Juan Gabriel está con nosotros, con pulque, sin dientes, me abraza

I.

Se nos quebró una placa tectónica. Nos enterábamos en una fonda, frente a sus enchiladas de mole. Nos confirmaba Joaquín López Dóriga: mexicanidades rayándose.

Lo primero fue la risa absorta de lo tanto que se vendría, el lloradero facultado en personal potestad por cualquier lado. País de mutilados: papalotes a la espera permanente de hundirse en el llanto.

Lo primero fue volver a la redacción del diario Reforma y, desde esa hora y hasta abajo, buscar cualquier interpretación, cualquier variable, cualquier versión, entre Jaguares y Rocío Durcal, y sonarlas todas. A costa de quien fuera, ni modo: atropello justificable por la magnitud del desprendimiento.

Procuré que la trompeta de “Así fue” en la versión de Viña del Mar en el 2002 arrastrara su vientre metálico hasta la sección de deportes, para risa de la chiapaneca Paola Ramos.

En “Caray” el volumen estaba tan alto que el director de información nacional, Roberto Zamarripa, se acercó a reprimirme, aunque en realidad se le salía la risa de la boca como quien contiene en el estómago un antílope. Causas de fuerza mayor, les dicen. “Nada más bájale tantito”, afinó tras autorizar. Y le seguimos.

Vino Abel Barajas, el reportero especialista en PGR, a elogiar la solvencia de tantas cantantes en los duetos con el michoacano.

El experto en la criminalidad acerba de este país y en tantos desvíos multimillonarios, mareadamente triangulados a lo Javier Duarte, concentró su aplauso en la Natalia Jiménez de La Quinta Estación, sereno de enamoramiento ¿artístico? Y mentó a Natalia Lafourcade, Laura Pausini, Paty Cantú.

En el fundir el paradigma para extenderlo, la boca de lentejuelas y el saco lampareante esparcen sus ignotas aprobaciones, su nueva autorización.

II.

Y yo rogué poder irme temprano de la oficina para no repetir el error del 2012, cuando la lluvia torrencial me hizo rehusar emprender el viaje desde Cuemanco hasta Garibaldi y, junto con Lila Downs, Tania Libertad y Eugenia León, en brazos del siempre lloroso cuerpo anónimo de los borrachos todos, despedir a la Chavela Vargas.

Ya entonces entendí la enorme idiotez: no importa dónde me pongas la mano aquí, Macorina, su intérprete no se iba a volver a morir. La oportunidad insalvable de por una única vez saludarla, la dejé ir.

Era agosto, tras un proceso electoral atiborrado de hornillas rojas y camisetas rojas y gorras rojas, la familiar irregularidad, Enrique Peña Nieto acababa de ganar las elecciones; aún nos esperaban todas las vilezas y violaciones de este sexenio. Hasta Antonio Attolini, mediatizado esos meses por las protestas universitarias del movimiento YoSoy132, se apareció en la plaza, donde todos menos uno sucumbieron al bamboleo de la tristeza.

Nunca otra vez.

Con todo, se complicaba mi salida del periódico: hacia las 23:00 horas la Universidad Panamericana (UP) rotó un comunicado donde, aunque confirmaba irregularidades de citación en la tesis de licenciatura del ejecutivo federal, como señaló el equipo de investigación de la periodista Carmen Aristegui, descartaba cualquier procedimiento en su contra, cualquier descalificación.

“Estamos frente a un acto consumado sobre el que es imposible proceder en ningún sentido”, indicó entonces.

El presidente de la casa blanca y la pálida respuesta frente a la noche de Iguala, que rebasó 13 veces el tope de gastos de campaña durante el proceso electoral, quizás en aprovechamiento de los sobornos millonarios que presuntamente dio la brasileña Odebrecht al entonces director de Pemex, Emilio Lozoya, era exculpado de facto por su alma máter la noche que se desvaneció Juan Gabriel.

III.

Nada pudo doblar el metal de la lágrima, y llegamos a una Plaza Garibaldi donde una masa anónima se apretaba alrededor de una estatua, bíblica pasión. Una masa breve, de duelo en domingo por la noche: no más de 200 personas. Pero sensibles: Caldo con membranas, antenas, nervaduras, yemas; cuerpecitos como recipientes para trasladar un puro corazón con la afectación en la cara.

Y la lengua larga aflojada a guitarrazos. Y las cabezas como en sincero encuentro funerario, en oración.

“Es que éste era mi ídolo, es mi ídolo”, cae por ahí.

El “Amor eterno”, a cada desgarro de los rincones revivido en los funerales, nunca operó con mejor gracia circular como en ese domingo.

La primera fila de cercanía a la figura de metal, a la que en algún momento se subiría un valiente para empujarle en los labios un beso y colocarle en la mano un ramo de flores, además de todas las que le tienden sábana en la base, llora en pareja.

Y les siguen todos en fondo. Es el coro chimuelo de gorra verde obrera, de vaso de unicel encervezado, de chamarras mal equipadas para el frío nublado, de gesto madreado y hondo. Pura sensibilidad notoria, pura descomposición facial. Puro dramatismo exprés. Puro abismo entre adoquines. Abrir puertas en cualquier sector del aire para desvanecerse: licencia de naufragio.

Como en los fandangos, cientos enlunan al mariachi en un medio círculo cambiante, oficio colectivo. Como en los fandangos, todos y nadie hacien la fiesta y dirigen la ceremonia hacia su cansancio.

Obedientes, tenaces, ya comunes, los celulares arman un segundo frente alrededor: ¿registro puntual del circo energético? La nueva antropología, siempre dibujándose.

Un tímido, sin matraca, sin capa, se suma al cuerpo anónimo del dolor. Un papá le canta a su hijo, que lleva un disfraz de Piolín.

Un sector del aglomerado aprovecha la circunstancia para destacar con consignas la homosexualidad del compositor ido, punto de resistencia en su carrera y en su significado artístico. Juan Gabriel es el faisán melodramático en un planeta de machos llorones, cuyo plumaje repudia la indagatoria sobre lo obvio.

“¡Sexo anal por luto nacional”, proponen los entusiastas. O: “Sin maricones no hay revoluciones”.

Es la alegría acéfala, el canto ahogado.

Los invitados por nadie, por la arbitrariedad de la muerte, siguen al mariachi con vago esfuerzo y eficacia o llanamente arrancan por su liana, invasores de cualquier pedazo de canción: puro país en anacruza.

Y revelan que, aunque vinimos a fundirnos con entusiasmo tenaz en el marasmo del dolor, no alcanzamos la tercera estrofa de sus canciones, nos perderíamos más allá de unas ocho obvias canciones, entre el monumental repertorio del causante de tanto derrape de navajas sobre aortas, atrapados en un rumiar incierto y perpetuo de Noa Noas.

Un imitador del divo, con la misma actitud divinizada, la copa oportuna de “¿Por qué me haces llorar?”, congrega a una multitud que le paga al costo su legitimidad, aunque público y héroe se pierden otra vez en las segundas partes, y el líder admite dirección también ambigua.

El imitado reclama verdad, mientras nosotros empujamos el ídolo que podemos.

Y el espíritu, cuya hinchazón no precisa límites ni solicita licencia, insiste en la inyección del sueño, vomita, concede entrevistas anónimas a la prensa internacional, rola la lata, pregunta por el toque, se distrae hacia el expendio enjaulado de caguamas, aprovecha para vender discos pirata, escoge bando de alegría o desconsuelo, evalúa el impacto de la congregación. Convida al duelo.

“Quiero ir a París”, “Nel, nel, nel, me vale madres”, “¿Qué onda, ya estabas dormido?”, “Yo tengo todos sus discos”.

“Se murió un grande, wey”, “¡Pinche Juan Gabriel chingón!”, “Es que esa rola me llega”.

Dignidad de sufrir a quien, a gusto férreo o por paralelismo guango, por difusa identidad u ósea costumbre, nos ha acompañado a todos.

“Las únicas dos personas con quien debería yo estar llorando la muerte de Juan Gabriel son mi papá y mi mamá, que están en Tijuana”, lamenta uno mientras adquiere borrachera confesional, con la mano en el hombro de su amigo.

Celebrábamos entre la exageración absoluta, con culto malogrado pero tripa expuesta; articulábamos la decretada teología puesta en vigencia de forma inmediata, sin obtusa mediación de trámite:

“Ya resucitó Juan Gabriel. ¡Está entre nosotros, vivo! ¡Ni Cristo resucitado!”.

Juan Gay
Ya no te aferres.

IV.

El divo se murió en domingo y nos obligó a celebrarlo contra el consejo de la prudencia, contra las eficacias de rendirle cuentas a otro, a los patrones.

“Trabajo mañana, pero ¡a ver!, ¡que nos despidan a todos!”, dijo alguien como ilustrando el sentido del impacto de la protesta social. “Es inútil, capitán, le va a faltar cordel para atar las manos de todo el pueblo”, aseveró también el sublevado indio maya Jacinto Canek, según Ermilo Abreu Gómez.

El bebito en hombros de su padre ya se cae de sueño. Son las 00:15 del lunes 29 de agosto de 2016: el gran arrastre del compositor de “Te sigo amando” apenas comenzó: se viene la reiteración sonora en todas las peluquerías de México y Latinoamérica, el homenaje en Bellas Artes que reventará los récords, los magnetismos particulares de Juárez y Parácuaro, las especulaciones: ¿y si no se murió?, ¿y si ahí sigue?, ¿alguien vio el cuerpo?, ¡nadie vio el cuerpo!

Duda viva que volví a escuchar, esta vez en Santiago de Chile, cuando viajé allá en julio de este 2017. Entre amigas, frente a unas cervezas, una Sudamérica mediante: Nadie lo vio morir, el divo emplumado no ha muerto. Onda expansiva por eco de enamoramiento.

Son las 00:15, falta aún la queja de los apóstatas por hartazgo, el quererse bajar de la retahíla de reproducciones: las maneras de la fe de poco aliento.

Faltan las bibliografías oportunas, la invasión en todos los periódicos. El ritual del inmenso abanico colectivo. El foco rojo fundido y siempre encendido de vivir en México, mandíbula entre bujías irritada para el siguiente ladrido.

Juangazo
Puesto de periódicos al día siguiente, 29 de agosto de 2016. Foto: Irasema Fernández.

Faltan las reiteradas anécdotas, las insólitas circunstancias. Braulio Hernández, un joven lingüista, por ejemplo, relata en esos días un episodio en su ruta del Valle de Chalco al metro Pantitlán:

Hoy, mientras venía en el camión, el chofer decidió subir el volumen cuando empezó el homenaje a Juan Gabriel a las seis de la mañana. Nadie se quejó, ni los que aprovechan el viaje largo para recuperar tiempo de sueño. Entonces sucedió algo increíble: varios empezaron a murmurar, luego a cantar Querida y otras canciones. Yo también canté, por supuesto. En Oriente nadie le tiene miedo a hermanarse, y esta vez había un motivo más fuerte. Honestamente no creo volver a pasar por algo así el resto de mi vida.

V.

La lluvia arrincona a los necios bajo los toldos de algunos negocios ya cerrando, con sus sillas al revés y sus suelos trapeados.

Ahí, los últimos 40 dolientes reiteran repertorio. Y en la ceremonia de despedida del joto que inauguró a trancas de talento la tolerancia en el país de los bigotes del gallo galante; tras los simulacros de espontánea hermandad ante una admiración mayúscula, aparece un conato de trifulca por mensura de huevos.

Que si te puedes hacer para allá, pide el mariachi, no lo dejas alzar la trompeta. Que a mí nadie me da órdenes. Que mira mejor disfruta el mariachi que te está saliendo gratis. Que me río y mejor brinco más fuerte que a mí nadie me da órdenes. Que te jalo de tu chamarra para que te abras a la verga pinche vieja altanera. Que qué te sientes pendejo cómo ves si me tocas te escupo…

Los solemnes, los membranosos susceptibles de morir por vibración espontánea ilocalizable, además, estamos amargados, se me olvidó otra vez.

Ese episodio de pisada gratuita, culminación del día, ¿es síntoma de la reiteración, la naturalización, la interiorización de nuestras condiciones abusivas? ¿Del cansancio en el país donde un señor que no sabe hablar en público ni puede asegurar que no plagió su tesis de licenciatura ejerce la presidencia, mientras los capacitados, los cerebros, los creadores, los estudiosos, los críticos, no encuentran lugar? ¿Del cansancio detonado por tantos factores, casi cualquiera? ¿A qué la gratuidad de la agresión, la perpetua disposición a estrellarse contra el vacío de un popote, a inflamar puños entre topes?

¿Por qué aguantan los mexicanos? ¿Por qué me haces llorar?

VI.

Juan Gabriel, el priísta, el estadounidense, vive.

Tótem de la funcional y espléndida contradicción. Voz de un pueblo. Artista verdadero por la certera descripción de una emotividad sufriente, como que te amé de más y fue mi error. Ejemplo multifactorial de la desigualdad social: con las dimensiones de sus deudas, la mayoría de nosotros taparíamos un bache en la luna y diseñaríamos un semáforo con motivos de un recuerdo amado de la infancia, también en la luna. Huella revestida por su gusto en resistencia y al mismo tiempo heredero primo de la mejor tradición de la música popular. Identidad por punzante reiteración. Espacio de todos, lugar común: la posible abstracta unificación, casi divinizada.

Padre invertido, una vez muerto ¿qué mural dibujaremos con tus tripas?

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