El gran éxtasis del escultor de madera Steiner (1974)

Quisiera llegar a ser un cuervo cabal

Hernán Lavín Cerda

El escultor de madera Walter Steiner quedó campeón de salto de esquí en el mundial de 1974, celebrado en la entonces unificada Yugoslavia. Sobre este proceso deportivo y ese pequeñísimo detalle espectacular, Werner Herzog inaugura su inmensa labor documental.

Sólo antecedido por una cinta sobre una mujer sorda y ciega, con El gran éxtasis del escultor de madera Steiner (1974), el director alemán arranca su cine de realidad y reportaje cuyas mejores características el diálogo, la diversidad, la contradicción, la observación de la simple rareza distraída, la búsqueda de la efervescente universalidad del mundo adormilado, la sutil elocuencia de lo común pero sorprendente y visto en las calles, como el zorrito salvaje en manos del niño del desierto o la batería y el piano cansinos en el salón de fiestas de Fata Morgana (1971), el contraste entre lo sensible casi riente y lo terrorífico arraigado, la oposición entre los espíritus del mundo engranado de la ambición fáustica y babeante, y los de la intuición abandonada, lenta, cantante y devoradora tienen un primer atisbo, ambiguo y minúsculo, en esta crónica difícil de cinematógrafo para cuya digestión se precisa un estómago sereno casi dispuesto a quedarse callado largamente, y luego conectar a ciegas nódulos hasta formar una conciencia.

¿Qué hay de artístico, expresivo, interesante, como para merecer una película, en el arrollador talento de Steiner, muy superior a sus rivales de la Unión Soviética, las dos Alemanias (entonces definidas por la Guerra Fría y el Muro de Berlín), de la local Yugoslavia? ¿Qué hace del suizo de sonrisa fría pero generosa y de abundancia de comentarios trémulos algo más que sólo un campeón común, un profesional del esquí y de la rampa y sus aterrizajes flexibles?

El relato liga segmentos irregulares, compuestos por una realidad contingente que siempre podría desvanecerse y frustrar el proyecto, como a cuadro declara temer Herzog en un especial momento de incertidumbre, siempre presente dada la imperceptible singularidad del deporte y sus certámenes azarosos.

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Vuelo del suizo Walter Steiner

El gran éxtasis del escultor de madera Steiner muestra, casi en el arranque, múltiples caídas de los competidores, como expresando, mientras resuena la ritual música envolvente de Popol Vuh esa banda en otra búsqueda de las grandes transparencias, la hinchada pasión desafiante y mortal que implica la disciplina: el proceso de elevación extática en los aires es también un relato de derrota, una constante relación entre el fracaso y lo frustrante, la necesidad constructiva de la reiteración, la delicia orgásmica y la victoria colorida.

Vemos las preparaciones de la competencia, cuyo esquema narrativo se esfuerza en eludir los compromisos de la producción televisiva y su afán de agrado inmediato: mientras que el periodismo deportivo aspira a una colección de heroísmos crecientes, al surgimiento de la nota tibia que embargue, seduzca y arrebate billetes, Herzog se concentra en las bambalinas, los calentamientos, el andamiaje y el ángulo incómodo.

Una propuesta, por cierto, central de su trabajo: en el documental sobre su relación íntima y profesional con el enchamucado, sáurico y flamígero Klaus Kinski, Mein liebster Feind (1999), explica a cuadro algunos eventos de la filmación de Aguirre, der Zorn Gottes (1972) y la elección de sus tomas sobre la ciudad inca de Machu Picchu: parece indispensable para el director no pintar la postal que pueda erotizar la región genital de Walt Disney, multiplicarle los lentes oscuros y embarazarle las camionetas. En cambio, busca enfocarse en el espacio ensombrecido e ignorado por la publicidad, el turismo, la fascinación instalada y la inocua percepción de revista del mundo. Una guerra santa contra la estupidez y la anquilosis, en busca del nodo mucoso y sonriente, dirá con sus palabras en Werner Herzog eats his shoe (1980), breve documental del fallecido Les Blank.

La película abunda en la belleza física de los atletas surcando el aire en posición de estilizadas jabalinas con patines lisos, ralentizadas por cámaras especializadas. Secuencias de hombres en el cielo, fieles a una disciplina emocional que deriva en excitación e irrigación por gozo. Secuencias que hacen la rítmica monumental del filme: elogio del atletismo, de las capacidades del alma humana y su expresión variable.

With skis: Walter Steiner; with a microphone: Werner Herzog; wit
Filmación del documental, en uno de los primeros trabajos de esa naturaleza de Werner Herzog. Imagen tomada de imdb.com

Asomamos al nerviosismo preparativo de Steiner, quien falla uno de sus saltos, estrella el rostro contra la nieve, tras volar a más de cien kilómetros por hora, se levanta sonriente, pero abatido, confuso, temeroso, y decide confiar en reponerse, expectante y débil, únicamente con una sensación de victoria: mediante un nuevo salto esta vez concluyente. Luego, por supuesto, del acoso de periodistas, organizadores, fanáticos y tramoyistas. Steiner quiso disimular su cojera para evitar sanciones: oculto esfuerzo contra sí mismo.

Escuchamos al suizo discutir los peligros en la evolución de su disciplina: el aumento en las dimensiones de las rampas, que derivará en mayor espectacularidad, conlleva también mayores riesgos. La pretendidamente asombrosa ampliación del necesario barajeo entre el miedo y la muerte para lograr la fascinante sensualidad del salto prácticamente instantáneo, quizás maquilla que detrás podría operar una flagrante deshumanización programada que desconoce el compromiso, siempre finito, limitado, de los participantes.

No se puede crecer hasta el absurdo, sugiere Steiner, es necesario el límite que reconozca que, detrás del heroísmo de la exhibición, operan seres humanos erguidos sólo en la simpleza de sus huesos, que devienen siempre musicales en la madriza.

Nos asomamos, en un respiro breve, al taller del escultor de madera, en el que, a través de piezas por elaborarse abandonadas en la mesa y bosquejos de implosiones a lápiz, comprendemos cómo asume, estudia Steiner la forma de sus materiales: preparaciones antes de desenvolver un trabajo que fabrique especies de úteros de árbol y rostros de mujer.

He ahí un asomo de, quizás, una de las más significativas intenciones estéticas del cine documental de Herzog: detrás del traje de vuelo, del concurso, de la relación económica con el mundo, se mueve el hombre meditativo y mascador, el animal arterial con ojos para lo sutil doblado, lo humedecido por riego ilocalizable: el panorama generoso y táctil, paciente para esperar ser comido por unas cuantas conciencias distraídas y lúdicas. No sin contradicción, lo púrpura palaciego y lo chocante se cuecen en la misma oquedad planetaria; y así deben beberse: embarrados.

La película convida a un Steiner íntimo, quien relata sus amores con un cuervo enfermizo que comió pan y leche de sus manos luego de que perdiera las plumas y fuera torturado por otras aves de su especie, arrollado bajo la inapelable energía violenta de la naturaleza.

Jiří Raška, Walter Steiner, Heinz Wosipiwo | Still
Fotograma de la película. Imagen tomada de imdb.com.

Ante las maneras más o menos fijas del relato deportivo, el director rasga espacio para las manifestaciones boreales del hombre ritual, simbólico y proteico.

Steiner aterriza sobre la rampa, agudo como un flamingo entre países de nieve, con los brazos abiertos por la solvencia corporal, y un texto de gruesa tipografía blanca invade la pantalla, enredado con la música creciente de Popol Vuh, otra banda de músicos alemanes herederos de su romanticismo:

«Debería estar solo en el mundo. Sólo yo, Steiner, ningún otro ser vivo. Sin sol, ni cultura. Yo, desnudo en una roca alta. Sin tormenta, ni nieve, ni bancos, ni dinero, ni tiempo, ni aliento. Entonces, por lo menos, no tendría miedo».

Así, tras 45 minutos, cabe preguntarse: ¿es ésta, mamá, otra película de deportes?

1 Comment

  1. Creo que justamente «mientras que el periodismo deportivo aspira a una colección de heroísmos crecientes, al surgimiento de la nota tibia que embargue, seduzca y arrebate billetes, Herzog se concentra en las bambalinas, en los calentamientos, en el andamiaje y en el ángulo incómodo». No es simplemente otra película de deportes.

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