Las reconciliaciones en la cúspide: Jim and Andy (2017)

La jaula que me cuente sus amores con el canario.
La pobre luna, a la que todavía le cantan los gitanos,
y la dulce luna de mi armario,
que me digan algo,
que me hablen en metáforas, como dicen que hablan,
este vino es amargo,
bajo la lengua tengo un escarabajo.

Jaime Sabines, A estas horas aquí

El que quizás fue el comediante más emblemático del mundo durante la segunda mitad del siglo XX, Robin Williams, desató la especulación sobre las paradojas de la tristeza en los payasos tras suicidarse en 2014 por asfixia en su domicilio.

Los héroes del sector hilarante del espectáculo, lejos de sus obligaciones de estampa dispensadora de mareos adormecedores en la audiencia, probablemente esconden un complejo mundo interior donde la risa es apenas otra de las manifestaciones de su composición, atravesada de angustias humanas y sus interrogaciones permanentes.

Jim Carrey imdb
Jim Carrey en entrevista para Jim and Andy: The great beyond (2017), producción de Vice Films distribuida por Netflix. Imagen tomada de imdb.com

El derrumbe de tantas figuras que gozan en la cúspide de las promesas acumulativas del capitalismo —Marlon Brando, Marilyn Monroe, Michael Jackson, Amy Winehouse, Whitney Houston, Truman Capote, John Lennon, Britney Spears— también abre la oportunidad de preguntarse si no es la maquinaria misma la que produce enfermedades tanto en enajenados como en enajenadores, y emite la obligación de distanciarse con suspicacia de sus espiritualidades, cuyas iglesias son los automóviles y sus sacerdotes son los millones, las famas, los paparazzi, los reconocimientos absolutos en cualquier rincón del globo entendido como antena de recepción de mensajes imperiales.

Allá en el fondo está la muerte, sin embargo, recordó Julio Cortázar en sus «Instrucciones para dar cuerda al reloj», de la dinamitada e irreductible Historia de cronopios y de famas (1962).

Además de sus glorias y propiedades, los individuos se enfrentan igual al dolor de huesos y la comprensión, quizás budista, de que el mundo y sus músculos son ilusorios. Los gloriosos también lloran, así se llamen Jim Carrey.

En Jim and Andy: The great beyond (2017), documental dirigido por Chris Smith acerca de la filmación de Man on the moon (1999), película del checo adaptado a Hollywood Milos Forman que significó la resurrección del comediante provocador incómodo Andy Kaufman en la sangre pesada y radical del protagonista de Ace Ventura: Pet Detective (1994) y The Mask (1994), suceden dos corrientes de sentido.

Milos Forman imdb
Milos Forman exhibe diversas molestias en el documental, complicada su labor de dirección por los desplantes y radicalidades del actor durante la hechura de Man on the moon. Imagen tomada de imdb.com.

La primera es la revisión de las técnicas operadas por Carrey de apropiación a ultranza de la personalidad artística de Kaufman, que lo llevan a aterrorizar a todo el equipo de producción; a embaucar a un Hugh Hefner presuntamente librepensador, pero solemne vigilante en bata de la respetabilidad que lo encumbra; a invadir el estudio de filmación de Steven Spielberg y exigir verlo mediante el salvoconducto del griterío; a saturar de irritación con sus desplantes altaneros e impredecibles a Forman y Danny De Vito, productor y actor en Man on the moon; a abrir la mágica y terapéutica oportunidad para familiares y amigos de trasladar el alma de un Kaufman prematuramente ido de este mundo a un cuerpo articulado para reconciliar un pasado siempre inconcluso; entre otros embates insoportables contra la cazuela y sus derivados escándalos.

Un entramado que especifica la excelencia actoral de Jim Carrey y su famosa influencia en la oficina de publicidad del mercado más violento del mundo: el cine estadounidense, la cual le permite desplantes divinos hasta el atropellamiento de otredades humildes, anónimas y menos favorecidas por el tendón de la billetiza y la gestión de marca.

La segunda corriente es una larga entrevista con un Jim Carrey contemporáneo, canoso, arrugado, de barba gruesa y mirada tan cansada como ponderante, donde el canadiense revisa el dolor que le produjo la muerte de su padre, bufón fracasado que le inoculó el virus de la comedia y una estrategia sentimental contra la frustración; la emplumada gloria de firmarse un cheque por 10 millones de dólares antes de la explosión de su fama, para desafiarse y exigirse el éxito que llegaría en 1994 y volvería útil ese papel bancario, finalmente ido a la tumba en uno de los bolsillos del saco de su progenitor; donde confiesa que Carrey huyó a Kaufman y lo representó durante semanas todo a cada momento, incluso fuera de cuadro, para evitar la obligación de sentirse.

Y donde ilumina con el grosor insoslayable del chapopote sincero esa región sobre la que la prensa de espectáculos ha especulado en las últimas semanas: el héroe de la década de 1990 se extravió, atraviesa un momento difícil, se ha comportado muy raro últimamente, dicen acusadores, juiciosos, incomprensivos, frívolos, adelgazantes, veloces, oportunos, los encabezados.

Y es que la vasija se rompió y reveló que adentro reposaba alguna viscosidad viva.

Prefiero flotar sentado en algún lugar en el espacio y contemplarlo todo, no ser nadie, más o menos declara quien rompió los canaletes de sus obligaciones chistosas en varios papeles brillantes: la propia Man on the moon, The Truman Show (1998) o Eternal sunshine of the spotless mind (2004), al menos.

Una afirmación que recuerda a la de Walter Steiner, campeón de salto de esquí y protagonista de uno de los primeros documentales de Werner Herzog, El gran éxtasis del escultor de madera Steiner:

«Debería estar solo en el mundo. Sólo yo, Steiner, ningún otro ser vivo. Sin sol, ni cultura. Yo, desnudo en una roca alta. Sin tormenta, ni nieve, ni bancos, ni dinero, ni tiempo, ni aliento. Entonces, por lo menos, no tendría miedo», rumia el atleta en la cinta de 1974.

Jim Carrey en Imdb
Jim Carrey como Andy Kaufman para Man on the moon.

En los entresijos del triunfo más resonado pervive la dificultad de la duda. Bajo las ilusiones de la felicidad programada, quizás sólo ladra la crispada piel de las infecciones: la vida sigue siendo un milagro, como propuso el ruinoso Emir Kusturica, poeta que filmó a un cerdo devorando una carrocería oxidada en alguno de los lodos del tercer mundo.

Quizás Jim and Andy abona a esa interesante hipótesis de simultaneidad que acusa que los comediantes, quienes licuan el mundo para recomponerlo en una versión grotesca que denuncie y colapse los esquemas de poder mediante el ridículo, también padecen hasta la descomposición la enorme humedad despierta de su sensibilidad.

 

 

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