El sueño del paraíso no lleva guerra: Carlos Montemayor y Lucio Cabañas

El mosaico es la estrategia de Guerra en el Paraíso (1991), la novela donde Carlos Montemayor narra los pormenores y trajines de la guerrilla encabezada por el campesino Lucio Cabañas durante la década de 1970 en el estado de Guerrero.

El sentido del libro, en tanto, es la comprensión: de la denuncia de los abusos torturadores de las fuerzas federales, al manejo faccioso y desorientador de la información oficial, entre las desigualdades de clase, la agrupación digna de los adoloridos, de los permanentemente postergados, desde el proceso de conquista iniciado en el siglo XVI por el invasor español hasta la difícil violencia de nuestros días, además de las diferencias intestinas entre quienes se asumen las fuerzas de oposición al régimen: el contraste, embalado hasta la discusión, entre la formación teórica en el marxismo leninismo y la compleja praxis de rebeldía militar, que implica una insustituible compenetración con las bases, las comunidades, las demandas sociales que posibilitan la guerrilla, etcétera.

El mosaico es, pues, la integración. Guerra en el Paraíso abarca la cosmogonía indígena; las asambleas del movimiento armado y sus discusiones en torno a conceptos ideológicos y estrategias, alimentadas de posibilidad por el accidentado terreno serrano de la entidad, semillero histórico de la protesta por la complejidad de penetrar la región y adormecerla, además de las subrayadas desigualdades que la señalan en el panorama nacional; las complejas tareas del ejército, instruido de diseños intelectuales y equipamientos tecnológicos de avanzada, del conocimiento del control, para operar su mutilación del enemigo, además de provisto de una integración de fondo de lo que provoca un estallido guerrillero como el de Cabañas y su concatenación con los procesos sociales del país, y de una estrategia de manejo de información en los medios y los discursos oficiales, con su consabida, naturalizada réplica en la prensa; los antecedentes inmediatos, la sonoridad de la queja en otras regiones de la entidad; y los planos de los diferentes actores: la presidencia, la Secretaría de Gobernación, la de la Defensa, el empresariado regiomontano y jalisciense y sus antípodas: los campesinos que desarrollan su conocimiento en la luna, el maíz, los huaraches y la tierra, el gobierno estatal, cuyo Rubén Figueroa se liga al Ángel Aguirre que encabezaba la administración la noche de Iguala, cuando 43 normalistas desaparecieron, sin que a la fecha haya sido esclarecido el caso.

Lucio Cabañas
Imagen del maestro normalista y guerrillero Lucio Cabañas, líder de una lucha armada por los derechos campesinos en la entidad. Tomada de Aristegui Noticias.

Al mosaico de la integración y la hondura de la comprensión los ata la poesía: de evidente sedimento documental, la frase es la imaginación de una sentimentalidad profunda, de la gravedad de arremeter a balazos contra un convoy militar desde los grumos de la montaña y la resonancia del ataque en la cotidianeidad de los zanates. La imagen en la prosa de Montemayor faculta la cercanía con el sueño de los otros y sus tonalidades, además de que subraya de que lo vivo en el verbo no es exclusivo de los brazos marmóreos de lo cortesano: “Estallaron granadas. Oyó las ráfagas de Fal, los disparos de M-1 y de pistolas automáticas, pero lejos, fuera de la brecha, desde Yerba Santita. Sonaban huecos, como una dolorosa fiesta lejana. En los soldados caídos la sangre oscura parecía brillar sobre la ropa, sobre la hierba, como cristales desperdigados en el camino, entre piedras. Ramas caídas, algunas armas, fornituras, se escalonaban por la pendiente. El ruido de pájaros volvió a comenzar. Un ruido ensordecedor de loros, de torcazas, de alondras, como si nuevamente amaneciera, como si apenas despuntara la poderosa mañana de la sierra. Los disparos lejanos seguían sonando en Yerba Santita, inútiles, tristes”.

La poesía, si su fervor es crítico, rebelde, opositor, tendría luego que disponer sus herramientas, sonoridad y visión a la denuncia de la atrocidad, al quejido contra la degradación.

Guerra en el Paraíso es un llamado a la penetración en los pulsos de la obligada clandestinidad: se opera contra el gobierno y su violencia normalizada, cotidiana y legal; contra la enorme y acallada operación de ilegitimidad de un estado que, en su presunto propósito filosófico habría de operar la protección de los tejidos ciudadanos, mas en contrasentido articula las mafias, los saqueos, las privatizaciones del espacio y el imaginario público y autónomo en beneficio de las ordeñas del capital, la desestabilidad del crimen organizado, la herencia de las dominaciones, cuyo arraigo es tal que constituyen tradición: forma del ser en México.

Es una interrogación sobre la legitimidad de la protesta radical, derivada no de un hecho aislado y localizable en un paradigma regional, sino de una permanente historia de despojo; derivada de una tradición de la resistencia en figuras emblemáticas y vinculantes, como Vicente Guerrero y Emiliano Zapata. Una legitimidad destacada en los ventanales y la oportunidad de la novela, a sabiendas de que, además, la elocuencia del quejido subyace bajo el acoso permanente de la ignorancia, la parcelación de su sentido, el encantamiento mediático que propone forzar el contrasentido, acariciar el nimbo abstraído de la paz, que significa operatividad para los negocios abusivos y verticales. En el texto de Montemayor, ¿como en la realidad cotidiana de este país?, el gobierno se ocupa con celeridad de manejar las consecuencias mediáticas de los hechos, muy antes de interrogarse y encarar las motivaciones de detonaciones radicales, como un levantamiento armado.

Tras cada golpe perpetrado por la célula operativa de Cabañas, las instancias oficiales se apresuran a desligar la violencia de la guerrilla de sus aspiraciones de transformación social y hacen aparecer los golpes como meras pulsiones criminales de bandoleros, revertidos supuestamente contra el bienestar del campesinado guerrerense y su normalidad, a quien extorsionarían, asaltarían, arrinconarían para obligarlo a apoyar el movimiento. Pugna permanente entre la verdad de los aparatos y la de las sucias oscuridades emborronadas debajo de la lluvia en la anónima posibilidad del territorio.

Carlos Montemayor
El escritor Carlos Montemayor analizó desde la historia y la literatura la continuidad en el país de los movimientos guerrilleros, opositores al estado de las cosas fortalecido por el régimen. Tomada de La Jornada.

Bajo el pretexto de la protección civil, las fuerzas armadas van tejiendo un complejo desplegado de control, un enclave, sobre las posiciones de Cabañas. Con el afán de sofocar el movimiento, operan lo que de otra manera se retrasaría: el desarrollo de infraestructura en las rutas de la guerrilla para posibilitar los puntos de control, los emplazamientos permanentes de uniformados, la comprensión al menos táctica de un enigma aún irresuelto, como el actual secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos, declarara hace poco en una visita a Zitlala, luego de una ola de ejecuciones registrada en la localidad: “Lo de Zitlala no es de ayer”.

“Guerrero es una zona histórica que se caracteriza por sus hechos de armas desde los movimientos independentistas del siglo XIX y la resistencia al porfiriato hasta los levantamientos de los revolucionarios zapatistas. De tal modo que, en los años 70, el ejército, en su combate a la guerrilla de Lucio, se apoyó en similares estrategias militares a las empleadas por De la Huerta y Carranza contra Zapata. Es por eso que la historia de esa zona de alto conflicto en el país haya sido, y acaso seguirá siendo, uno de los baluartes libertarios de todo el país”, declaró en entrevista el autor al semanario Proceso en 1991.

En marzo de 2017, el diario Reforma contabilizaba en más de 700 los ejecutados en la entidad durante los primeros tres meses de este año: Guerrero es todavía un foco rojo de las contradicciones que articulan y desarticulan a la nación, transido de narcotráfico, grupos armados, despliegues turísticos opulentos, regiones de profunda pobreza, comunidades indígenas siempre incomprendidas por la maquinaria o la conciencia occidentalizada de las metrópolis, todavía habitantes de sus espacios simbólicos y físicos singularizados, irreductibles.

“A ti te han visto con el profesor desde hace tiempo, no tardarán en buscarte. (…) El gobierno está por todas partes ahora, hijo, y también llegará aqu, dentro de poco, ya verás. No te esperes, porque entonces ya no podrás salir. Aquí te van a matar. Y a mí también. A todos. Vete ahora. Llévate estas tortillas, nosotros ya nos las arreglaremos después. (…) Mejor vete con el profesor, ahora que estás fuerte. Y hazle daño al gobierno (…) Mira qué estrellas. Me voy a quedar un rato pensando. Y si todavía Dios está despierto, voy a pedirle por ti. (…) Y ve nomás, ya quiero que te vayas y te estoy deteniendo con tanto hablar. Será que estoy muy viejo y a lo mejor no te volveré a ver. Y estoy así, tratando de engañarme con la noche. (…) Vete ahora, hijo, y hazle saber al profesor que contigo me estoy yendo yo también. Que te reciba como si fuéramos los dos. Porque te quiero como si te llevaras mis ojos, como si te llevaras también mi resuello, esta lumbre que me está quemando aquí adentro, que me entristece”, ruega, derrite, denuncia uno de los personajes.

Así, en la indignación y la dignidad, lo sencillo y anónimo se vuelve magnánimo, abarcador, los marginados son el arco central, la densa paleta de la expresividad y sus demandas de equilibrio, de autonomía. El analfabetismo no significa desapego del mundo, como yermamente podría imaginar la cultura logocéntrica y su milenario culto al concepto; significa únicamente ausencia de escritura, jamás de sensibilidad, percepción, estructura comunitaria, noción del tiempo, síntesis del cosmos en la imaginación.

Una de las escenas más elocuentes de la novela conjura la reunión de altos mandos del ejército en el Casino Militar de Chapultepec, donde la erudición histórica y táctica, la profunda comprensión legal y gubernamental, los reales alcances de la fuerza oficial, se despliegan. La inteligencia vinculatoria pese al paso del tiempo reconoce que la queja de Lucio Cabañas no era un quiebre de ramas particularizado, sino la pulsante demanda irresuelta de la marginación, con posibles identificaciones, por la similitud de las condiciones, en diferentes panoramas del territorio: ¿Veracruz, Chiapas, Chihuahua, Michoacán?

“Por primera vez, en el México moderno, hay una total ocupación militar de una región del país. No es fácil entenderlo para muchos. Ni para el ejército mismo. Es una experiencia histórica, sí. Se trata de que estamos controlando un estado entero del país, militarmente, por vez primera. Pero fíjese. Controlando militarmente a una región del país. Nosotros podemos decir que luchamos contra un puñado de muchachos o de indios o de comunistas, pero lo cierto es que estamos controlando pueblos enteros, municipios, ciudades, montañas, comunicaciones, todo. Por eso puede caber la duda de si estamos sofocando y luchando contra el pueblo mismo o sólo, como le gusta decir al presidente de la República, contra problemas provocados en México por la CIA”, confiesa en la intimidad de una comilona alcohólica el general Rafael Escárcega.

Meade en el PRI
Rubén Figueroa, criatura del PRI de aquellos años, fue secuestrado por el movimiento de Lucio Cabañas. El político se convirtió más adelante en gobernador de la entidad, donde 40 años después fueron desaparecidos 43 estudiantes normalistas. Hoy el partido aspira a retener la presidencia con su abanderado: el tecnócrata José Antonio Meade. Imagen tomada del Twitter del PRI Nacional.

En una entrevista sobre movimientos armados en México coordinada para la televisión mexiquense por Porfirio Muñoz Ledo, el autor de Guerra en el Paraíso propone una inversión comprensiva fundamental: aunque presume construir seguridad, al hacer persistir las condiciones de la violencia naturalizada, probablemente sea el gobierno el que en realidad atente contra la paz y el bienestar social. En contrasentido, aunque el escándalo mediático y las primeras impresiones de los hechos condenen los desgarramientos de los movimientos armados, al denunciar la marginalidad y el abandono e impulsar una unidad reguladora, los guerrilleros proponen en realidad más a fondo una defensa del estado, que no es la administración pública, sino la multifactorial integración de un país.

Los dolores que describe la novela siguen aquí, junto con las tensiones y la persistida injusticia social que derivan en diversidad de estallidos, organizados y no. Los años 70 de Cabañas tienen su resonancia en la Chiapas de 1994, la Iguala de 2014, la Cherán del 2011, las policías comunitarias de Guerrero y Michoacán. Las oposiciones radicales, mientras existan los factores que las originan, siempre podrán volver a suceder, no sobra decir.

La novela, la poesía, el pensamiento integrador, la percepción documentada, pues, son aún el trazo indispensable.

Carlos Montemayor. Guerra en el Paraíso. México: Penguin Random House. 5a reimpresión. 2016. 586 págs.

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