Lo que es chilango en los ojos de tres niños performanceros

Los alemanes más extraños del mundo, pa conducirlo todo, desde el principio, en un conglomerado de prejuicios, de ignorancia, de atenciones, de supuestos brincando, simples, rientes, machucados de honestos. ¿Qué hacen estos güeritos, pancitas bonitas, en México? Me acuerdo cuando los conocí, la delicia de un asombro simple: ¿qué buscan los que vienen? Me senté con uno y hablar fue difícil. Ya nos vamos entendiendo.

Alemanes fuera de la norma culta —ay, apreciación sistémica, ¡ya me volviste a dar!—, jipis queriendo ojitos con olor, terrosos y nuevos. México, el desierto. México, la nervuda nopalera. México somático. México, la cueva de quebradita. México, las lumbreras de tlacoyos de haba. México, los tacos de chapulines. México, la monarquía chistosa y honorable, la monarquía de la jícama y la siesta. México, bostezo de manglares. México, lorito de alitas trozadas. México, el país más rico del mundo. México, la cornucopia, con el busto encorpiñado y las nalgas en Oaxaca. México de Nochixtlán y Cocoyoc. México nómada, huichol, latino, tímido, gringote. México disfuncional, gritón, religiosote, enamorado, re violento. Cumbia bruta. Faul desdenantes. La rareza absorbida, comprendida, esquematizada y presumida en páginas del simulacro de visitación de la otredad. Todo juntito.

Alemanes buscones, pues’n, queriendo dormir en el suelo.

Huachinango
Emblema ficticio utilizado durante el ejercicio.

Queremos saber lo que es chilango, me dijo Maxie hace tantos meses por un chat, ella en cielo nublado —aunque aquí no es distinto. Me acuerdo de mi amigo Mauro y yo pensando en libros: éste, está éste, revisa éste. Ya, empezando, quién sabe qué. Pinche confianza en los demasiados libros. Vivir aquí y no hablar con los panzones, las del vuelo circense en las pestañas, los hojaldres en formación de la Alameda Central, show nuevo y no, y de siempre. En fin, los ayudamos, güeritos con huaraches, me cae, me cae.

Las reuniones del cálculo, serias, cariñosas, improvisadas, tonito guardado de fiesta entre semana. Ni te asustes, granizo. Ni tampoco te peines, que no nos alcanza la faramalla. Nada más la totalidad del mundo en la pereza de la tarde, por vía de tu terruño.

¿Qué hacemos? Tantísimo defe y unos cuantos días para ejercerlo. El Reclusorio Norte, Tlatelolco, Tacubaya, los nudos, La Iglesia de La Santísima, Pantitlán, Santa Marta, Tláhuac, el olvidado Culhuacán, el pausado oriente ¿vacío?, Xochimilco, Azcapotzalco, los peñones, la ciudad campesina y la urbana, la de los fresas y la de los burros paseantes, la maquetísima, así a montones. ¿Dónde acabas? Lo más chilango entre lo chilango, las ronchas, los nobles harapos; ahí donde raspe, quédate a vivir, carnal, ahí es. Nomás no inhales harto, concentrado. En nomás mirando un águila sobre un nopal, lo llamarás tu casa —toda de agua, vigilada de volcanes y enemigos, pero rífate.

En fin. Y decidimos: visitar, intervenir el espacio. Unos cuantos puntos magistrales. La Merced. La Aguilita. La TAPO y su alarde de un mundo desinventado. La Plaza Carso, nueva moralidad. El Monumento a la Transpiración, úvula megalómana como casi nada en este país.

Un colega disfrazado de pez, el chilango huachinango, cruzaría el espacio público sólo porque sí, para solaz, sorpresa, hastío, asombro, juguetería de los involucrados. Sin compromiso, puedes mirar, levántale si quieres. Sin compromiso.

Huauchinango
En un rincón del Museo Jumex, ubicado en una de las colonias más exclusivas de la Ciudad de México.

La metáfora: los chilangos son esos manitos delicados de clima templado que, cuando viajan a la costa —Acapulco, Veracruz—, luego luego se distinguen por su piel rojiza, mal habituada al sol inclemente de las orillas del país. Rojitos como los huachinangos, peces exquisitos y colorados del antojadizo paradigma nacional.

Si vieras un chilango, ¿lo distinguieras?

Fue dulcísimo ver al güerito en huaraches ceder su íntima personalidad desarrollada a lo largo de casi tres décadas, en beneficio del circo invasor y la maravilla de la risa de papel maché: Cabeza de piñata, ¿a qué hora vas a llegar? La instalación del teatro, lo barato que surge, lo súbito regalado. La primera experiencia del chilango bajo causas de investigación ocurrió en el mercado de La Merced, neuralgia comercial, irreductible región icónica del Centro Histórico con sus altares al queso panela y la zanahoria. No sabíamos lo que podría suceder. Intentamos implementar un comité de seguridad para dialogar con posibles autoridades incomodadas, pero nuestros candidatos rechazaron la propuesta: Yo prefiero actuar.  Luego hizo falta el guardaespaldas, pero ¿quién va a prohibir el juego en beneficio de la nerviosa seguridad? Además, cada performance ocurrió como un acto de generosidad entre los participantes: metes aguja para sacar hilo, pero el hilo es imaginario y te talla con cosquillas los dientes. No supimos, hasta que sucedió:

El güerito disfrazado de pescado recorriendo los pasillos de un mercado concurrido, aunque a nadie apretamos esa vez. Luego, disfrazados de científicos histriónicos, aunque calladones, fuimos a preguntar a los mirones. Mirones con prisa. Mirones desinteresados, imantados por sus tortas ahogadas, negados a preguntas —los entiendo, camaradas, y la Virgencita les bendiga sus sagrados alimentos (todavía ahorita). Mirones tímidos, que le huyen. Mirones que aprovechan la coyuntura de los informantes externos para expresar sus denuncias y cansancios (Tengo un negocio por el Metro Hidalgo, y es que no se puede, los niños están viendo cómo todo está lleno de monos, huele a meados, se cagan, la delegación no hace nada, no podemos, por eso quiero que me ayuden). Mirones activos, que nada más tras una chispa quieren participar, ¿imaginando que el asunto central es todo lo que ellos tengan?, pueblo de modestos respondones, de agachados elocuentes, de envalentonados por asomo, grupos de pura, franca y atávica resistencia.

Chilango en La Merced
El mercado de La Merced.

Mapas de solidaridad, Radio Aguilita contribuyendo a que resbale la dinámica. Todo para bien, todo para bien. Salvo el único episodio de incomodidad: las autoridades. ¿Quién está a cargo? ¿Quiénes son ustedes? ¿Tienen que pedir permiso allá arriba, en la administración? Dos días antes. ¿Qué es eso de la FILEAPIMEX? ¿Quién es su director?

¿Cómo se corona un descubrimiento? Con huaraches de chorizo y bistec gigantes y agua de guayaba que sabe a agua de la llave. Salud, calabazas.

En La Plaza de la Aguilita quisimos variar la dinámica. Barrio de bicicletas, de prostitutas jóvenes, bellas mujeres —a cambio, en Calzada de Tlalpan, punto emblemático de la prostitución capitalina, se sabe, domina la escena transexual, pa quien se anime—, de hasta apenas hace poquitito barrios ocupados por cartón en medio de la explanada; zonita de comercio, de baños públicos, fuente central (árabe) de piedra. Decidimos darle más pasto al mar, tocar el saxofón para invocar el surgimiento del pez desde el origen: una tramoyita improvisada con lo que haiga. Atención como de siesta, observación pausada, paciente, casi inmóvil, pero satisfecha, juguetona, y los mejores testimonios (casi casi) de los experimentos. Los niños, protagónicos, curiosos, honestos, siempre adentro de la imaginación. Los silenciosos del machuque. Los gandallitas cómicos. Como me la pongas, la brinco. Si no le cabe, no reparta. La bebes o la derramas. Soy chato, pero las vuelo. Ya la edad no pasa en balde, mas cantante. No se doble.

La siguiente escena fue en una tumba rete distinta. El tetra pack apachurrado y argentino de Carlos Slim, el mexicano más rico del mundo, que gana varios millones de dólares diarios, ora sí, admiración de gringos, emprendedores, proactivos. La montaña de oro no existe, pero aquí la ves. Polanco es una de las colonias más ricas de la Ciudad de México, plagada de restaurantes y boutiques de verdadero gasto, ajeno a la realidad cuenta pesos del resto del país. En su corazón, Slim yergue la Plaza Carso, compuesta por un acuario, un museo de arte contemporáneo, y la torre Soumaya, ya ícono a la fuerza, exprés, que, sin curaduría, reúne toda clase de piezas originales, como un banco de especulación financiera en la certeza de que Dalí no se devalúa. A la espera, ¿la entrada es gratuita?, montones de nosotros, sentados en escaleras, aburriéndose con decencia, con propósito. Ahí, entre esos paseos, de nuevo la persecución del chilango por la temblorina imperfecta de la música, para sincero interés de los presentes, adecuados entre el espacio artístico y la posibilidad de la manifestación anómala e improvisada, como si lo que fuera pudiera esperarse, suceder y tener un público en la Ciudad de México. Subir y bajar escaleras. Bonito contraste entre la vida acuática de papel maché y el árbol artificial fastuoso de Su Majestad Empresarial, madre y padre de lo ido y lo porvenir. De nuevo, la cariñosa atención, la disponibilidad fotógrafa. De nuevo, la musculatura de la seguridad: No puedes hacer esto, tienes que pedir permiso, todo esto, a ver, para que me entiendas, la manzana completa es la Plaza Carso, ahí, pasando las vías, puedes hacer lo que quieras. Pudimos pasear, tocar, vernos bien. Hacer preguntas ya fue más incómodo. Diez minutos, ya para que se vayan.

Los pingüinos encorbatados también son gente.

Avenida Presidente Masaryk, la piramidal hermosura ausente, bosque de bolardos y de suavísimas rampitas para los distinguidos consumidores, que no tienen pies (“El automóvil es una silla de ruedas”, dice el chileno Nicanor Parra, ecopoeta centenario, fundador de la antipoesía taoísta, Premio Nóbel de Acupuntura). Casi solamente nos contestaron los puros nacos, gorditos honestos con sus baratas camisetas de algodón agrandadas. Uno que otro claxon solidario (¿Plaza Claxon?). Los ventanales, inimaginables, sordos —la belleza cuesta. Mejor todavía el contraste: ¿qué puede la vida acuática de papel maché frente a la más alta costura italiana?

Pintar un helipuerto de grano tostado, pero claro.

Para el encuentro en la TAPO, chilanguié. Éste, su cronista, no se presentó a trabajar. No les sé decir. Yo no le miento, patrón, nomás no vi.

La última convocatoria fue sensacional. Olviden todo lo que saben y aprendieron en estos días sobre entrevistar desconocidos, sin alterarlos, y recabar datos de respeto impresionante. Sólo busquemos divertirnos, para cerrar la experiencia. En el Monumento a la Revolución, con la perenne protesta social de un lado, campamento sempiterno, y la distensión noviera, comerciante, absoluta, del otro, con futbolistas, músicos, moscardones traviesos, perros osados, vendedores dicharacheros, en la mágica, interminable, necesaria dilatación radical de la poesía de un domingo tradicional, siempre común e inventado.

El chilango
Pez de tierra navegando en zona abisal, oscura.

La versión más bonita del performance, de la improvisación. La plaza va decorada con fuentes a ras de piso que colorean sus chorros de agua con lámparas rojas, amarillas, verdes, azules. La gente, ya de por sí dispuesta a la distensión, a colgarse y derretirse como chicle, para olvidar, respirar, descansar, se reúne ahí siempre para desafiar la programación de los escupitajos del piso, y evitar o procurar mojarse…, santos de contradicción inocente. Todo estaba dispuesto para colaborar, empezando por nosotros. Aceptación tranquila de un pez adulto con patas y mallas rojizas, tostadas, un músico perseguidor, un par de payasitas con sombrilla invocando no se sabe qué danza de qué ritual creador. La total exageración, deambular tranquilo que se convirtió en una muerte, una resurrección y una canonización velocísimas: Huachinango Tadeo con su túnica y su procesión fiel, San Ictícola de los Peces, como dijeron Les Luthiers, comediantes argentinos. Una melodía religiosa, de iglesia, para decorar el nimbo con escamas del profesor célibe y guía. Sólo faltó una catedral de veladoras, para merecer, de profundos deseos y gruesas palabras de curación, eternamente necesitados: interlocuciones mágicas en los terruños del Señor del Veneno. La risa muda, que seguimos sin oír, pero calculamos, imaginamos, especulamos. De buena fe.

Les juro.

Días después, ya sin trabajo, sin pensar en ello, que me subo a un taxi y que me dice la chofer: No, joven, nosotros no somos chilangos, haga de cuenta que son los de fuera, nosotros no, ¿usted nació aquí? Entonces, no. Son los que vienen de fuera, a mí me dijo un señor una vez que lo subí. Así es.

Las conclusiones las ignoro todas. Yo no fui. Sólo que nadie lo ha de abarcar.

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