Colores de cartón angélico: Poesía sin fin (2016)

Equívoco, ridículo, arbitrario, impositivo, megalómano, insuficiente, simplista, chocante, acomodaticio, Alejandro Jodorowsky atraviesa a las audiencias en antípodas radicales: o se le santifica como a un mesías psicomágico que con un golpe de tarot podría resolver las frustraciones anales de cualquier oprimido psíquico, o se le denuesta como al vicario de una fantochada insoportable que, en opinión de los acusadores, reviste la ignorancia de la retórica con un bobalicón lugar común pálidamente esperanzador mientras inflama de billetes y títulos mercantilmente diversificadores su trayectoria.

Condenable o no —»las preguntas las hace el tribunal», escribió su paralelo infantilista y otrora colega Fernando Arrabal, quien tradujo los traumas del autoritarismo, la imposición y la Guerra Civil Española a una literatura surreal y exploradora del lago de miel en la palma de la mano, provocador a propósito o no, también en virtud de la resonancia mediática y el posicionamiento artístico, además de mercader de soluciones y divulgador adelgazado de la robusta comprensión psicológica del ser humano y sus atolladeros emocionales, que son tanto misterio irreductible como chantaje dosificado, no hay que olvidar que Jodorowsky es también el irritante y atrevido performancero que destruyó a martillazos un piano en la tribuna preferida del priísmo dictatorial durante una transmisión abierta: Televisa.

Poesía sin fin ni propósito
La pesada mente multiplica la rigidez de los muebles, pero la ciudad toda podía ser una fiesta. Imagen tomada de imdb.com.

Es también, entre varios otros oficios y derroches proteicos, el dramaturgo que, en paralelo con Vicente Leñero, Ignacio López Tarso, Isela Vega y cualquier otro animal pensante del ámbito teatral de aquellos años, tuvo que serpentear los embistes de censura de la Secretaría de Gobernación en un México que, como hoy, se pretendía monolítico y católico, vigilante de las buenas costumbres mientras torturaba campesinos en la Montaña de Guerrero y rafagueaba a estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas: la primera escuela para indígenas de la Nueva España devino patio de sacrificio para la embrutecida intolerancia que canceló así la obligación de transigir y dialogar.

Este abigarrado creador caprichoso y desigual requiere, sí o sí, de una lectura que desde el desapasionamiento o la pasión comprometida con la lucidez pondere qué es tendón inaugural o qué mera bravata de humo entre su obra extendida como tuberculosa composición sobre ya varias décadas.

Jodorowsky
«Casi, casi que todo Chile es una costa», dijo un ex compañero de trabajo argentino, oriundo de Mendoza, ciudad paralela a Santiago.

En Poesía sin fin (2016) Alejandro Jodorowsky traduce a un exquisito felliniano lenguaje cinematográfico, rico en rojos de cereza y gestos exagerados, varios de los episodios formativos que trabajó ya en su autobiografía escrita La danza de la realidad (2001), que comparte título con la primera entrega de esta nueva era de películas del denostado y aplaudido terapeuta y autor de El Topo (1970) y La montaña sagrada (1973).

En un atributo de la dramaturgia, que faculta trenes de cartón con actores ensombrecidos por trajes oscuros y enmascara a una ciudadanía anónima y enajenada por una modernidad temprana en el siglo XX, que empastela de color la fría estructura citadina para obligar el contraste entre la estética y sus contrapartes amenazantes, el cineasta chileno internacional aplaude su ruptura contra el represivo árbol familiar, obligado a la tradición judía migrante de sobrevivir mediante el comercio y las estrecheces de la perpetua persecución de la utilidad, y su entrega ardiente a los linderos del arte: una autoexploración siempre indefinida donde el cenit es la liberación, el placer, el capricho del gesto y la decisión radical de habitar las ramas de los árboles como El barón rampante de Italo Calvino, de andar siempre en las puntas de los pies como las bailarinas, de hablar en clave de ópera, pintarse la cara, emborracharse entre los marginados y reconocerse entre vómitos, costras, pulsiones y recortadas transgresiones a los consejos de una al menos hipócrita moral civilizatoria.

Entre los ruidos portuarios de Tocopilla y la dureza obrera de la calle Matucana, en el centro de Santiago, con un relato que es notoriamente escenografía —no solamente para disfrutar la potestad del teatro y subvertir las restricciones angustiantes del presupuesto, la película es el elogio insistente de la consagración del brinco, del derroche circense, de la pulsión que podría dinamitar un cerrojo, aunque el escándalo sea invisible.

La autoproclamación poética, que se adjudica cualquier licenciosa identidad por frenesí y gusto, sin esperar los sellos de autorización de una burocracia discreta que entre monumentales edificios define tantas oportunidades y determina el ahogo de los espontáneos matices de desobediencia; en cambio, palomea payasos y los arroja a la interrogación del mundo, al accidente de cruzar obstinadamente la ciudad en línea recta y absorber cualquier consecuencia, o de montarse en una monumental silla imposible para padecer la simpleza del día en un código deforme de angustia ilocalizable, lógicas irreconciliables y zapatos caricaturescos.

Poesía sin fin sí
Entre plomizos recuerdos, los padres ficticios de un Alejandro que migra para siempre a Francia ven las cosas terminar. Imagen tomada de imdb.com.

Homenaje a Stella Díaz Varín, poeta víctima de tortura hoy convertida en relativo orgullo oficial de la región de Coquimbo; al antipoeta centenario Nicanor Parra («¿Saben lo que me dijo un franciscano? / ¡No te limpies el traste con la mano!»); al novelista Enrique Lihn, que describió la orquesta de cristal e imaginó la muerte de Batman en el Chile de Salvador Allende y la Unidad Popular; reconciliación simbólica con un padre represivo; confianza en el pulso de la tibieza, Poesía sin fin recuerda desde la legitimidad ingenua la obligación del disfrute, al margen despelucado de los poderes destructivos.

Ante nazis, caballerías dictatoriales, procesiones de la muerte, multitudes zombificadas, clanes familiares castrantes, pirámides económicas, acusaciones inhibidoras, descalificaciones sardónicas, Jodorowsky llama a la decisión de fijarse en lo despreciado, entregarse al coito del chamanismo y componer una religiosidad súbita, desligada.

Y vuelve, como casi siempre, a la rutina del payaso hambriento, que ridiculiza al rey idiota, revierte el mundo por una vengativa vez y vuelve altar el cuenco de su apestosa axila.

En el contexto de la represión oscura desde múltiples frentes que vive México, ante la brusquedad de algunos de los trazos de esta cinta me sentí convocado: hay que proceder a la creatividad irrestricta, sin importar la insuficiencia, la incompletud.

Ni existe el círculo perfecto ni la vida tiene que subordinarse al culto que diviniza, sin haberla conocido, la aprobada hechura rigurosa.

Jodorowsky chamán
Poesía sin fin persigue las actividades imprecisables de una cofradía incierta, callejera, anónima y finalmente amorosa y entregada. Imagen tomada de imdb.com.

Mejor solamente la elasticidad de soñarse lagartija o bobina o ventana o suculenta o lo que sea, con atributos adjudicados por ejercicio de bisagras.

Desde el rincón del globo, Santiago del Nuevo Extremo, un director de circo de 88 años convoca a la ternura de la inconformidad y la impaciencia de las aperturas.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s