La conciencia sobreviviente: Julianes Sturz in den Dschungel (2000)

Se necesita un Werner Herzog para confiar en la dignidad de unos maniquíes de cráneo roto exhibidos en los umbrales de pequeños comercios de ropa y convertirlos en eje fundamental de una narración cinematográfica.

Se necesita una sólida formación como bióloga, una familiaridad de años con la selva del Amazonas, una inteligencia que supere la primera sorpresa ante la aparición de cocodrilos y que distinga sapos venenosos en medio del bullicio de moscardones, lianas, palmeras y fangos, para sobrevivir entre raíces, árboles cerrados y bestias, con apenas una minifalda desgarrada, y, siguiendo el afluente del agua para encontrar embarcaciones, salvar el esqueleto de una segura asfixia carnívora.

De nuevo, el cine del alemán que evitó el juicio simple contra Timothy Treadwell en Grizzly man (2005) o que viajó al archipiélago antillano de Guadalupe, dominado por Francia, casi que únicamente para conversar con los cuantos aldeanos que evitaron desalojar las inmediaciones del volcán La Soufrière pese a que entró en una irrevocable actividad eruptiva en La Soufrière: Warten auf eine ausweichliche Katastrophe (1977), hace el elogio callado de la complejísima supervivencia, de la voluntad de vivir en el escenario catastrófico de un avionazo a la mitad de la selva peruana, consecuencia de la saturación de un vuelo y de la corrupción de la aerolínea que piloteaba sus naves en escenarios de desafiantes tormentas y turbulencia, sin la preparación técnica adecuada. En 1971, 91 personas fallecieron en el accidente del vuelo 508 de Líneas Aéreas Nacionales (Lansa) de Perú, incluida la madre de Juliane Koepcke, protagonista del filme.

Juliane Koepcke
Con ayuda de indígenas locales y en un fluido español, Koepcke localiza durante el documental los fragmentos del fuselaje y maquinaria del avión para reconstruir su experiencia. Crédito de Werner Herzog Filmproduktion. Imagen tomada de imdb.com.

29 años después, Koepcke recorre a cuadro las zonas del accidente y narra las maniobras que operó en el esfuerzo de asegurar la existencia y reunirse con su padre, luego de 10 días de deambular entre una de las floras y faunas más complejas del mundo, con su voracidad patente e invencible.

En aquel mismo 1971 del accidente, Herzog estaba también en el Perú para filmar su Aguirre, der Zorn Gottes (1972) y pretendía abordar el mismo avión que, atada a su fila de asientos, arrastró a Koepcke hasta el fango y las ramas amazónicas en una caída cuya irregularidad de tirabuzón le permitió no estrellarse francamente contra el suelo y morir de manera instantánea, con el cráneo y el pecho aplastados como engrudo selvático.

¿Qué hay detrás de los ánimos exacerbados que exceden la normalidad para plantear un trazo grueso de vida ante el conflicto, ante la domesticación del ánimo, de las voluntades, de las imaginerías, de los placeres, de la decisión y sus rangos? ¿Qué hay detrás de la grandiosidad de los golpeados, de los lesionados caminantes, de los huérfanos por relámpago, de los azarosamente vivos?

En la rareza se expresa el ser, en la nitidez, en la elección desproporcionada, en la tenacidad integradora que musicaliza varias oportunidades humanas en unas cuantas horas, en la acumulación de los instantes que comprenden 10 días de insistir entre la densidad de la vegetación. La poesía, quizás, es la suma interminable de todas esas variedades donde el anónimo indígena peruano o el rubio texano alcohólico se eligen y determinan dar espacio a la oportunidad de sus interiores: entre osos o en el conocimiento de la raya venenosa de aguijón impredecible.

Ante el golpe del avionazo, brota la vulnerable composición electiva: sumergida en la hermosura del instinto, sin machete ni conversación, Koepcke insistirá en cuidarse la espalda por las noches contra un tronco grueso y en seguir la ruta de la humedad, que seguramente deriva en población humana.

Juliane Koepcke
Mariposas clasificadas con fines científicos. Los rígidos pasillos de la conglomeración sirven a Herzog para recrear una de las pesadillas de la sobreviviente. Imagen tomada de imdb.com, crédito de Werner Herzog Filmproduktion.

Recreada entre pesadillas de mariposas encerradamente clasificadas para prohibir de una vez y para siempre todos los vuelos del mundo, riesgo latente, y entre fragmentos de fuselaje devorados por la selva, Juliane Koepcke solamente se dice a sí misma, conmovida, nerviosa, paciente con botas y entre pirañas, y el mensaje es tan llano como apasionante: el milagro secular lleva ojos hinchados, contuciones craneales, un único huarache en el pie, una herida en el hombro donde las moscas siembran sus larvas, carne tibia propicia para la incubación.

El milagro secular lleva nudos estancados de mosquitos, cocodrilos sólo aparentemente amenazantes, un rescate azaroso que exige el pago de un rifle a transportistas, un agradecimiento posterior con una sonrisa tan modesta como confiada y sentimental, interrumpida hermandad vigente, la expresión de una movilidad que resulta de la suma de varias habilidades, todas al alcance del esfuerzo humano, que es la variedad, la variación, la riqueza por creatividades.

Werner Herzog, Juliane Koepcke | Behind the scenes
Modelo de selfie de la sobreviviente del avionazo de 1971 con el director alemán. Al fondo, el helicóptero con que arribaron al punto exacto del accidente, tras talar árboles para lograr un claro donde aterrizar. Crédito de la imagen de Werner Herzog Filmproduktion. Tomada de imdb.com.

El afán de Herzog por redondear el alma humana en sus multiplicaciones irreductibles y sus embriagueces multicolor vuelve a la sensibilidad de oír al otro en «La caída de Juliane dentro de la selva», una película presuntamente programada para su estreno en televisión: que por una vez la caja doméstica y adormecedora tiemble de temor.

 

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