Extrañando a Maximiliano

El 19 de junio de 1867 Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, fue ejecutado junto con los militares Miguel Miramón y Tomás Mejía en el Cerro de las Campanas, Querétaro, por el gobierno del presidente zapoteco Benito Juárez, para restablecer la república en el país.

Precisos 150 años después, la tarde de ese mismo día pero del año 2017, que cayó en lunes, decenas de sujetos se reunieron en la Iglesia de San Ignacio de Loyola, alta estructura triangular emplazada en la esquina surponiente de las calles Horacio y Molière de la colonia Polanco, en la Ciudad de México, para conmemorar la muerte de esa especie de sacrificado Jesucristo austriaco, archiduque de la casa de Habsburgo, la misma de Carlos I de España y V de Alemania, monarca del siglo XVI al frente de las Américas mexica e inca, Flandes, Austria y la Península Ibérica.

Schonbrunn
Localizado en Viena, Austria, el Palacio de Schönbrunn ha sido una de las sedes del poder de la casa de Habsburgo desde hace siglos. Imagen tomada del Twitter del palacio.

Entonces, con el descubrimiento y conquista del continente americano, nacía el colonialismo global, después engrosado por la corona inglesa, Holanda, Francia, Alemania y Portugal, y que, de otras formas, define aún hoy las relaciones internacionales de poder, la imagen del mundo.

Desde el púlpito, el sacerdote comparó al rubio Maximiliano con el cordero del sacrificio de la tradición cristiana: ¿Sangre real derramada para qué fundación, para nutrir cuál mitología? ¿Con qué alcances? ¿Sonora hoy?

El religioso rogó a dios por Tomás y Miguel, “tus hijos”, así, sin apellidos, sin identificar: operadores mexicanos del conservadurismo que veían en el imperialismo impulsado en México por Napoleón III una solución para, sin traicionar la alcurnia y la nostalgia de un pasado europeizante, aliviar las guerras civiles que asolaron al país desde su declaración de Independencia, en 1821, que por cierto derivó también en la declaratoria de un imperio, bajo el mandato del oportunista español Agustín de Iturbide, tolerante en su cambio de bandas.

El predicador no se olvidó de saludar al papa Francisco y al todavía cardenal primado de México, Norberto Rivera, quien este junio presentó su renuncia al Vaticano, en el contexto de acusaciones de encubrimiento de pederastia llevadas por ex sacerdotes mexicanos ante la Procuraduría General de la República (PGR).

Montado en el atrio de una iglesia ubicada en una de las colonias más ricas y exclusivas de la ciudad, el oficiante llamó a amar a los pobres, conjuró el desafío de oponerse a los peligros de la vida, la necesidad de confiar en el divino aun en la más alta adversidad, aun cuando la legítima defensa de la soberanía de una nación podría derivar en una condena a muerte.

San Ignacio de Loyola
Tomada de la página de Facebook de la Iglesia de San Ignacio de Loyola

Al terminar el mensaje, el santo sacramento de la eucaristía motiva dos filas en el pasillo central de San Ignacio de Loyola, ese operador militar español de la Contrarreforma, fundador de la orden de los jesuitas, mientras resuena en las voces del coro de la iglesia el Requiem de Mozart, compositor germánico como el archiduque.

Un hombre moreno de unos cincuenta años y chamarra roja, menos apretado por el hieratismo y la estampa que los trajeados alrededor, se cambia a la fila más corta para adelantar la recepción de la hostia: el cuerpo de Cristo, según el dogma de la transubstanciación difundido por la iglesia católica, que quiso reforzar liturgias ante el avance de la secularización impulsada en el mundo por el, otra vez, también germano Martín Lutero.

“Abre nuestros corazones a los pobres”, ora en voz alta y ante el micrófono el familiar del austriaco presente en la ceremonia, Carlos Habsburgo Lorena, un señor calvo de unos 63 años y probablemente dos metros de estatura.

Acompañado de su esposa e hijo, el ligado de sangre a Maximiliano escucha entonar el Himno Nacional, poema decimonónico, el siglo de la definición, antes de salir del recinto y dar por concluido el ritual de la nostalgia. Su caminata es el banderazo de salida para el resto de los asistentes, tranquilos de ocupar los segundos escalones de la pirámide.

Oyen los Habsburgo también esa parte del himno que dice: “Mas si osare un extraño enemigo / profanar con sus plantas tu suelo, / piensa, oh Patria querida, que el Cielo / un soldado en cada hijo te dio”, quizás impasibles.

Nadie rescata la ironía.

Un espontáneo quiere reponer la electricidad ausente en el evento, pide entusiasmo: “¡Viva el emperador Maximiliano de México!”, arroja. Un segundo de ambigüedad, luego la resonancia colectiva: “¡Viva!” El moreno de gafas oscuras replica la arenga para Mejía y Miramón, que se descafeina.

Afuera, por más de 40 minutos Carlos Habsburgo Lorena es rodeado por la prensa y los celebrantes, en su mayoría caballeros rubios de fina estampa, que le sonríen, le presentan a sus esposas, lo abrazan, lo conversan, pasean sus sombreros, sus estaturas, su terciopelo, sus cuajadas, privilegiadas vejeces, su sereno ocupar el mundo.

En un rincón, el hijo del europeo, alto como su progenitor pese a sus 19 años o menos, es también asediado por jóvenes 50 centímetros más bajos que él. “Si quieres súbete al escalón”, les sugiere entre discretas risas amables a sus iguales, que buscan tomarse fotografías con la historia.

Obligado a la amabilidad por su investidura, el joven Habsburgo abre conversaciones inocuas: “¿Les gustó la misa? Estuvo muy bonita, ¿verdad?”

Y opiniones históricas: La historia la cuentan los vencedores, califica. En este caso, indígenas oaxaqueños devenidos gobierno. “(Maximiliano) vino a un país al que simplemente se enamoró de México y murió por su patria”.

Al rato, uno de los muchachos mexicanos, con una banda tricolor atravesada en el pecho, tras definirse politólogo cuestionará con una chica la legitimidad de la administración republicana, luego de preguntarle qué opina de la monarquía. Por ejemplo, tú emprendes un proyecto y el gobierno te quita 16 por ciento de IVA, lamenta. Discreta furia: ¿la corona que, lento gusano, anda y respira?

El entusiasta de la nave eclesiástica repite sus arengas ahora en la explanada: Vivan Maximiliano, Tomás Mejía, Miguel Miramón, esta vez desdoblando sobre su pecho una bandera tricolor con doradas águilas imperiales repartidas entre sus lingotes de tela.

“Inventaron la lavadora automática, inventaron los semáforos de tres colores y los tanques de guerra, y no me lo dijeron, inventaron la ametralladora, y esas brutas piensan que porque me tienen encerrada y porque estoy siempre sola no me entero de nada, cuando que soy yo la que cada día invento de nuevo el mundo. ¿Y sabes a lo que más le tienen miedo, Maximiliano? A que te invente a ti de nuevo”, informa al archiduque la emperatriz Carlota en 1927, 60 años después del fusilamiento de su marido, recluida en el castillo de Bouchout, según imaginó el escritor Fernando del Paso en su novela Noticias del imperio (1987).

Fernando del Paso
El escritor Fernando del Paso escribió una novela sobre el episodio de intervención europea en el gobierno mexicano durante la segunda mitad del siglo XIX, Noticias del imperio (1987). Imagen tomada de la Universidad de Guadalajara.

La emperatriz María Carlota de Bélgica: la gran ausente de la ceremonia, quien no fue mencionada en una sola ocasión. El heroísmo es ruido de hombres, como la memoria y sus homenajes, parece.

Los nostálgicos del túmulo imperial se van perdiendo entre las calles de la exclusiva colonia Polanco, bautizadas con nombres de escritores no a la manera de las que rondan el parque Francisco Zarco en el sur de la Ciudad de México, intelectuales republicanos: Ángel del Campo “Micrós”, Ignacio Ramírez “El Nigromante”, sino revestidos de un abstracto prestigio artístico y lejano: los grecorromanos Homero y Horacio, los franceses Alfred de Musset, Lafontaine, Anatole France, Lamartine, Molière.

Las elegancias de la pequeña explanada de la iglesia cacarean cada vez menos, el lunes oscurece.

Afuera, en la precisa esquina del recinto, un puestito con esqueleto de aluminio y piel de lona estorba el paso con bolsas en el piso y vende galletas, chicles, cacahuates, doritos prendidos a las paredes con pinzas de ropa; lo adelanta un triciclo con pan dulce que enfila rumbo al metro: alimento para los eternos súbditos de México.

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