La magnética frecuencia de morir: El hombre que vio demasiado (2016)

No obstante que fotografió cualquier cantidad de muertos durante su carrera como reportero gráfico de nota roja, el periodista Enrique Metinides considera que en los últimos años la violencia se ha agudizado en el país, uno de los más peligrosos del mundo para ejercer el oficio y donde es más peligroso investigar un asesinato que cometerlo.

Metinides
Metinides retrata un accidente automovilístico. Tomada de imdb.com

Los motivos para ejercer la violencia, antes agotados en conflictos de barrio persona a persona, se agravan, y las maneras de ejecución, de denigrar los cuerpos, se recrudecen, insinúa el hijo de migrantes griegos dedicados al comercio en El hombre que vio demasiado (2016), documental de Trisha Ziff donde se reflexiona en torno al consumo de imágenes de violencia en sociedades como la mexicana y la estadounidense.

“Ahora los descuartizan”, dice Metinides con una lamentación en el rostro. Y los torturan, le faltó decir, los destripan, los desuellan, les arrancan la piel del rostro tras aflojarla a puñetazos, los calcinan en carreteras de Guerrero, los violan repetidas veces, pulverizan sus huesos y siembran campos de muerte en fosas clandestinas de Coahuila y Veracruz. Los dejan sin vida en calles de Culiacán, Tijuana, Michoacán, Tamaulipas, Chihuahua.

Ziff, la directora de origen inglés, dedica la cinta a las decenas de comunicadores asesinados desde el año 2000 en México.

Además, recoge una conversación entre fotógrafos en torno al artero asesinato de Rubén Espinosa, reportero gráfico que trabajó como corresponsal del semanario Proceso en Veracruz y que fue aniquilado junto con cuatro mujeres el pasado 31 de julio de 2015 en la colonia Narvarte, al sur de la Ciudad de México, crimen que ha sido ligado a Javier Duarte, el ex mandatario priísta de Veracruz que hoy es procesado bajo acusación de desvío de recursos públicos.

Metinides exhibe su chamba
Exhibe el hijo de migrantes griegos una de sus imágenes. Tomada de imdb.com

El hombre que vio demasiado muestra a un Metinides anciano que se sabe sobreviviente de cualquier cantidad de riesgos, como la explosión masiva de una fuga de gas que puntualmente narra a una audiencia absorta de paramédicos de la Cruz Roja, institución con la que colaboró para encontrar accidentes, luego de por azar decidir subirse a un edificio para conseguir una mejor toma.

El fotorreportero asegura tener 133 años de edad, tras multiplicar las 19 veces que estuvo en riesgo de morir por las presuntas siete vidas que tienen los gatos, expertos en solventar la caída. La cantidad de cadáveres que ha visto en su vida, dice, alcanzaría para rebosar el Estadio Azteca.

Hoy abuelo, quien ha configurado una carrera sustentada en la muerte también se disfruta sentado en un sillón para compartir un audiolibro con sus nietos. O en conversación con coleccionistas de arte mórbido provenientes de Estados Unidos, país cuya sensibilidad de hiperadquisición, quizás, resulta incapaz de comprender las dificultades cotidianas del llamado tercer mundo.

Así, el fetichismo, que se atragantaría con cualquier ganso de cristal, convierte en elementos de admiración extáticas las obras con crudos desgarres sangrientos del fotógrafo, sorprendentes capturas de las mutilaciones o los decapitados en el escenario irreductible de la capital —sin reflexionar, en un ejercicio de integración de sentido, sobre el papel que la economía y las armas de EU juegan en la propagación crítica de la violencia que define la circunstancia actual del país.

El consumo de portadas con accidentes aparatosos, comunes en los kioscos mexicanos, donde la urbe es el asco, aparece como curiosidad sociológica para la vecina sociedad anglosajona. Y, por supuesto, como motivación para un coleccionismo exclusivo, donde la sordidez es un agregado en venta.

A cuadro, un editor estadounidense estima que, a pesar de que la fundación de su país se basa en la agresión sistémica racial, ideológica, religiosa, de clase: mediante el esclavismo texano y el exterminio indígena, la cerrazón protestante o la propagación coercionada del modelo neoliberal por la amplitud del globo, su ciudadanía rechaza mirar la violencia a la cara.

Esto no obstante la frecuencia con que en los últimos años se registran tiroteos multitudinarios en diferentes partes de EU, algunos motivados por fundamentalismos derivados del supremacismo blanco. No obstante la familiar y potentada legalidad en la portación de armas. No obstante la presencia militar estadounidense en tantos episodios históricos y territorios distintos del mundo, donde el ejército del águila calva es un eje simbólico insoslayable, partícipe fundamental en la construcción de su joven mitología fundacional, del brazo del Súper Tazón y la cadera de Elvis.

El hombre que vio demasiado reflexiona sobre la costumbre irónica de desayunar desangrados, accidentes, parejas muertas por cuchillo cebollero, edificios reducidos a polvo y papel, desangrados con la cabeza embarrada en el parabrisas, cuerpos reducidos a piltrafa debajo de postes y camiones, charcos de sangre en la normalidad de las banquetas: imágenes hiperagresivas que son testimonio de una sociedad donde la muerte es frecuencia.

Sobre las tareas del periodismo y sus compromisos radicales, que rayan en arriesgar la vida tanto por conseguir una fotografía espléndida, estéticamente compuesta, en un escenario de caos, como porque en la estructura criminal actual, informar motiva persecución, intimidación. Y luego, asesinato.

Además, la película da voz a una personalidad única, configurada en una al mismo tiempo modesta e irreductible pasión profesional; definida por la calle y su brutalidad intrínseca: entre postes metálicos que pesan toneladas, el esqueleto es la fragilidad.

Metinides colecciona
Entre cualquier cantidad de servicios de emergencia. Tomada de imdb.com

Y exhibe a un Metinides que ha formado puntuales y obsesivas colecciones de juguetes para atiborrar su de por sí apretada vivienda, flotante entre archivos, muebles de otra era, carpetas. Lo acompañan ejércitos de ranas perezosas, anfibios guitarristas, patrullas, ambulancias, camiones de bomberos, grúas, sirenas, escaleras, policías, enfermeros.

El niño que a la primera oportunidad se acostumbró a retratar cuerpos sin vida, en la tercera edad se permite posarse sobre las rodillas para jugar con muñequitos de plástico.

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