Las amarguras y los estómagos de Max Aub

Ni comunista, ni anarquista, ni falangista, ni madridista ni catalanista ni franquista: solamente amargo.

Nació en Francia, de madre francesa y padre alemán, en 1903, aunque las biografías dicen que en 1904. Creció en Valencia y escribió a borbotones, por edad vinculado a Rafael Alberti y Federico García Lorca, la plana mayor de la lírica española del siglo XX.

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Augusto Monterroso se burlaba de su pluma abundante diciendo que él no escribía, sino que esclavizaba a personas para que lo hicieran por él. Sólo así era explicable que acumuló decenas de libros: poesía, teatro, novela, cuento, ensayo.

Hizo un círculo novelesco sobre la Guerra Civil a la manera de Ramón María del Valle-Inclán y su Ruedo ibérico y de Benito Pérez Galdós con sus Episodios nacionales. O sea, fue un intérprete comprometido con la tradición.

Escribió un cuento donde un mesero mexicano, harto de los lloriqueos de sus clientes exiliados españoles, viaja a España para clavarle unos balazos a Francisco Franco y acabar con la dictadura con tal de que sus comensales se callen y dejen de lamentarse.

¿Quién?

Hablamos de Max Aub, quien en 1969 recorrió España para armar un libro sobre Luis Buñuel, tras 33 años de exilio, obligado a huir de su país luego de la derrota de la república y la instauración del régimen de Francisco Franco, quien gobernó la península de 1939 hasta su muerte en 1975.

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El resultado de aquella visita, asomo al dolor del pasado, a la costumbre de la dictadura, a las complacencias con la economía neoliberal y la promesa de placidez turística, de pantalón corto y resolana, es un texto apasionado e hiriente, una confesión agresiva, una crítica al estado del mundo, un libro de 400 páginas que se llama La gallina ciega: diario español, publicado originalmente en México en 1971, en la desaparecida editorial Joaquín Mortiz, otra de las herencias en el país del exilio español.

¿Qué fue de la España aguerrida que buscaba la justicia mediante el equilibrio de las clases sociales, en coordinación con la revolución de octubre de Lenin en Rusia? ¿Qué queda de la crítica como una de las bellas artes, permanente, cotidiana, cordial, amorosa, para 1969, cuando Franco ha expulsado a los disidentes, domesticado a los opositores y rellenado de expectativas a la derecha neoliberal, enriquecida y confiada en su derecho al triunfo? ¿Qué queda?

Nada, reprocha Aub de visita por Barcelona, Valencia, Madrid, Zaragoza. Tras 33 años de ausencia, el autor de La gallina ciega ve complacencia en el turismo, en la mera expectativa de vivir y comprar un auto y una casa, ignorancia gigantesca ante el pasado, la tranquilidad de no saber ni quererlo transformar. “En general los españoles están muertos; Larra dijo lo mismo en condiciones parecidas y Cernuda lo repitió hace años en Londres, Goya y Picasso morirán en Francia”, anota.

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Nada, y sin embargo la ira y autocrítica viven en el libro como un llamado a la totalidad, como una invitación a vivir aunque se sabe que la vida es dolor y la política, decepción, abuso, unilateralidad. A pesar de que Aub quedó del lado de los vencidos y se vio obligado a huir a México.

La gallina ciega es usted, lector, lectora. Evite complicaciones y siéntase la piel, lea acerca de su pasado, indígnese y dígalo a gritos, a raspones en la pared, con dignidad. No chingue.

Este texto fue originalmente publicado en las redes de Fusión México. Ilustraciones intervenidas por Miguel Mondragón.

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