Plegarias atendidas: un vistazo

Acusaron mucho a Capote en aquella ocasión. Traidor, difamador que abusó de la confianza y las puertas abiertas a sus alrededores. Sin duda, jugó taimademente y con voracidad. Pero valió la pena. Actuó, desde el ahogo y el desorden, por la literatura, pequeña dios sorda que, sin embargo, pervive.

Monstruos perfectos, una verdadera joya del atrevimiento. Así debía ser: todos esos seres hermosos, esos cristales geométricos y automóviles con aliento a durazno, esos paraguas míticos con voz de soprano y tacones de gamusa que nos vuelven espléndidos, toda esa crema rebosante donde nadan tiburones de fresa y labios de albaricoque cautivantes, eléctricos, perturbadores, esas fuentes a los cinco chocolates, fiestas de corte cristalino, bocas donde habita el universo: nada más que un espantapájaros de mocos tiesos con el corazón quebradizo.

P. B. Jones, un pobre diablo cuya hermosura lo hace soñar con el poder de la seducción; un descosido más de Estados Unidos que sueña con conquistar Los Ángeles y Nueva York, con su encanto tremulante. El sueño norteamericano desde las primeras páginas. Un joven de manos frescas que quiere ser escritor y apercibirse como el dueño de un talento apabullante que deslumbre.

Truman Capote

Pero la vida es mucho más sutil, es hermosura en el horror. Jones terminará el periodo cronológico de la novela trabajando como prostituta para una agencia oculta de la calle 42. El resumen de todas sus aspiraciones, sus viajes a París, sus paseos en barco y sus entradas triunfales a toda clase de ceremonias seculares y fiestas ostentosas se expresará en la resignación a una vida prosaica capaz de sostenerse a sí misma sencillamente.

Monstruos perfectos, diamantes apretados al fondo de la tierra, garzas de la frivolidad que no alcanzan a comprenderse, pese a sus cuerpos llenos de círculos de terciopelo y plumas sobreafinadas. Tenemos y no sabríamos respirar, todavía.

Capote aniquiló confianzas en razón de una dimensión de la verdad: un testimonio sobre las entrañas del planeta del prestigio. ¿Qué hay detrás de las máscaras de placer del mito del águila blanca y el Oscar? El demonio anda suelto y flota, el negocio permanece, nacen nuevos huevecillos brillantes de los que bebemos un simulacro de hipnosis y a los que todavía quisiéramos colgar en el alambre. Es incomprensible, estúpidamente constante y cierto: somos toda esa vulgaridad fingida y nos encanta.

Tras la agresión de quien publica las plegarias gimientes de su entorno, queda un texto sensible, profundo y dinámico, que desde la anécdota compone un ensayo sobre el alma, un documento increíble por su rapacidad, su asco y virulencia casi invisibles.

Ningún reloj de trasfondos en oro mitiga el extravío. De nueva cuenta, la vida está en otra parte, nunca jamás en la celebridad. Pero es un pavorreal encantador.

Un saludo a las crónicas de la anemia y la dislocación social. En las vigencias y manteles largos del chapoteadero, vuelven a cobrar trascendencia, ante el ruido de los ejemplos, las músicas del equilibrio, la pasión y la inocencia.

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