Las ostras sexuales en las orillas: Pedro Lemebel

Los fornicadores de los parques públicos; los aglomerados en los multifamiliares de la metrópoli sin verdadera opción para los pobres, abandonados en cajones de posible cacareada funcionalidad; las divas de una nocturnidad en imitación del fastuoso pulso de los espectáculos neoyorquinos que no se conocerán: diluidas adaptaciones en banda sudamericana; los cines de barrio que, en la oscuridad de las salas, devienen alcobas masturbatorias para jovencitos homosexuales múltiplemente arrinconados y, sin embargo, abiertos en el olisqueo de sus posibilidades de expresión corporal y complicidad espontánea, anónima; la música pasional de los hinchas, atiborrados de identidad y paroxismo conforme a los dictados del resultado de la jornada futbolística: orgasmos compartidos en las oquedades monumentales de los estadios, licencia de excitación derivada de un gol; los baños de vapor donde la respetabilidad señorial va a sudarse en colaboración, anónima complicidad; las penetraciones anales en los recintos carcelarios chilenos, ¿bacanales orgiásticas o venganzas democratizadoras?; la puesta en filo de una obviedad incómoda: el ejército como nicho de la masculinidad patriótica, de la noción triunfal invasiva, va también revestido de erótica sensualidad, juventudes atléticas en estrictos uniformes elocuentes; la degradación de la lucha de la liberación sexual en mamparas publicitarias que apelan a la excitación genital para colocar sus productos en la discusión, en la vulnerable acrítica psique de los consumidores, ¿faltos de la elemental vinculación acariciante?, vulnerados en la fina piel honda de la intimidad para electrificar la compra; la banderita de pálida erección durante las fiestas patrias, colectivización de una ignorancia supuestamente fundacional y convenientemente caramelizada, es decir, estéril; las vencidas modas de los catálogos de peluquería de barrio, elevadas por la circunstancia de la imposible renovación a opciones plausibles, ¿márgenes de identidad?, pese a su notoria vejez: ¿cómo conviven las actualidades en los ámbitos postcoloniales?, ¿cómo existe la modernidad, al mismo tiempo dominante y frenada por la ironía del contexto?; el censo como estrategia de poder y gobierno en lo que es de suyo incontenible: la masa, la realidad social, el hormigueo de las calles, irreductible, anómalo, incontenible, furioso al mismo tiempo que domesticado; las discotecas que se imaginan eco de Marsella y Cannes; el interrogatorio abierto y encarnado del trasiego de cocaína y su tufo evidente de desgarre en la era neoliberal, donde el financiero es el espíritu primordial, con licencia para reventar religiosidades menos perentorias, menos eficaces; las elegancias compartidas en pasarelas familiares del travestismo de entretenimiento local, testigos de una necesidad de realización aunque parezca encapsulada; el gusto artístico sublimado de las clases populares en la decoración de los microbuses chilenos, donde la lata desvencijada del transporte público es lienzo de expresividad con códigos más o menos compartidos, mofa ¿de qué rectitud?, adopción ¿de qué panteón de caricaturas?; la siempre extraña aunque normalizada celebración latinoamericana de la Navidad al modo europeo, con esquema de bosques nevados y trineos desconocidos en esta latitud del globo, inoperantes y sin embargo adoptados; las vacaciones como la región de la rebeldía normalizada en arterias carreteras para las clases trabajadoras: dictado impersonal de un itinerario que significa, según el envase, inequívoca diversión, en la metafísica de la obediencia: invadir, saturar las playas, ¿y cómo ser?; los crímenes de odio contra maricas callejeras en busca del coito, la sensualidad espontánea, complicidades chiquitas y esquineras.

Sonoridad. Descomposición mediante la inflamación de las boas de una plástica en fervoroso afán, que adopta lo irrisorio de la conducta social y le concede la dignidad de la que la despojan el clasismo y las presuntas obligaciones de una respetabilidad heredada y localizable: el deber ser sugerido (promovido, multiplicado, impuesto) desde el eurocentrismo y las capitales del mundo.

Sorprendente, irreductible, anómalo, Pedro Lemebel, el contracultural, la señora de la risa propositiva y contrastante, empuja una crónica literaria de la dignidad de los marginados y su perpetuo enroscamiento entre detalles parecidos a sí mismos, compartidos en los rincones de sus sillas de abandono.

Lemebel Kahlo
Activista del travestismo y el performance provocativo y desafiante, Pedro Lemebel conformó una voz provocativa y marginal en el margen de la literatura chilena sostenida en el código del macho Pablo Neruda. Imagen tomada de eldesconcierto.cl

Periodismo abierto a suponer, a atribuir, a interpretar desde la observación largamente mascada y no tanto desde la enseñanza de escuela que recomienda comparar datos, edificar comprobabilidades, temer la especulación e, implícita, sordamente, en ello consagrar los discursos de las fuentes oficiales.

Periodismo que en estrechas páginas, desde la metáfora y la delicia vinculatoria, aventura la comprensión sintética de realidades de difícil arraigo histórico, de estalacticas del comportamiento, el abuso y la disidencia forjadas mediante décadas de frustración y roce entre un catolicismo heredado, una visión ordenada y prestigiosa, divisoria, que promueve el poder, y las oportunidades de estallar en liberación en los pequeños actos voluntarios, quizás únicamente estrellados contra las acotaciones de los rincones urbanos: una rebeldía tan insignificante, por anónima, desligada, prevista, como trascendental, porque realiza y mantiene viva la bacteria de la oposición y el contrasentido en el calor cotidiano, tan difícil, contingente, mugroso, incómodo, degradado.

Publicadas en los primeros años de la década de 1990, las crónicas que conforman La esquina es mi corazón, traída a México por el conglomerado español internacional Seix Barral, de venta ¿por tonelajes? en Sarnborns, es el elogio adolorido de la urbanidad y sus lesiones: al tren ardiente de la carrera fáustica le sobreviven infinidad de mutilados, cuyas diferencias son a la vez sus oportunidades de expresión más personal: la consagración del placer desobediente, desaconsejado por el régimen, por la pulcritud dirigida.

A la vez, el libro es la crítica sagaz de esas masas enajenadas por poderes atados al descuido, sin embargo de alcances masivos, como la televisión y su machacosa insistencia en la prestigiada y presunta dignidad del consumo, como el culto al orden casi imposiblemente infaltable en una sociedad degollada el 11 de septiembre de 1973, cuando resultó intolerable al cálculo global de Washington la existencia de un gobierno popular de raigambre socialista elegido de manera voluntaria por el voto libre chileno, y fue necesaria la imposición de una junta militar, al frente de la administración pública hasta 1990, cuando el plebiscito orilló al general Augusto Pinochet a desprenderse del cargo. Como en el caso de la Guerra Civil española, lo que aulló en Chile fue la voluntad de dos sociedades irreconciliables: la de la raíz indígena, de la Araucanía y su férrea oposición al expansionismo imperial ibérico, la de los poetas en el elogio del cimbrado de la lengua, con Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Violeta y Nicanor Parra, Enrique Lihn, Alejandro Jodorowsky, Héctor Hernández Montecinos, entre tantos, consagrando el asma como lirismo pensante y opositor; y la del clasismo arraigado, donde se destaca el origen oligárquico del apellido y la blanqura de la piel, la del capitalismo coordinado con las agendas estadounidenses y las otras potencias globales del saqueo, con su fomentada estructuración de las naciones en la lógica de las capitales y sus periferias, transparentemente representados en la figura del estricto militar gobernante y su elogio del catolicismo como llamado a la respetabilidad del orden europeo, heredado, colonial, donde son dignas de repudio e ignorancia la pobreza y la homosexualidad, cuando menos. Donde los otros son el eterno amorfo desconocido, indistinto a la bien trazada carretera del progreso y la rentabilidad.

Comprometido con la ardua reconciliación de contrarios, Lemebel no promueve, al menos no solamente, la consagración del débil y el repudio acérrimo del fuerte, en un binarismo que sólo podría ser ignorancia y falta de imaginación interpretativa. En cambio, el también poeta travesti y performancero yergue y atestigua el lamento de la enajenación de los vencidos, su entrega a las ridiculeces de la promoción, su esclavitud relativamente voluntaria, como quien traza los nodos de las problemáticas contra las que habría que apuntar cuando se acometa la tarea monumental de impulsar la transformación naciente, la disolución de las imbecilidades colectivas y sus rasgos de sometimiento piramidal, sus muros de aplausos.

Bolaño y Lemebel
Favorecido por el mercado y la fama luego de su muerte, el novelista Roberto Bolaño siempre aplaudió la relevancia artística de Lemebel. Imagen tomada de poetasdelfindelmundo.com

“La imagen erótica [del videoclip] desborda portadas y avisos luminosos, haciendo creer que estaríamos viviendo una época desprejuiciada, donde el sexo reina y satisface hasta la última gota de zumo que resbala por el escote de la niña que sonríe aputada en el comercial. Pero todos sabemos que esa niña de colegio rubio no es una puta. Y si lo fuera, sería un producto inalcanzable para el obrero transeúnte que se detiene bajo el cartel a gozarla, como un gato frente al vidrio transpirado de la carnicería. Ese mismo hombre que sigue caminando de regreso a su casa se tiene que conformar con el jugo en polvo que compra en el almacén de la esquina, para imaginar el sabor de los labios Tang en el paladar postizo de su mujer”, ironiza el chileno, cuya prosa libérrima abierta a toda contaminación y lengua licuada en afortunado marasmo sincopado educa al expandir las licencias de la expresividad verbal y su alambicado retrato, placentero e hiriente, sórdido y macabro, de la realidad siempre capacitada para reventar tanto la conceptualización del mundo como sus organismos clasificatorios convenientes. Cuya prosa llama a las avanzadas de la descomposición significativa, a la iluminación voluntaria y el encumbramiento delirante de la imaginación interpretativa: jícama de la poesía.

La América Latina en oposición, mestizo paradigma resultante de siglos de invasiones y saqueos polimorfos, síntesis del cosmos multifactorial, beso inflamado de variedades bacteriales y sus ganchos, sólo podría narrarse a sí misma mediante saturación de canales, imbricación de contradicciones, inclusión de bilingüismos atropellados, fomento al mareo de moluscos, defensa de la belleza silábica heredada de una tradición de grosores estilísticos con Lezama Lima, Asturias, Del Paso, Huidobro y las pantorrillas de su novia, Darío navajeando Centroamérica entre púberes canéforas, postales de Venecia y centauros, Lispector irreductible y siempre densa de sentimentalidad, Neruda largamente transfigurado lo mismo que masivo y de moda hasta el adelgazamiento, afán crítico, pasión continental, fidelidad a la composición irreconciliable de migrantes libaneses, pagodas de Acapulco, indios yaquis indómitos, kioscos moriscos, máscaras de jade, espejos de obsidiana, eructos partidistas corrompidos, jinetes del presupuesto y tantas variedades gentiles y chocantes, denigratorias, criminales, sublimadas, neuróticas, odiosas.

América Latina todavía en construcción, como que las autonomías locales siguen en espera de nacimiento, mientras que las fuerzas originales mantienen su resistencia ancestral a los avances de la voracidad que asume cualquier territorio como oportunidad de negocio, en el autoelogio del libre mercado.

Una Latinoamérica urgida de un periodismo como el de Lemebel, con postura, con necia agresión, con voluntad escapista y atlética, con gimnasia y magnesia, velocidad y tocino, con ácidos que corrompan a la bestia de la banqueta y con cursilerías que fomenten temblorina y desmontaje entre la violencia de las paredes. Con imágenes asaltantes y su lenta comprensión nunca gratuita.

Emparentado con Roberto Bolaño en la consagración radical y literaria de una conciencia ardorosa y adolorida, Lemebel convoca a la confianza en la denuncia barroca, a la satisfacción incómoda ante la penetración elegante del pensamiento expansivo, capaz de adentrarse en los lodazales abusivos de la realidad y sus placas metálicas de subordinación.

 

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