La lagartija megalómana: Kinski Paganini (1989)

No le fue difícil al Señor Burns dibujar bien adentro de su mente (por lo demás brillosa adentro y afuera), sin demasiado entrenamiento previo, las gentiles posibilidades propagandísticas del cine, su naturaleza de vehículo perfecto para el autoelogio y la gentil, desinteresada difusión masiva de virtudes masivas (“Olvidó la humildad”, le dirá, golpeándolo con un báculo medieval, a Smithers, luego de que éste lo convenza de la movida con un listado de sus perlas no por interiores invisibles). El hombre más poderoso de Springfield no querría escatimar en la consagración en celuloide de sus crestas de color eléctrico, por lo que decide contratar al mejor cineasta del orbe, o su correlato mexicano, más económicamente flexible, para emprender el juego. El lumínico resultado, estrenado en el Festival de Cine de Springfield, cabe recordar: una mescolanza de sucesos heroicos que nos revelan la verdadera genealogía del calvito omnipotente con corazón de cenicero hinchado: Ben Hur, Jesucristo, El Emperador Violáceo de Venus, Pancho Villa. ¡Cuánto cariño! ¡Cuánto Burns pensando siempre en nosotros! No te despistes, tontito.

En otra región de la feria, en 1979, The Charlie Daniels Band publicó una canción al estilo Texas que nos hilvana los lances de un niño violinista que ve interrumpida su bucólica integración con el todo por el mismo diablo, desafiándolo a desbaratar como nunca su instrumento chillón y despeinado y demostrar que es el mejor en lo suyo. Duelo irrepetible, que exige la nalga del espectador en el filo de la silla; choque fantasmagórico, ¿metafísico?: un debate vertiginoso de talentos por mucho dilatados como meteoritos. ¿El resultado? Un demonio vencido y un moco creciendo en musculitos, que hasta pompó el mismo día nuevo instrumento forjado en exclusivo oro infernal. La moraleja (que Primus repetirá en 1998 —nunca se termina de aprender) se pinta sola, pero la reproduzco: el talento es todo y lo demás no importa. Lección solidaria, declaración universal. No pierdas tu tiempo trabajando, obedeciendo, siguiendo instrucciones; no seas chicle, querida mosca leona mía oyente.

Y en la cúspide tronadora de la feria: el héroe.

Kinski Paganini
Klaus Kinski cierra una vida cáustica con su papel protagónico definitivo: el alemán imita al genio diabólico por antonomasia de la cultura europea. Imagen tomada de imdb.com.

Klaus Kinski (1926-1991), subrayadísimo actor alemán anterior a Springield y su montaña de llantas ardientes, anterior a Texas y su música vaquera; reptil de rostro antediluviano y educación sentimental en insalvable deuda con las prisiones de guerra de la segunda mundial, buscó durante años director para su película Paganini, largometraje donde el demoniaco, desbocado, terrible y genial violinista y compositor italiano Niccolò Paganini (1782-1840), como no queriendo, sin ver, se vería entrañablemente fundido con la efigie física y espiritual de su persona de pelo caído y tremendos labios ecuatoriales bellísimamente heredados por su hija Natassja Kinski (Paris, Texas, 1984). Pensó, por supuesto, en ofrecerle la dirección a Werner Herzog, como él mismo cuenta en su diario de filmación de Fitzcarraldo (1982), que se titula Conquista de lo inútil. Los cientos de páginas del guión se reducen al inmenso ego de Kinski, acribilló Herzog en sus apuntes, palabras más o menos.

 

Para la salamandra, quien fuera acusado por su también hija Pola Kinski de abuso sexual; célebre por su coprolalia neurótica y sus afanes desorbitados y megalómanos; por su deformidad constante y su ácida y temible incapacidad para colaborar con la lisura y el equilibrio; por su esperpento mal erguido como un manglar en tonos manchados; por su hipocondría conveniente y llamativa a la busca de la imantación de quienes se distraen de la admiración de su potente luz interior; por sus monólogos teatrales que reconstruían a un Jesucristo del desafío y la imprecación, cuyo mensaje será incendiario o no será, un bolo insultante y arrojadizo que no quiere huesos fríos ni caras acomodadas en el mantel; por su crecida osamenta en odio frente al mundo, salvaje polemista que rechazó invitaciones de cineastas como Federico Fellini, a quien consideraba un asno sin más que ruidos de peluca y bandoneones; para la salamandra, pues, el rechazo constante experimentado por su proyecto no podría ser una sepultura definitiva. Nunca.

Es así que aparece en el panorama su última película, en la que participa como actor y en la que decide debutar como director. Nadie le dice que no a la bestia antediluviana, místicamente lazada al alma de Paganini, el del escándalo y la volcadura frenética.

En Paganini (1989), un italiano músico constelado de imaginación incontenible y furia sexual irradiante se dedica a vivir una vida de vagancia y exceso espiritual, desbordado entre la genialidad artística y el apetito tentacular recostado en todos los senos y muslos del mundo, sin respetar aristocracias o vilezas. Su vida: escandalizar a la iglesia, a los pensamientos afinados en ternuritas de élite, a los sepulcros blanqueados que en el mundo han sido, lamedores de cal y prestigios. Su vida: fornicar con las mujeres más hermosas del mundo conocido, presumiblemente enloquecidas por su indisociable talento en el arte de la música y de la agitación pélvica animal que reparte orgasmos en ramo húmedo irisado. Se le rendirá la hija del mismísimo Napoleón, las rubias se acercarán inocentes a la cama del lobo por petición oblicua de sus padres para que les enseñe a tocar el violín (lo que logra maravillosamente), las ubérrimas y las huesudas lo sacralizarán en sueños eróticos sin limitantes; las lágrimas correrán ante su corazón de leña, mientras que las piernas temblarán de devoción a sus convulsiones.

Klaus Kinski
Definitivo actor total, Kinski vivió entre la violencia arbitraria, el escándalo abusivo, la imposición, la megalomanía e interpretaciones memorables, como su trabajo en el Woyzeck (1979) dirigido por Werner Herzog. Imagen tomada de imdb.com.

Su vida: un caballo para el que todo es falo, embestida, desnudar con salvajismo a la medusa tremenda, recrearse en labios, en ombligos ardientes, en ojos perdidos en lo pantanoso del placer, en ninguna clase de silencio. Su vida: la astucia intuitiva y relampagueante de posponer la belleza del arte por una buena tarde desdoblada de sexo brutal y jardines colgantes de saliva que casi habla.

Ninguna ninfa, ni la más hermosa o influyente, ni la más repleta de cuerpo y de deseo, ni la más absoluta y ciegamente entregada, podrá frenar su incontenible ira creativa, su apetito cosmogónico fundador de multitudes y de lenguajes de la inteligencia estética. No hay monte de Venus que el explorador no merezca y, tarde o temprano, conozca, serpiente trasladándose.

Su arte: una ejecución que lo mismo juega con su hijo a imitar el rebuzno del burro que adormece en éxtasis a una multitud adentro del auditorio: perfecta caldera de pasiones, sudor, brazos agitados y genitales humedeciéndose debajo del vestido hampón de las obligaciones cortesanas. Su arte: un anfibio sagaz de agua tremebunda que se desliza alrededor de todas las limitaciones del pensamiento y el hombre, ofendiendo a la moral y a los límites de dios, enroscándose en la aguda altitud de lo demoníaco que todo lo mira con ojos de alcohol y ardiente piel emisora de luces poderosas. Su arte: una fiebre en ondas expansivas embriagando al universo, a las criaturas, a los pequeños, a los monarcas inconmovibles, a los muros del templo, a las cadenas y, lo que es obvio, a todas las mujeres presentes y ausentes, etéreas y prosaicas, nacidas y por concebir, rubias casi todas, Europa mía dominada por el satánico seductor.

Su deceso: Enfermo, desesperado, quizás ahíto de la planicie de la vida real, Paganini se entrega a la última de sus ejecuciones: un grandioso concierto anónimo invernal donde van quedándose dolorosamente la piel y el esqueleto, el tuétano y el talento electrificado, se va dando una desesperada fusión con el violín que, incluso, derrama su sangre, lo reduce a piltrafa de pasiones, lo desmaya, eleva hasta el último resquicio del empíreo su apetito perpetuo, y luego lo abandona en la muerte. El aplauso es voluntario. Se recomienda profusión.

Klaus Kinski, el inexplicable, se despide de esta forma de la cinematografía y del mundo (dos años después moriría). Paganini vale no tanto por película, como por testimonio del interior complejo y atropellado de una salamandra irrepetible y caótica.
Se va del mundo admirando el estilo artístico del Señor Burns. Diciendo: Los machos no se doblan. Los artistas: machos con diecisiete bríos.

¡Ay, nanita!

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