Vendrá la Venus de jalea y tendrá tus ojos: The king of comedy (1982)

Un Martin Scorsese temprano, sin ejércitos de actores de reparto, escenógrafos, brazos digitales, ni simplificaciones agradables para las mantecas del mercado, sin traducciones a una simpleza que aplaude la victoria necesaria de los victoriosos.

The King of comedy (1982) muestra a un Robert De Niro obsesionado con pertenecer a las altas naves de la farándula, dispuesto a cualquier humillación o psicosis para ingresar al círculo de la influencia inapelable que mira resonar de noche en el espectáculo televisivo del comediante Jerry Langford, representado por Jerry Lewis.

La película despliega una excelente ironización caótica sobre las babas enajenantes del espectáculo, sobre la cultura de la celebridad y sus desórdenes, sobre la eficacia explotadora del capitalismo de monitores, donde cualquier escándalo se convierte en una oportuna posibilidad de negocio en el entramado del consumo de masas, donde cualquier santidad es exhibición.

Rupert Pupkin triunfa
Fotograma de The king of comedy, cinta de Martin Scorsese

Si el consumo, única teología de la sociedad moderna, matriz de fetiches, resulta favorecido por la familiarización automática con el producto (un gadget, una persona, una cosmogonía), cualquier estrategia que eleve el objeto en venta a imagen de fácil reconocimiento en el ideario colectivo deviene legítima para los goznes del capital y sus divulgaciones.

Hábilmente trazada como divertimento narrativo, con una actuación de De Niro que da gala de su desde siempre patente, y aquí temprana, versatilidad (¿Quién concibe al duro gángster de Casino y Goodfellas como pusilánime, incisivo e insoportable ciudadano común, nervioso, obsesionado con pertenecer al margen de la luz neón hasta el ridículo, hasta la inmolación, quien compra con seis años de su vida bajo condena la licencia de pertenecer al mercado), la manera más inmediata de entender esta película es como la exhibición de un desorden mental en Rupert Pupkin y su cómplice circunstancial Masha: los obsesivos adoradores dispuestos a cualquier exacerbación a cambio de rozar el manto mesiánico de su celebridad, Jerry Langford, perfectamente inmiscuido en la vida cotidiana de miles de espectadores mediante el agente transmisor del dominio ideológico inserto en la intimidad de los hogares civiles: el televisor, hoy pantalla plana.

Masha
Fotograma de la película

Analizar The king of comedy, pues, como si se tratara de un ensayo sobre un fenómeno de descomposición mental, a la manera del retablo de celos patológicos que respectivamente trazan Claude Chabrol y Luis Buñuel en L’Enfer (1994) y Él (1953), desdibujaría la otra dimensión acusatoria de la cinta: la sociedad del espectáculo, con su eficaz invasión masiva en la conciencia colectiva, induce una zombificación denigrante en los espectadores, efusivos autómatas de quienes fielmente sólo espera pasividad y monitoreados hábitos semanales de compra de ciertas marcas de yogurt.

En la maniobra planteada por Scorsese, se comprometen productores anticomunistas y el mismo departamento de inteligencia federal (FBI) para asegurar que descarrilamientos delirantes que pudieran devenir pasajeras amenazas contra el sistema, como una posible ejecución de Langford, en cambio, estetizados y empaquetados para su reventa, alimenten la nueva coyuntura mediática de promoción de una identidad.

Identidad: otra palabra para decir vaso de diseño reposando en una mampara comercial.

Rupert Pupkin
Rupert Pupkin explicándole el secuestro a su víctima

A 35 años del estreno de The king of comedy, si acaso los procesos tecnológicos se consolidan a lo largo de los siglos, como identificó Marshall McLuhan en su ensayística, el surgimiento y sucesiva desaparición, ¿programada?, de los Rupert Pupkins se han acelerado en la era donde, vía redes sociales, queda consagrado el narcisismo inmensurable y donde la producción autogestiva arroja a la plazoleta de la discusión a criaturas como Callo de Hacha y Chumel Torres, o de plano a héroes de la absoluta normalidad como Lady Wu o la quinceañera Rubí.

Acudimos a un Martin Scorsese que, temprano en su proceso de convertirse él mismo en blanco de los kamikazes de la enajenación espectacular, atina en el ritmo y la discusión.

La etapa del neoyorquino anterior a las grandes producciones rayanas en la fantochada que, quizás, podrían adolecer de abrir compromisos con tantos inversionistas como para conseguir resoluciones estéticamente capaces de algún rasguño, como en Gangs of New York (2002); que podrían sucumbir al atolladero de la corrección política en el mero final, como en The wolf of Wall Street (2013); que explican el sentido oculto pero patente del personaje central en una iconografía digestiva para quien se distrajo, como en Silence (2016) arroja joyas sin tanta pirotecnia reventada, con sarcástica eficacia, como la cinta que ocupa a este texto o la perturbadora farsa After hours (1985).

Rupert Pupkin sí
Pupkin alardea sobre su cercanía con la farándula para ligarse a una ex compañera

Discusión sobre la fama y revelación de su gusanería, ni entonces ni hoy captada a cuadro; observación de los envilecimientos en protagonistas de la celebridad y en sus baldes receptores, humanos mecanizados, en ningún otro caso como en The king of comedy sería más preciso hablar de una película estelarizada por Robert De Niro, transmisor desde su riqueza de registros actorales de las mascaradas de lo diverso.

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