Kenia balbuciente, crítico frenesí: Binyavanga Wainaina

Una historia de despojos, de fragmentaciones a modo en beneficio de las potencias europeas, que hace ya algunos años se repartieron el mundo y el África como una extensión de los cabildeos en Bélgica, Portugal, Inglaterra, España, Francia, Alemania.

Un testigo que al desprecio del estado criminal de las cosas desde la retórica consagrada de la dureza periodística, del relato político, del análisis de datos, suma el testimonio, la dignidad de la experiencia donde la sed de heroísmo cede a la temperatura cotidiana.

Un testigo que admite la derrota íntima que frustra una promesa infantil de éxito académico, la naturalidad de emborracharse y dejar pasar los años en vez de trabajar en el modelo y consagrarse, acumulando frustraciones e incertidumbre ante el dominio del capitalismo, que arrodillaría a quien fuera en función de la usura.

BinyavangaWainaina

Al patetismo de tratar a África como una región primero saqueada y luego folklorizada y digna de lástima e imprecisable lamentación colectiva, el keniata homosexual Binyavanga Wainaina opone una robusta prosa plástica que da algunas cachetadas a la simplificación: noticias para el mundo: los subalternos sonríen, se deprimen escuchando jazz, juegan futbol, se enamoran, fuman mariguana para deshacer la tarde y cavilar su mente, sienten no sólo piedades autodirigidas, se buscan en Tolstoi y Kafka, seducen en bares, imaginan la transformación de la violencia hacia la construcción de justicia y la permanente extensión mágica del árbol.

En Algún día escribiré sobre África (2011), Wainaina trata la historia reciente de su país dictatorial, balcanizado, sordo, neoliberalizado por la inapelable presión del mercado global, mientras se recorre desde las mucosidades y los meados de la infancia hasta la diabetes detectada hacia los 40 años, desde el cascarón de casa y las llamadas de amorosa contención de sus padres, hasta la persistente incertidumbre de malvivir trabajando, de malvivir en el escenario brutal de la sociedad sin solidaridades, con un andamio orientador consistente: las voces del arte.

Nairobi
Nairobi, la ciudad más poblada de Kenia. Imagen tomada de Kenian Magazine.

Testigo convencido de que el pensamiento es metafórico, demencial, libérrimo, Wainaina ejercita las oportunidades de decir y criticar desde la belleza, la embriaguez, la saturación y el derroche.

“Somos hijos de la guerra fría. Nos hicimos mayores de edad cuando terminó y vimos que nuestros países se arrugaban como el papel. Como si los Grandes Lagos se hubieran inclinado, soltando riadas de ruandeses, keniatas y otros que cayeron en el Congo, Tanzania y la propia Kenia. Luego, Kenia se sacudió y cayeron en Sudáfrica”, dice el autor en la traducción de Jesús Gómez Gutiérrez para Sexto Piso (2013).

Para Kenia, como para México, la lengua imperial unificadora es una conflictiva solución aparente: tanto faculta a medias una identidad de estado nación como reniega mediante la imposición de la diversidad étnica del país, de su pluriculturalidad, sus diferencias en permanente conversación tantas veces hostil. ¿Qué tienen común los dominados del mundo? Una conciencia de las amarguras de la subordinación y un rigor creativo de supervivencia, al menos.

Brutalidades descritas con pasión terca, sensualidad e imagen: una forma de libertad.

 

Este texto fue originalmente publicado en Fusión México.

El gif fue realizado por Miguel Mondragón.

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