Nostalgia de la luz (2010) prohíbe olvido

La difícil vinculación humanista entre la lucidez del conocimiento científico, la arqueología y la astronomía, y la necesidad de reconstruirse como sociedad y revelar las heridas, siempre vigentes, aún cercanas, de la desaparición y las fosas clandestinas.

Científicos que, a la búsqueda de articular la respuesta a las preguntas esenciales, a la duda original compartida con la religión y la filosofía, recogen testimonios energéticos del universo que, generados hace miles de millones de años, llegan hoy a la Tierra; arqueólogos que comentan con fascinación profesional trazos de indígenas sobre las rocas de la ruta milenaria del desierto de Atacama, en Chile, muy antes de la llegada de Cristóbal Colón al continente y su derivada transformación radical que todavía nos define.

Víctimas de la persecución política perpetrada por las fuerzas militares bajo la orden de Augusto Pinochet, quien gobernó el país sudamericano desde 1973, tras traicionar al presidente Salvador Allende, y hasta 1990, removido por un plebiscito que votó el no a la continuación de su mandato. Víctimas de tortura, desaparición, hacinamiento en campos de concentración.

Sobrevivientes experimentados en el trabajo con torturados, testigos exiliados en Europa, hijos de la diáspora nacidos en Alemania, narradores conscientes del remanso de su infancia y de la subsecuente ruptura.

Una dictadura que removió restos humanos para relocalizarlos en destinos difusos, en plataformas abismales como la naturaleza, y quebrar la posibilidad de los deudos de encontrar a sus víctimas, en la dureza sórdida de las decisiones criminales del poder.

Nostalgia de la luz
Telescopios, tecnología óptima para observar la información cósmica, ¿podrían contribuir con la misma sagacidad a buscar a los desaparecidos y reconstruir la memoria de las vejaciones?, una pregunta planteada por el trabajo de Guzmán. Imagen tomada de imdb.com.

En Nostalgia de la luz (2010), documental de Patricio Guzmán, el desierto de Atacama, cuyas transparencias celestes lo han convertido en un punto fundamental de la observación astronómica en beneficio de científicos de todo el mundo, y cuyos altos niveles salinos conservan en excelentes condiciones momias de 10 mil años de antigüedad y dibujos campesinos primitivos, ese desierto, visible desde el espacio exterior como un nudo cobrizo, se comprende como difícil espacio del dolor de una sociedad atravesada por la violencia política y la represión del poder, pues su llano y árido anonimato fue utilizado también como fosa clandestina de la dictadura y destino carcelario de sus presos políticos.

Con sus entrevistas, Guzmán propone entretejer el lazo necesario de la conciencia que comparte la observación de las estrellas y la reflexión sobre su pasado inmediato; que tendría que demandarse tanto la comprensión de un origen cósmico (el calcio que forma las estrellas es el mismo de los huesos humanos, reflexiona a cuadro un astrónomo de habla inglesa, por ejemplo), como el apego crítico a los dolores de una historia marcada por la vejación y la fractura arbitraria.

Atacama, la tierra de las minas de sal del siglo XIX y el trabajo esclavizado, cuyas instalaciones tan degradantes fueron recicladas por los militares del dictador para hacinar a opositores. Instalaciones memorizadas por una de las víctimas, arquitecto que luego, exiliado en Dinamarca, las reconstruiría a lápiz para emitir una denuncia, para consagrar la memoria y, desde el conocimiento, que es la resistencia, oponer un mensaje elocuente a la atrocidad. El digno reproche por lo ocurrido, fruto de una anónima monumental tenacidad.

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Patricio Guzmán en el desierto de Atacama, región emblemática del norte de Chile. Imagen tomada de imdb.com.

Atacama, desierto donde las contribuciones del capital multinacional han instalado algunos de los telescopios y antenas de captación astronómica más desarrollados del globo, aparatos a los que la hermana de un desaparecido pide que, quizás en una condición paralela, penetren la tierra para que, con la misma agudeza con que exploran el relato cósmico, contribuyan al hallazgo de restos humanos. Angustia que busca morirse sólo después de haber identificado a los suyos y conseguir un duelo en paz. «Yo sueño», dice la mujer de 70 años sentada en la tierra rojiza.

En el país de Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Nicanor Parra, tótems que al hilo destruyeron la poesía latinoamericana en direcciones antípodas sin que siquiera hubiera cuajado la revolución artística anterior, Guzmán reflexiona desde la belleza de sus imágenes, que convidan a dos mujeres en busca de sus familiares a observar el espacio en un telescopio alemán antiguo aún en funciones, pero también desde la riqueza de la palabra, la inteligencia de la metáfora, siempre pensante, la cual atribuye a las canicas que los niños de su generación llevaban en el bolsillo la posibilidad de apretar el universo de cristal azulado en una mano.

De visita en un museo, el director recuerda al menor que miraba la osamenta de la ballena ahí presente como una casa para otras ballenas imaginarias y más pequeñas, y también se pregunta cuándo merecerán la dignidad remembrante de ese cetáceo los cientos de restos humanos fabricados por el régimen de Pinochet que, aglomerados en cajas, al paso de las décadas siguen sin identificación oportuna.

La memoria cósmica y la histórica: la certeza de que todo abona a la transparencia, a la interrogación del testimonio crudo de la realidad que permita la construcción de un presente crítico. El proyecto humano, como la incógnita científica que en su deslizamiento arroja cuatro nuevas incógnitas y es un proceso inacabable de revelación y conocimiento, habría de desear de manera permanente y trabajosa la formación de sociedades más justas, donde el asesinato de los otros sea inconcebible.

Nostalgia de la luz: el profundo sentimiento de la lucidez. Huella de tristeza por la ausencia de edificación.

Una astrónoma cuyos padres fueron desaparecidos cuando ella tenía 1 año, criada por unos abuelos capaces de sobreponerse al dolor y construir un espacio de alegría y niñez muy sanos, como ella misma dice, resuelve la angustia de su historia familiar gracias a la honda orientación del saber.

En la certeza astronómica de que la materia circula y se recompone en nuevos seres y manifestaciones, tanto como que el hidrógeno de las galaxias eructa en el agua que bebemos, la científica asume que sus progenitores igualmente están integrados en el difícil manto de la vida; inaprehensibles, ilocalizables, pero habitantes.

La inteligencia que no nos hace más reales, no es.

Los 43
Mural localizado en la colonia Obrera, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, sobre los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa en septiembre de 2014. Foto: Dulce Soto.

En México, donde los traumas del octubre de 1968 hallan su eco tristemente análogo en la Iguala de septiembre de 2014; donde el abuso y la atrocidad suceden de manera persistida a lo largo de las décadas y diariamente todavía hoy, en la colonia Obrera los muralistas anónimos prohíben el olvido y dibujan un camión cargado con 43 normalistas guerrerenses que conduce una muerte encapuchada.

¿Qué generosamente astronómica indagatoria nos corresponde? ¿Cuáles son los telescopios de nuestra memoria?

 

 

 

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