La pluralidad compacta: Manifesto (2016)

Inmenso reciclaje en el aplauso nítido de la palabra como aspiración de totalidad, muestrario de la digestión metafórica que lo roe todo hasta recolocarlo en un plano de acusación poética embriagada de su propia elocuencia, monumental mosaico de imágenes verbales y visuales donde lo mismo conviven el testimonio del fracaso gigantesco de la era industrial que la fastuosa enajenación programada de, por ejemplo, los ritmos financieros del globo, cuyos trabajadores otra vez son pequeños pulsos eléctricos del gran voltaje; la película Manifesto procura un elaborado elogio del arte y sus aspiraciones de altanería, autofacultada para apuntalar el mundo.

Ya en Coffee & Cigarettes (2003), Cate Blanchett había constatado su facultad flexible para representar ella misma la radical diferencia mediante la interpretación de dos personajes contrastantes en un mismo plano, lo mismo que su cautivador oficio camaleónico en I’m not there (2007), donde encarna al premio Nobel de literatura Bob Dylan con un travestismo icónico, o bien su retrato de descomposición psíquica (la permanente tensión de quien a ultranza oculta las emociones para asomar la supervivencia) en la Blue Jasmine (2013) de Woody Allen, por barajear ejemplos.

Manifesto
Cartel de la cinta producida por Bayerischer Rundfunk, Ruhr Triennale y Schiwago Film. Imagen tomada de imdb.com

Pero el Manifesto, recomposición exagerada y teatral de postulados artísticos de la tradición más robusta, del futurismo y el dadá a las declaratorias de convicciones de Lars von Trier, Werner Herzog, Jean-Luc Godard y Jim Jarmusch, entre varios otros, es la plataforma definitiva donde Blanchett despliega su teatralidad versátil, su transformación lo mismo en un desahuciado de las torres arruinadas de la urbanidad, que en una esposa y madre conservadora, rica y diligente en la distribución de verduras hervidas en la mesa; lo mismo una conductora del más aséptico y azulado estudio de televisión, que una migrante profesora de danza contemporánea; una titiritera capaz del discurso emotivo desde la gestualidad de la marioneta; una trajeada experta en finanzas; una obrera que reposa el sándwich en el grosor engrasado y pulverizador de la maquinaria; una socialité satisfecha en la expresión de la alcurnia del arte como cuadro de una exhibición rebosante en comodidad; una punketa cuya identidad son la colilla de cigarro y el tatuaje, previsiblemente; una maestra de niños que corrige los aspectos técnicos de su procedimiento de escribir cine; una especialista envuelta en plástico protector de toxicidades a punto de ingresar a una cámara con un lingote negro flotante que recuerda al Kubrick de 2001: A space odissey (1968), o la oficiante discursiva de un funeral inaguantable.

No obstante su densidad —dada la confianza irrestricta en la literatura como creadora de realidad: una película acerca del discurso—, la obra dirigida por Julian Rosefeldt también sabe burlarse de sí misma, en la constatación dramática de que la hinchazón metafórica, la crítica imaginaria, la declaración saturada de desobediencia que decreta el fin de la civilización y el nacimiento del plumaje del hombre nuevo, tensamente nutrido y finalmente libre, poco puede hacer en los espacios de la cotidianidad más sedimentada sin volverse ridícula, inoportuna, contrastante con la sencillez de comunicarse en los entubados mecanismos de la normalidad pasivamente aceptada en colectivo, donde la observancia del orden se torna extensiva, anónima y eficaz.

Así, Manifesto se permite la representación del absurdo mediante el planteamiento de situaciones aparentemente sociales, pero forzadas hasta un contraste chocante y burlón, licuadas bajo los postulados violentos de la arbitrariedad, como en el Luis Buñuel de Le fantôme de la liberté (1974) o Le charme discret de la bourgeoisie (1972): ejercicios de acusación contra las costumbres inoculadas, mediante la composición radical e irónica de la caricatura.

El ser social, consumidor de horarios definidos de trabajo y de noticieros, de una ritualidad dictada desde afuera, ¿podría encarnar la iglesia de los payasos en la vía pública, la religiosidad secular en el ejercicio amplio de la contradicción, que permitiría por gusto pies en el delfín y mezcolanza pop, una maldición extensiva, la ácida tonalidad inaguantable e infinita de la enumeración caótica?

Cate Blanchett
Fotograma de la película. Cate Blanchett como un habitante desahuciado del fracaso urbano despliega su confianza acusadora en la estética con ayuda de un altoparlante. Imagen tomada de imdb.com

Filme sobre el cine, sobre las potestades de la confianza en la imaginación y sus capacidades simultáneas de mutilación y creación centrífuga, que culmina con un desplegado coral encimoso a la manera de las composiciones del alemán Karlheinz Stockhausen y con una acusación contra el espectador: en su riqueza visual, Manifiesto se permite el diálogo con la bravuconería de desplegados arquitectónicos que pretende la estética, ese otro espacio de la humanidad donde la formulación de conocimiento no depende de la comprobación, el método, la comparación exhaustiva de datos o las otras recomendaciones de la razón, sino del mero ejercicio electrocutado, lesionado, delirante, megalómano, cósmico, deformado, pagado de sí, inaugural, desmoronado, tierno, contrapuesto, de la voluntad y sus pelucas, del entusiasmo y sus meniscos, de la embriaguez y la pirámide de sus visiones.

Ante el amplio panorama de las funciones y los lineamientos, de la frustración como dieta, de la burocracia total, del obelisco de estrenos, de la regulación como fe, del trazado argumental definido que corre del sexo al balazo con final reconciliador, del membrete dictado para asegurar la masificación de las actividades de consumo, la densidad saturada se vuelve necesaria, deviene oportunidad para las otredades desplegadas frente al preciso foco de la propaganda y la domesticación del gusto: el micrófono de Hollywood.

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