Pulque & carne en el Zócalo, 10 de mayo de 2012

Conmovedor, no cabe duda, ver a un Beatle de carne y hueso (y dietas de envidia y una vida de lujos, actualizaciones, viajes, conocimientos y todos los privilegios posibles, inclusive el de pertenecer al séquito de homenajeados de la Reina de Inglaterra —¡oh culto no tan oculto y sumamente inculto rendido a todas nuestras mayúsculas inoculadas y monumentales!—: te hiciste famoso a los veintitantos años y de ahí pa’l real, padrino: ya ni quién te baje, ya te chingaste, Polcito —¿te chingaste? ) saludando con su saco rojo de delicia a una multitud paciente, enardecida y con ganas de divertirse, de emociones, de nostalgia, de coros apretadísimos y gordos, gordotes, amplificados en las más de doscientas mil gargantas sudadas (de acuerdo con el sitio oficial de Su Santidad el Músico del Bajo con entradas en efe).

Nosotros llegamos por el Corredor Cero Emisiones (otra mayúscula de nuestra manera oficial de ser), encontramos por chiripa a nuestros amigos caminando hacia República del Salvador (aquí no digo nada), porque todas las entradas al Zócalo estaban bloqueadas, y nos juntamos. La fila empezaba casi en la esquina del Salvador y Eje Central. ¿Fila? ¿Para qué, si esto ha de ser cosa de gandallas? No se admiten botellas, armas, todas esas cosas maliciosas, ya se la saben. Total: enfiladitos hacia el concierto, eran como las 18:00 horas, pasó nuestro amigo David, de Rosario, Argentina, años sin verlo, y le gritamos. Ando buscando a unos cuates pero ya estuvo que no los encontré, me quedó acá con ustedes. Perfecto, pues. Y ya la cábula, desde ahí: el no sé qué, el tibugón, los chicles con sabor a mecos, el hey, bulldog, vámonos en Metrobus, ¿pa’ qué estamos aquí haciendo una fila rara que no nos promete nada, como en la vida?, de a cinco varitos el baño, raza, pásele; e infaltables etcéteras.

De repente, se rompe el orden y la banda empieza a correr.

¡Saco!

¿Y esto qué es?

Se habían cerrado los accesos a la plancha, a la burbuja de privilegios donde bailarían los acordes del inglés, los recuerdos, las baladas del más popero de los Bícles, las imágenes de la pantalla emplazada al fondo del escenario, los juegos de pirotecnia. A partir de aquí, rásquense con sus propias uñas. Corrimos y quedamos entre un grupo de vatos fregados que se agolpaban frente a una pantalla ubicada más o menos a la altura de Venustiano Carranza y sobre Veinte de noviembre. Para ser exactos, estábamos a un costado del Edificio Veinte de Noviembre que, hasta ese día, no sabía que se llamara así ni que existiera, siendo honestos. Ventajas de la minuciosa observación derivada de la espera. Son las 18:47. Empezaremos por ahí de las 21:05. Alcanzábamos a ver al más valiente de los escuchas: un loco montado en la cúpula del Palacio de Hierro listo para las circunvoluciones.

Aquí vino el segundo desmadre. La banda se empezó a subir a la marquesina color crema del Suburbia (¿era Suburbia?, la neta no lo sé del todo: googlead sin cesar vosotros) desde un puesto de revistas. Ocho, luego quince, luego cuarenta, luego unas ciento veinte personas, luego quizás doscientas. Abajo, la masa éramos el coro de los homenajes: ¡A huevo!, ¡bravo!, ¡échale!, ¡mírate nomás, padrino!, ¡hazte famoso!, gritábamos cada que lograba subir un candidato al fracaso doloroso (viejitos, niños distraídos, señoras más bien gordibuenas, pero sin lo buenas, etcétera). La fiesta de la raza. Y llegó la policía, que nunca falta a esos cotorreos. La rechifla: ¡Déjenlos estar, culeros! ¡A la verga, pinches puercos! ¡No se bajen, no se bajen, no se bajen!, las pequevictorias de los traviesos populares, de los taimados linces que querían una parcelita más para su perspectiva mermada, de los tamales ya bien insertos en la emoción. Ganaron. Bajaron a unas 50 personas, 60, 70, y se quedaron arriba unas 120, con la condición de que no hicieran doble fila para no poner en riesgo/ etcétera.

Zócalo
La plaza pública más importante del país. Imagen tomada de Publimetro.

Los chistes: esa es la zona de wi-fi, mira huevón. La flaca que no pudo resistir la tentación de ser adorada y se puso a bailar como una nutria sexy, aunque sin mucho pegue, la verdad. Un señor de anteojos y chaleco, solo, unos 43 años, se sentó y no se movió, vino la madriza, las negociaciones, la provocación, los coros, las cadenas humanas: él inmutable: quería ver a su Polcito y le valía madres tanto zafarrancho: era sensato, digamos. Allá arriba se van a quedar para siempre, bola de locos, pero, mira, no te preocupes más por ellos, no hay pedo: ese árbol de allá da plátano, ese melón, ese condones, ese marihuana, ese sábanas para forjar, ese papel higiénico; hasta mejor la armaron.

A todo esto, por cierto, el DJ ese ya estaba mezclando rolitas de The Beatles y sus respectivas carreras solitarias. Con cara de muerto, sin expresión alguna, ¿pensando qué? De verdad que me gustaría entrar en la mente de sujetos así en momentos como ese: ¿Valorarán tal cantidad de gente en frente de sus ojos? ¿Sentirán el privilegio de pertenecer a un evento de tal magnitud humana, sin importar el currículum, la fama, la costumbre de visitar estadios llenos hasta la punta del culo? No lo sé. Me encantaría que fueran inteligentes y se sintieran algo más que hinchados de la glándula del ego ante tales manifestaciones de nudosa e irreductible humanidad. El wey (güey, como sea) creyó que nos iba a comprar con Power to the people, de Lennon, mientras aplaudía de manera rítmica convocándonos a todos a seguirlo (ya saben a qué gesto me refiero). Pero ni madres: su carita de flan aguado no nos convenció. Enfría y no conmoverás, estatua.

Y síguele a tu desmadre: del otro lado, sin puestos de periódico que hicieran zancadilla, con escaleras humanas, empuje, atrevimiento, hombros y mucho mayor riesgo de romperte la madre (sea ésta puta, santa, versátil, marmórea, popular, arisca, veloz, autoritaria, sumisa, permisiva, flamígera, doliente, loca, creativa, o según corresponda al cada quien), la banda también comenzó a subirse a la marquesina del mencionado Edificio 20 de noviembre. La policía no dijo nada, no pudo. Tómate un vaso de eso. Y las groserías y el chistorete: que se sube una guapa: yo te bajo al ratito, mamita, no te agüites por nada, vámonos tranquilo; que se sube una gorda: ¡ay, Papantla, milagros son en todas partes!; que la libra un ruco muy inclinado a fracasar: Aplausos tronadores, carajo. El cabronazo hasta alza las manos y dice: el que quiere puede, cómo de que no.

Paul McCartney Proceso
Capitalinos en feligrés expresión de beatlemanía. Imagen tomada del semanario Proceso.

Y ya, y ya, y ya. La banda lista para el Polcito. Y otra vez la espera. Menos emociones pa los que seguíamos abajo, menos que comentar. Sácate de la que dejó tartamudo a Porky, ¿no, manito? La espera se va haciendo menos en la distención alucinógena.

Y luego, la conmoción. No voy a negar que me sentí sumamente bien, que tembló el cariño, que se percibía un vuelo poético impresionante en muchos momentos del concierto. A pesar de que Paul McCartney es el peor de los Bícles. Lennon (cuyo nombre al ser mencionado en el Zócalo fue coreado por todos los asistentes con aferrado ardor) organizaba conciertos con Frank Zappa, Bob Dylan, Norman Mailer, Allen Ginsberg, Thimoty Leary en Nueva York para protestar contra las políticas exteriores de Estados Unidos; Harrison se esforzó por transmitir una estética orientalista de no violencia, anulación del yo, porosidad espiritual y organizó también conciertos con fines altruistas —si bien es indispensable decir esto con sumo cuidado y entendiendo toda su relatividad; ambos, siendo Bícles, renunciaron a la tentación de las giras mundiales y sus puntuales millones hechos en pocos meses: difícil prueba para el grupo más rentable de la historia, para el inventor de las concentraciones masivas, los desmayos, los griteríos indisolubles, las regalías, las transmisiones simultáneas por televisión, los videoclips: todos los modelos de conducta del buen fan que todavía hoy lamemos con paciencia y ojitos brillantes.

Mientras tanto, Polcito se dedicó a desarrollar una carrera de comodín político, de tábula rasa abiertamente funcional, sin comentarios ríspidos, sin posturas que estorbaran a su venta franca y abierta: quiero caber entre musulmanes, budistas, judíos, cristianos, capitalistas, tercermundistas, comunistas, dictadores, demócratas, lo que sea: aquí se sonríe y se cobra. Fin del milagro. A pesar de que las mejores rolas siguen siendo de los otros (Tomorrow never knows, I me mine, Taxman, Don’t let me down, Revolution, For you blue, Sexy Sadie, Being for the Benefit of Mr. Kite, Hey Bulldog, Give peace a chance, All things must pass, Come together, I want you (she’s so heavy, Here comes the sun, Julia, Dear prudence, Within you Without you, Love you to, The inner light, Across the universe, I am the walrus).

Pero el aparato conmovedor de Sir Pol funciona, compone bien, toca bien, la verdad, cantaba bien. La hizo: ¿quién resiste la tentación de corear Hey Jude acompañado de otros doscientos mil chilangos que sabes a la perfección que quieren gritar como tú?, ¿quién evitó sentirse sacudido con la transición de A day in the life a Give peace a chance, que también se cantó con locura, aunque le hayas quitado la partecita de las revoluciones, los obispos, la ideología, el contexto: esa piltrafa, querido caballero elegante del saco rojo?, ¿quién no quedó cautivado con el arranque del concierto, con esa Hello Goodbye que saludaba a los presentes, que nos ponía a tono, que nos dejaba caer en el entendido de que de verdad estábamos ahí, y de que de veras había venido desde Inglaterra ese señor a nuestra mejor casa, el Centro Histórico, y de que empezaba un recorrido de tres horas por nuestros gustos más unificadores? Presumiblemente, ofreció el mismo set-list que en el Estadio Azteca, por lo que no entro en detalles al respecto. Se la supo, pues. La primera parte nos jodió con sus pinches rolas culeras de solitario (¿qué esa porquería llamada Jet? “¡No te la prolongues, viejo! ¡Más de las otras!”), y de ahí pa’l real. Hubo una única diferencia sustancial con el coloso de Santa Úrsula: inesperadamente nos salió con Helter Skelter, de sus mejores piezas. Yo sinceramente esperaba el ¡i’ve got blisters on my fingers! del final. Exageré.

(Se desmayó una chavita a unas siete personas adelante de nosotros. No aguantó la aglomeración. “Siguen desmayando chavas”, dijo un cuate.

—Te la mames tanto, primo).

Otra vez me pregunto: ¿Pensará Paul McCartney en todo lo que ve? ¿Dimensionará con justicia lo que significa para nosotros un Zócalo lleno hasta el cuatete enamorado, verdaderamente en el borde del paroxismo, en el caldo de masas que hace convivir al hippismo de abrazos con la cábula más incisiva y urbana (bájense ahora, culeros, les gritaron a los de las marquesinas al final del concierto, así de pronto: de la iluminación al machuque voraz), en los grupos anónimos que, sinceramente, pese a todo, saben hacer sociedad, y llevarle una escalera a los desamparados gatos que saben subir pero no bajar? ¿O será para él un gesto de rutina, la consecuencia natural de ser un pinche príncipe de fama inagotable, lo obvio de seguir siendo Bícle, ni modo, aquí me toco vivir: en la cima más cristalina y luminiscente del mundo?

Paul El Universal
Unos cuantos músicos bien entrenados en imitar el sonido original de la banda hacen el espectáculo. Imagen tomada de El Universal.

Acá abajo, por decir la neta, somos lo de siempre: no sabemos inglés: cantamos el coro (Look at all the lonely people) y de ahí a balbucearle como se pueda, ¿no?, los chicles, la mugre, la basura, el gentío, los días del metro en horas pico (¿o apoco sí te la cuidas tú solito, Supermán?), los etcéteras corruptos, las prostitutas de Izazaga, los caldos de gallina baratos, las burbujas que no estallan de novedad, los anillos con luces de los personajes de los Angry Birds (¿dónde se fomenta esa actualización sorprendente? La industria más poderosa de México no se llama Pemex sino Tepito). No nos cambia tu Back to the sixties, Polcito, aunque sinceramente te queremos, nos moviste la pancita, las emociones, nos diste ganas de ir al Zócalo a pesar de que sabíamos que se iban a apretar las almas como en una película de sorpresa increíble.

En fin, todo bien, todo normal, todo emoción, todas las generaciones congregadas, muchísimos rangos sociales, los nacos, los fresas, los hipsters, los neotodo, los postodo, los humildes, los mamertos, los arribistas, los fingidos, los enajenables, los obedientes, los exhibicionistas, los meones, los burlones, los buenos, los paterfamilias, los circulares, los gordos, los chaparritos que se friegan, los pacientes, los periscópicos de a cartón, los idos, los idólatras. Ninguna noticia de que Calderón estaba en Palacio Nacional gozando del espectáculo. No te la acabas, peloncito cacahuate: sólo ganan cuando todas las reglas del juego los favorecen. La emoción de que la manta de Peña Nieto tuviera que censurarse por consenso popular, rechifla, franco insulto fintador. La foto del Paul abrazando a AMLO, en la exageración carnavalesca de los descosidos que quieren su patria resbaladiza y suave, sabrosa.

Y a pesar de todo, del espectáculo que nos hizo una masa contenta y emocionada, del sonido verdaderamente bueno y un paquete musical choncho sostenido por tan sólo cinco músicos enteros, me doy el lujo de no creerte, Polcito.

Me quedo con el machuque y la moretoniza, con la vulgaridad de los burlones, con los espantasuegras y espantaasnos y las catedrales de cartón mascado, con la doña que busca botellas de refresco en la basura porque esos putos polis no me dejaron vender, con los esquites, la taza, llévate la taza, la camiseta del evento, con el cotorreo posterior, anterior y simultáneo, con la mirada desmitificadora que te concede pero te compromete al mismo tiempo y te rasguña la belleza, con el abandono torrencial de la plaza pública, con el sentarse en circulito de manera privilegiada en el centro de una de nuestras primordiales avenidas, con las sincronizadas de 4×10 de ahí mismo, al topón, carnaval: aquí está el pan: tanto pinche fan hambriento, con su salsita de trocitos de aguacate flotando por ahí. Se me hizo fácil sentirme elocuente:

—¿Dónde lo agarró el temblor, mi don? —le pregunto al de las sincronizadas. Que me cree.

—Tss, ¿tembló? ¿Verdad que sí tembló?

—No: o sea: el rollito este del Macarny, la sacudidota que nos metió de la pura emoción, el tanto desmadre, ¿dónde lo agarró?

El desconcierto. Mirar al colega: el googleo antiguo. Back to apenitas. Se queda callado, se ríe, me mira con una miradita: ¡Gátumadre!

—Ah, ps allá.

—¿Allá? ¿En la calle de allá?

—Ajá…

Este texto fue originalmente publicado en mayo de 2012 en la Revista Síncope.

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