La saturación que pide su ironía: ‘Amor perdido’ (1977)

Al México desigual lo inundan las identidades culturales también desiguales: proliferación de contrastes que reclaman ser visitados con ironía.

¿Qué comparten el frívolo de frases intercambiables Raúl Velasco, genérico hasta la desaparición, y el desproporcionado David Alfaro Siqueiros pulmonar, quien fue encarcelado en Lecumberri y trató de matar a León Trotsky por disciplina política? ¿Qué con un José Revueltas enfermo apoyando al movimiento estudiantil de 1968 desde su disposición permanente al debate y la resistencia?

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¿Qué tienen que ver la adaptación en clave de nopal de la cultura de lanzarse a los caminos insuflada por los beatniks estadounidenses, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, y la derecha porfirista enamorada de su permanente presunción de superioridad, en plena nostalgia de la alfombra inalcanzable y de la nítida división castas, la separación de esclavos y beneficiarios?

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Las respuestas las congrega Carlos Monsiváis en su libro Amor perdido (1977), que suma especulaciones detonadas por las desproporcionadas identidades nacionales del México de la década de 1970.

Crónicas que quieren entender a Agustín Lara, que heredó una educación sentimental a la nación, a José Alfredo Jiménez, poeta llano de emociones directas y columna de obvia identificación, al eternizado Fidel Velázquez, quien ilustra la esclerosis e indignidad de una política que hace del grupo social de origen exigente un cliente anónimo legitimador, a Salvador Novo, cronista de poderoso verbo sarcástico luego acostumbrado a las cercanías con el poder y al repudio a la rebeldía, etcétera.

“Ningún pueblo se mueve bajo el catálogo preciso de todas y cada una de las represiones de su historia, pero la carga de esa suma de aplastamientos actúa dolorosa e inhibitoriamente en la conciencia o en el inconsciente colectivo. La despolitización empieza advirtiendo el trágico destino de los muy politizados”, ensaya el comentarista de las familias del suelo, por ejemplo.

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Amor perdido es un afortunado y densificado conjunto de astucias estilísticas de un analista que sabe que el flujo de la historia ocurre en la calle.

Que hay que comer jicaletas en los mercados para entender las abigarradas formas de una nación conservadora, rebelde, resentida, machista, creativa, sagaz, inconforme, contradictoria, sorprendente, abrumadora, troglodita, flagelada, enajenante, esperanzadora. Y las formas transversales de sus protagonistas que facultan las sublimaciones de un pueblo.

Cultura es asociación, al menos, desde que todo está en todo.

¿Y si frente las saturaciones nos reímos mientras se ensayan las posibilidades de la lengua como esperpento y discernimiento? Carlitos dice que sí.

Este texto fue originalmente publicado en Fusión México.

Imágenes intervenidas por Miguel Mondragón.

Foto principal tomada de Proceso.

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