esto implique dejar caer a su vecino cuando, en la mañana, al conducirse al trabajo, no lo encuentre para emparejarse en su viaje en bicicleta, y caiga de un lado, desvalido y en la franca necesidad de reinventarse.

Surgimiento de la predicación involuntaria, un llamado sordo a la disolución golosa, infinita y embarazada, al festejo de lo irrisorio urgente en esta pequeña vecindad casi callada e inocente, al menos rítmica en su nimiedad serena de cachete presuroso a exponerse. Y Themroc destruirá la pared de su cuarto luego de separarse para siempre del mundo real con un muro de desprecio y vómito. El mazo: la nueva vocal. Y ya con el boquete hecho, arrojará los muebles uno a uno al patio de su vecindad, esperando nunca más sentarse en una silla y cambiar definitivamente los ídolos por los petates.

Comienza el desliz del cuero, la armonía de la salivación, el nacimiento súbito de la cresta de dinosaurio, la desnudez pornográfica de lo paquidérmico que hay en ti, el enamoramiento desesperado y sudoroso de clavículas y tendones, la visita sexual irreverente y opuesta que renuncia al maridaje y se permite tocar los instrumentos con el ano y los dientes, como que hay mucho bambú esperando una respuesta sensual por parte de la pupila y de la sensibilidad de los dedos. Themroc es tótem de pellejo en su templito chiquitito de sexualidad y descanso gutural, en su espacio invisible pero irrigador de mucosidad de alto vuelo y de técnicas respetables de reptación inaugural. Visitación a la muralla china de la imaginación habitada por innumerables insectos de difícil comprensión a una toma. Ritual de lo sagrado secular que se desnuda en la plaza pública para enseñanza de lo íntimo del desprendimiento, para consagración del temblor entre los hombros y el centro de la tierra. Fenómeno viral de contagio de una vitalidad que no puede arrugarse, pues yace en paladar y en tripa parpadeante: se es en los espacios de abandono y santo cansancio, en los momentos de excitación irracional que golpea tanto como lame, en las áreas del placer y del sangrado que fomentan otro aprendizaje de oblicuidad, en la risa quemante y en la contemplación mística de lo que no se comprende, pero se disfruta con digestión equívoca y revoltosa.

Michel Picolli
El polifacético Michel Piccoli protagoniza la película. Aquí se lo ve junto a Brigitte Bardot en la filmación de El desprecio 1963),de Jean-Luc Godard.

Luego, la censura golpeará a la mujer del deseo, motivándola a rechazar toda invitación a lo selvático local, como que un celo terrible ronda a la despreocupación y la teme como una afrenta personal. Y la consejería monumental dará órdenes de recubrir el boquete del departamento de Themroc con un nuevo muro de salvedad y buena disposición. Un albañil trabajador lo despertará a él y a su mujer mientras reinventan la vida citadina olvidados adentro del sueño y recostados encima de una sábana de palma de envidia. A la línea recta se la derrota con mantequilla y sonajero, a la univocidad con rasguñitos de semen y con el tiño de la punta de la lengua. Themroc acariciará al emisario hasta volverlo al bando del fornicio, en el que se abandonan las tareas y se inventan las inutilidades. De vuelta al festín devorador y hedonista.

Quizás la película padece el entusiasmo del hipismo, pues no plantea ni sugiere las posibilidades deformantes de una liberación radical tan definitiva. Fábula sugerente que se detiene en la seducción, sin desgarres apocalípticos. ¿Qué pasará con los simios después del orgasmo?, ¿no surgirá del placer una ambición por el totalitarismo del placer, un apoderamiento? Eso sí, convoca a la destitución de la cultura por el orgasmo, a la decoración del espacio urbano por el griterío y el silbido del desparpajo y la calentura, al recorrido simiesco por los caminos de lo dominado e ignorado en tanto que común.

Themroc es animal de paz, no parece forzar a nadie a descubrir la inexorable realidad de que las nalgas se componen de dos cachetes cárnicos esperando un descubrimiento celebratorio. Simplemente estalla en sí mismo y permite imantar a quienes lo rodean, fenómeno natural como que se padece de manera conjunta y difundida el culto a la obediencia y al ensordecimiento autoinfligido y favorable.

Ya hemos roto patrullas y fundado el vestido vaporoso a ultranza. Es apenas nada. El culto a la carne reclama todavía su constante.

Al final: dos brazos pálidos se agitan como queriendo alcanzar un abrazo, encerrados en la cuadrícula de cemento de la planeación multifamiliar. La imagen se congela. Se enciende el ventilador.

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