Frenesí de ridículo terror: Elle (2016)

Acudimos al complejísimo retrato, satisfactorio hasta la plenitud en la inteligencia teatral, escritural y actoral, de la hija de un psicópata fundamentalista católico francés que asesinó a machetazos en el cráneo a casi treinta vecinos y algunos animales luego de que le negaran el impulso beato (desinteresado) de persignarlos; una adolescente entonces exhibida en calzones y cenizas por la prensa, hoy exitosa ejecutiva que diseña videojuegos de gárgolas y capturas intimidantes de doncellas hipersexuales, mujer trajeada transida del drama de la inteligencia: la tristeza de percibir perfectamente, dominio lúcido, la violencia pertinaz y la estupidez simultánea de los otros que todo lo determinan y lo envuelven.

La Elle (2016) de Paul Verhoeven inicia en el meollo de un tejido compejo de agresividades: Michèle Leblanc (una Isabelle Huppert mayor, elemento ya constitutivo de una actriz siempre sorprendente) es violada en su propia casa por un encapuchado que huye impune: desgarramiento que desata un entramado de sospechas tensas ante la oscuridad de posibles revelaciones sobre la identidad del culpable, cuyo acoso e intimidación hirientes y enfocados permanecen.

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Isabelle Huppert protagoniza esta película atravesada por la violencia religiosa, económica y sexual. Imagen tomada de imdb.com.

Con todo y la persistente carga sombría de ser víctima, Leblanc conserva la solvencia de su ánimo cotidiano, obligada a convivir en su empresa con un equipo de jóvenes computacionales que la agrede desde la ira y la mofa contra la autoridad y su oficina siempre más grande; con un amante insensible el esposo de su mejor amiga— ocupado autorreverencialmente en el afán permanente y sordo de que le sea frotado el pene; un ex marido berrinchudo adolescente de corazón honesto, frustrado en la permanente vanidad del escritor, vuelto a la vida con un enamoramiento de la veinteañera maestra de yoga no solamente maciza de presencia; un hermoso hijo bodoque e imbécil que, acostumbrado a la solvencia económica de su madre, se estrella contra el entramado de tratar de casarse y, desde la indolente ignorancia, hacer frente a las exigencias gandallas de su guapa esposita rubia y al próximo nacimiento de su vástago, aunque en el alumbramiento se descifre la pifia irrisoria de la identidad del verdadero padre, de raíz africana.

En permanente víspera de un nuevo ataque sexual, advertida por acosos en mensajes de teléfono, allanamientos a su casa con derramamiento de semen en sus sábanas, la cabrona penetrante Leblanc asfixiará de odio verbal, puntilloso y virulento, a su madre, se negará a visitar al multihomicida de su progenitor condenado a cadena perpetua, iniciará un rito de cercanía compleja y seductora con su abusador, una vez distinguido, hasta el paroxismo de las posibilidades de la aniquilación, hasta la visitación mortal de los bordes del riesgo.

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Erotismo en claroscuro en la película. Imagen tomada de imdb.com.

La lenta, honda, sugerida composición psicológica de un personaje profundo, bellísima y neuroticámente astuto en sus lanzamientos de agresividad empoderada, vulnerable como puede serlo una elegante sexagenaria de cuerpo menudo y baja estatura, permiten una película de las contracturas dolorosas y la risa frontal que resulta del ridículo de lo real, eso que escupe, envuelve y agobia y al mismo tiempo se torna costumbre.

Lo humano es lo espantosamente real, en su ciega llanura de tallón diario o en su intrincada necedad de exacerbación del placer físico por el sometimiento a golpes, entre otras ofertas.

Lo humano es la persistencia de la vulgaridad.

La vulgaridad de una anciana que pretende casarse con su gigoló de unos 30 años, confesor luego de sentirse feliz de haberse cogido a la esposa del multihomicida católico caso con una aún abierta herida entre la comunidad—.

La vulgaridad de una joven madre que, ufana, exhibe su estrategia de pretender asegurar su solvencia sangrando al estúpido bello padre putativo, quien rebasa la dimensión de desenvolverse en la mera inercia cuando se descubre que lo que pretende es confirmarse mediante el amor a un bebé, aunque no sea suyo.

La vulgaridad de un escritor que renuncia a su relación con la maestra de yoga cuando descifra que ella lo confunde —a él y a su obra, aycon otro autor de mismo apellido.

La vulgaridad del amante que no quiere entender que su compañera decide renunciar a sus intercambios sexuales, aferrado a la posibilidad de renovar su comercio genital, útil para él incluso si ella nada más se deja fornicar en completo desinterés ajeno.

Lo humano es, también, la desgarradora solvencia y lucidez de lo no dicho.

La inesperada astucia de una vecina anulada por un cristianismo ideológico enceguecedor, quien sin embargo siempre lo supo todo.

El insoportable pero cierto contraste del peso de lo existente: simultáneas totalidad y pudrición. Delicada diligencia a la espera de una oportunidad de sobajar al otro, de convencerlo de la ¿posible? delicia de ser violado.

Y la final complicidad entre Leblanc y su permanente amiga: renovadas en el compromiso difícil del amor mientras caminan por un cementerio.

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