Las trufas de la impaciencia

Hay que desprenderse de la tontería de la repetición, de la trampa del cansancio, de la sordera de frustrarse.

Hay que hacer la propia casa con gasto genuino, tenacidad, oído y deseo.

Lo por venir ya está sufriendo, silbando y mascando antes de que entusiasme o duela, de nada sirve aseverarlo desde antes.

Hay, luego, que flotarse en puro ruido de presente, en pura paciencia activa de ojos ciertos, rascándose la pitaya.

Hay que arrinconarse hacia el alarde y el chilaquil, desprender un ritmo zángano de cómo él solo nos sucede, envilecerse en el chocante sonido de una gaita, abandonarse a los tufos de la neurosis, construir, salivar, desear con miras muy sencillas.

Hay que llorar como los elefantes, hacer una poesía franca, personal, desesperada, tierna y sin sentido.

La satisfacción es una lengua de libélula bañando a una ballena, es el cansancio de esa ballena y sus injertos posteriores, es reventar la rítmica de la sociedad con un ánimo de floración y discernimiento y luego dejarse arrollar por un tlacoyo.

La satisfacción ni compara ni piensa, sólo nace, como el apio: húmeda y desdibujada.

Hay que soldarse a un pulmón descontrolado.

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