Zona irritada

Let’s give peace a chance. La atomicidad como comedia. Arborescencia para matar cristianos. Presumir es barato, para siempre; conviene al apretado y al tacaño. Escribir sin ningún tipo de censura, sólo la que evade la estupidez. Equilibrio dinámico: el burrito que me lame los párpados mientras te pienso la falda; entonces, estírame con corrupción de intenciones y ambición de cabelleras. Son los químicos los más horrendos adjetivos del mundo. Hay que romperte la seriedad a tatuajes: por el puente de tu axila pastará un hipopótamo, le crece un ala a la puerta de tu ombligo, haces sueño con el omoplato riente. No tenemos fe; sólo mezcla y pantalones deshidratándose. Presencia pequeña para noquear. Me sentí bronceado por la guapa y me puse nervioso. El primer átomo del cosmos me saca la lengua; no entiendo su humor y le ofrendo un balazo. Me salen ronchas. Escucho algo y aquí lo pego: que me sangren, como yo estoy sangrando el espacio sonoro alrededor. ¡Ay, cariño, ya no mames! ¿Querer con queroseno?, es porque resbalo fácil. Sin embargo, el mundo y sus volcanes siguen siendo maravillosos, lo juro por la piedra inca allanada en mi sofá. Y la placidez se te nota a lo lejos, como que lees desnuda de la mente y con los sobacos abriéndose al mes de agosto. El tropezar de piernas, fruta de temporada; sólo se vive una vez, mal y magníficamente, o a veces, en parpadeos sexuales y poco notorios, en tedios mancomunados, en imitación de los verdaderos atletas que se cuentan sólo por estrictas centésimas incómodas. Lo demás es música mediocre, que ayuda sin embargo a ir resbalando hacia la tumba. Estuve a punto de desaparecer, pero me acusó la panza, resquicio detrás de la magia, abandono tras el birlibirloque insuficiente y zángano. No pasas diez minutos ante tu libro sin bostezar, por eso me gustas. Sospecho que eres sanguinario, amigo mío —sonrío hablándole a tu vagina. Quisiera que precisaras el tipo de ácido que te regala el cerebro en sobrecitos por toda tu casa, una especie de catedral húmeda cubierta de pasto espeso. Con explosivos y retinas nos entendemos, luego voy a acariciarte el hipotálamo con la sílaba puntual del pene. Y dormir, cumbre de éxtasis de esta pequeña distracción simiesca indispensable. Quiero besarte toda la carita porque nací semilla con aroma de papayas, y ahí parada la haces de tiburón y de escopeta, sinfónica perversa. Estoy aburrido, voy a embarrar una manzana en un helipuerto. Parece que he cedido al descontrol de la falta de entusiasmo, a la palidez que todo lo desarticula con su muñeca chimuela e imantada. La inteligencia digital no entiende de apóstrofes: puta alcantarilla. Lo de adentro es más baboso todavía. Lamentablemente cuando sonríes no eres tan guapa; conozco cuarenta y dos tipos de veneno, para mi consol(id)ación mental y ascética. Me he desacelerado, para orgullo de los poetas alcohólicos y del ganso que escupe por las noches. Hay que cumplir. “¡Polímero inerte!”, me gritó con el interior congestionado, rompiéndome el codo y toda la mampara orgullosa; quedé en añicos, para venderme entre políticos y pulgas. Fascinante cómo partículas pequeñitas son las que destruyen el universo, como tus pezones. Te otorgo el misterio envuelto como pescado. Las escamas las ponemos lentamente tú y yo, haciéndolas adheribles con la punta de la lengua y una falta de concentración casi envidiable, flatulenta y volátil. Igual que esta mansa mula pensante. Como el corrector automático no reconocía como gramatical la palabra “clorofluorocarbono” me vi obligado a sustituir todas las entradas por la más ecuménica “tentempié”. Este ánimo es repelente, lo mismo que los paraguas de colores espantosos. Repito que me he ralentizado, lo mismo que un dios o un esteta cautivado por su propio cuerpo. Diseñaré el primer clarinete constituido absolutamente de feromonas, para dinamitar el mundo, ya muy exagerado y al garete, viejito sin propósito. Entre menos rindo en mi trabajo, más avanza el textito este. Eso somos: agentes de la fascinación estática, tontas papas exageradas queriendo reposar apenas se nace. No quisiera forzarte a reconocer que tu novio tiene cara de idiota. Sin embargo, aquí soy el único que masca apio. Así que tablas. Llovería el mundo, pero sería demasiado obvio; queremos alcanzarte la cosquilla en el pie con solamente sutilezas. Monumento al empeine por intoxicación de humo gatuno. Desde que las mujeres fueron admitidas en las universidades, este corazón no conoce la paz. No me di cuenta que estás hecha un mortero hasta que te conocí. Así supe que tenía una lengua natatoria e informal. Me corté, entonces, un dedo; y aprendí a armar clavecines con paja y estambre. Quedan terribles, y silban todas las noches que el glande alcanza a gritar sus desgarradores insultos. El estudio hasta es capaz de desoír el clamor desprendido de los torpes cuerpos juguetones, y por eso resulta una aberración y un sarcoma. Tierna paciencia para no desmoronarse, nada menos. Y medias para iluminar el fondo del caracol con gárgaras danzantes. Expresión bien atada con apariencia de desgarbo, maneras del tacto expansivo, de la sencilla conexión atemporal. Derivo del mono la trompa y del ángel la costumbre de echar pedos en los ceremoniales. La pornografía no tiene imaginación, pero le rogamos que nos muerda el cachete y nos esculpa una monografía pulmonar en chocolate; así avanza el trenecito hacia lo hueco espléndido. Se fue la bella y ahora sí escribo por disciplina, queriendo que aparezca una ballena nueva en el reflejo de la pantalla de la computadora. ¿Cómo se estimulan las efervescencias aniquiladoras, dios mío? Con drogas, dice rápido y con las cejas pobladas por orangutanes. No hay una sola iluminación compuesta de desinencias; o no se sabe, mejor dicho. No aquí, a esta hora de la inflamación y el ingenio atorado y perezoso. No eres barbón, sino pintarrajeado. Todos reaccionamos, como los algodones de azúcar frente a Terminator. Aguas, güey. Digo que soy un copista contemporáneo para no repetirme que soy infeliz. Luego me grito desde una tercera persona recién creada: “¡Fierro!” No hay, pero la harina coloreada diluye el efecto desolador. Tarde o temprano, diariamente, uno debe despegarse los huevos. Descansa el ogro. De pronto vi a un viejo amigo convertido en lagartija, y se iluminó mi corazón. ¡Qué sexy todo tu desinterés, muñeca de hulespuma andante! Te he visto volar y no me quiero morir. Llueve en mi cabeza: no todo se ha abaratado. ¿Leer? Ahora que me deshidrate. Damita potable, acaríciame las venas. La ligereza en el empleo del diminutivo es la esencia, o la sugiere por felpa. Rostizar marimbas para hallar la tierra ignota. Falda roja: piedra filosofal. Escarnio: combustible de lo débil agrietado. De esta lentitud nacen los gnomos, lo juro porque no lo he visto. Lo dulzón: lo dulce fallido, más idiota que amargo, quemante, especies complejas de la fauna saborizante. Sé muy bien que vas desnuda debajo de ese vestido. Sólo bien cansado se acerca uno a los libros.

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