Congrega Leonardo Padura a estudiantes sin voz

No obstante ser uno de los escritores cubanos más críticos del escenario literario contemporáneo, reconocido por su aguda y rigurosa revisión del proceso comunista en la Rusia de Stalin, la España republicana de la década de 1930 y la Cuba de 1970, a la que aún se reprocha la persecución de homosexuales y las duras labores de seguridad interior, el escritor Leonardo Padura no dio espacio a interrogaciones en su encuentro con estudiantes realizado en la UNAM el pasado 8 de noviembre.

De visita para recibir el doctorado Honoris Causa por la institución académica más importante del país, el autor de la serie policiaca del detective Mario Conde y de la novela El hombre que amaba a los perros, apasionada defensa del carácter crítico y rebelde a ultranza de Liev Davídovich, conocido como León Trotski, tampoco pronunció observación alguna sobre la situación de catástrofe humanitaria que vive México, ante problemas como el profundo y acumulado descrédito gubernamental, los crecientes y escandalosos casos de corrupción, las ejecuciones perpetradas en todos los rincones del territorio, la brutalidad ascendente de los feminicidios registrados en los últimos años y el desmantelamiento de derechos civiles otrora garantizados por la administración estatal, dada por ejemplo la privatización del beneficio de pensión del sector laboral.

En el encuentro unilateral, punteado por la también escritora y funcionaria universitaria desde hace años Rosa Beltrán, no hubo lugar para establecer los comparativos necesarios entre los errores flagrantes de la que podríamos llamar la izquierda histórica y el estado actual de administraciones y gobiernos alineados con los intereses político-económicos de la súper potencia militar e ideológica encarnada en los Estados Unidos, como es el caso de la corriente gestión del PRI y su careta, Enrique Peña Nieto.

Padura por Volpi
Presente en la Sala Miguel Covarrubias, Jorge Volpi tomó esta fotografía desde las butacas. Luego la compartió en su Twitter.

La charla, bajo el título «La Habana, la ciudad de las letras: Encuentro con estudiantes de la UNAM», en cambio, celebró en términos cordiales que, por ejemplo, durante el Periodo Especial cubano, desatado tras la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) al inicio de la década de 1990, el departamento de Difusión Cultural de la Universidad abrió un intercambio editorial con la isla entonces gobernada por Fidel Castro, lo que contribuyó a solventar la crisis de papel y, por lo tanto, a que los escritores de la generación de Padura tuvieran oportunidad de insistir su oficio.

Así, el novelista aplaudió las tareas como funcionarios universitarios de Gonzalo Celorio y Hernán Lara Zavala, además de hacer un recorrido por la historia literaria del siglo XIX en su país, que en su opinión contribuyó a consolidar tanto una conciencia nacional como un plan de acción frente a la dependencia del Imperio español, paralela a la amenaza invasiva de la ya entonces potencia norteamericana.

Cabe recordar aquí que, a diferencia de otras naciones latinoamericanas, Cuba no se independizó sino hasta los albores del siglo XX, en 1898, lo que desde la perspectiva española significó el fin de una era de preponderancia global extendida por más de tres siglos y desató la revisión intelectual de las identidades ibéricas, en manos de la generación de Miguel de Unamuno, Ramón Del Valle-Inclán, José Ortega y Gasset y Antonio Machado, entre otros artistas y pensadores indispensables.

Padura sólo se permitió un conato de comentario político ubicado en el presente cuando recordó que la configuración del nacionalismo isleño pasó desde sus primeros atisbos por la demanda independentista.

Recordó que el veleidoso Domingo del Monte procuró el subrayado de la identidad cubana mediante el impulso de un «franco espíritu nacionalista, en un tiempo en el que nacionalismo equivalía directamente a separatismo, tal lo que está pasando ahora en un lugar que ustedes saben”, dijo en referencia a Cataluña, antes de apresurarse a moderar el desvío.

“Mi mujer me tiene prohibido hablar del tema, pero ya sabe que no puedo controlarme”, apuntó, para de inmediato volver a la lectura de su ponencia.

Concentrado en personalidades como Cirilo Villaverde y José María Heredia, el novelista agregó que la consolidación definitiva de la voz habanera en la literatura ocurrió del brazo de los trabajos fundacionales de Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante.

Pese a que no pudo disponerse espacio para el diálogo entre el autor y la audiencia, en cambio la organización de la UNAM destinó más de hora y media a que, acorraladamente sentado frente a una mesa, un Padura visible y expresamente cansado firmara ejemplares a quien se lo solicitara, además de prodigarse en selfies y fotografías tomadas por personal de la Universidad para urgir la maniobra, luego de algunos minutos de acoso frente a cámaras de prensa.

Los lectores no parecieron inconformarse con la oportunidad del sordo aplauso.

Por el contrario, tras el fin de la ponencia, se apresuraron a estructurar la fila en el vestíbulo de la sala Miguel Covarrubias y a abarrotar una mesa dispuesta por la editorial Tusquets con variedad de ejemplares del cubano, cuyas generosas torres de papel se vieron notablemente mermadas en apenas algunos segundos.

«¡Qué cansado estoy!», gritó espontáneamente en algún momento quien llegó al país para cumplir una apretada agenda con Televisa, TV UNAM, el Museo Casa León Trotski, y demás.

Cultura UNAM Tv UNAM
Horas antes del mismo miércoles, Leonardo Padura fue entrevistado por Rosa Beltrán para TV UNAM. Fotografía de Cultura UNAM.

Discreto y recargado en un rincón, el coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, Jorge Volpi, combinaba la revisión distraída del panorama de satisfacción firmante con prolongadas atenciones a su celular.

Probablemente, el autor de una novela tan aguerridamente lúcida y contrastante, irónica y desmanteladora de cierto relato oficial como El hombre que amaba a los perros (2009), comprende a la perfección que el ejercicio de la literatura no es sólo valioso por el despliegue de capacidades de investigación, el magnetismo de sus facultades técnicas o la astucia narrativa de «atrapar al lector» y convencerlo de seguir leyendo, en vez de que ceda a otros estímulos placenteros, en su pasiva condición de receptáculo consumidor.

La literatura es relevante en el concierto de la conciencia, en cambio, por su capacidad de integrar en un discurso de comprensión las contradicciones inherentes a procesos tan complejos como el apetito de una revolución; las cargas emotivas e intelectuales de cualquier transición histórica; las despelucadas diversidades en el contexto de la llanura esbozada por la efeméride y el hecho consolidado; lo relevante mutilado por la costumbre del desprecio, malintencionado o meramente desatento; el pulso de lo invisible; el detalle en el contexto de la brocha gorda, entre tantas cosas.

Como el periodismo, la poesía o la filosofía —conocimiento mediante la palabra, la literatura deshuesa lo aceptado, contraviene lo asumido, amplía lo consolidado y ejerce la crítica a ultranza, hacia cualesquiera nuevas intensidad y problematización. Luego, transforma el rito de la domesticación y procura desenvolver en el sujeto encapsulado la pulposidad de su potencial pensante.

Nada más fácil en el ámbito de las celebridades artísticas consolidadas en el relato del mundo que reiterar mediante el fanatismo su calidad Justo Sierra fue un gran escritor, Paul Auster nos sorprende siempre con su vitalidad, Doris Lessing merecía ganar el Nobel por su excelencia creativa.

Ceremonia solemne
Enrique Graue, rector de la UNAM, pronuncia un discurso ante los once galardonados con el doctorado Honoris Causa el pasado jueves 9 de noviembre. Imagen tomada de la UNAM.

En cambio, la oportunidad irrepetible del encuentro con una conciencia tan compleja, desarrollada y panorámica, se vio enmudecida por los rituales del elogio y las ventas: en la era postsoviética, hípercapitalista, el concepto de ciudadanía equivale al de consumo. Mucho menos a diálogo, debate, oposición, interrogante, duda, sospecha, incomodidad, criterio, protesta; mucho menos a edificación mediante la desgastante astucia cooperativa.

Un día después del centésimo aniversario de la toma del Palacio de Invierno, perpetrada el 7 de noviembre de 1917 por los bolcheviques, el que se suele mentar como el escritor cubano mejor vendido de estos años se conformó con rellenar el ritual de la exhibición, en la víspera de recibir un honor oficial que le fue concedido en una ceremonia solemne de aliento medieval en otro palacio, el de Minería.

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