Los afectos de la contracultura: Albert Pla

En tiempos de violencia, los hombres buenos son los primeros en morir”

Albert Pla

Periplo de las ofensas, el entendido ejercicio sardónico de desmontar las mitologías acríticas de la cultura (Miguel de Cervantes, Leonardo da Vinci y el eternamente cacareado mito del progreso, la incuestionada santidad de la investigación científica y sus frutos, la Unión Europea, la ruta de Compostela, la burocracia, Portugal, Francia, las internacionalmente reconocidas resistencia y separatismo catalanes, las universidades como focos de prestigio, la tradición de la protesta en el País Vasco, el centralismo madrileño, la visión binaria Real Madrid- Barça, las comilonas contaminantes en los centros turísticos, la alimentación moderna y su voracidad ciega, la presunta epifanía comercializada de la ayahuasca, espiritualidad enlatada y conveniente, la cocaína como apéndice del rock, la representación mercantil de personajes artísticos: gestión más o menos mediocre y vaciado desde el cerebro, la consagración del exotismo sudamericano como una manera de encumbrar la ignorancia, de reverberar la ingenuidad que no problematice, la visitación inaugural que todo lo admira porque lo respeta desde el desconocimiento, la risa, el despliegue caprichudo, espectacularizado y satisfecho del placer sexual, las figuraciontes contagiosas del poeta, la tierna sensibilidad genuina, la administración pública, la literatura de viajes, la roadmovie novelesca, la corrupción bien estructurada, heredada y funcional de los gobiernos municipales, el servilismo negociador, los refugiados africanos, el terrorismo, la fe peregrina apabullante, los cuentos de hadas, la familia, los tesoros fijados de la memoria), el esfuerzo de avanzar al desenfado burlón del antojo, articulado de acuerdo con el músculo agresor de la arbitrariedad, la entrega a la confianza en llagar como criterio, como paraje, como oportunidad de visualización: estos cinturones componen la novela del cantautor catalán afamado como figura contracultural española Albert Pla, La odisea de los hombres buenos, libro que, de acuerdo con primeras entrevistas difundidas en YouTube, había sido originalmente titulado España de mierda, lance suavizado, podríamos imaginar, por algún editor perspicaz para favorecer la divulgación comercial de la ofensa y sus propósitos presuntamente desestabilizadores.

Albert Pla
El autor de la novela ironiza en Twitter sobre esta imagen. «Si mi apellido llevara tilde sería una tilde abierta. Pero no lleva así q me doy por vivo», escribe.

Con el pretexto de una gira de conciertos por España con la que Raúl, un cantante uruguayo, pretende repartir su arte en cualquier rascuacha sala de conciertos, Pla emprende el recorrido de los tótems de la cultura para irlos agrediendo uno a uno, al mismo tiempo que ironiza sobre sí mismo como mirada abarcadora, mutilando logros, descreyendo del prestigio del avance, y ridiculizando todas sus posibles afirmaciones.

Alrededor del deseo de cantar, del mero apetito genuino de conectar mediante la poesía con una audiencia, en el mundo de la degradación necesariamente se atan a ese propósito todos los oportunismos, el de los mánagers, los funcionarios públicos ávidos de capital político y cultural, los académicos en ambigua y pasiva, permanente función administrativa, entre otros tantos pálidos abusadores, soberanamente ajenos a los trabajos de la estética y sus problemas afanosos de vinculación.

Mediática, históricamente, Pla está presionado a portarse incómodamente, con malditismo, con arrojo impredecible. Con una carrera que vale por sí misma, donde de verdad parece consagrarse el elogio de la liberación de los sentidos, del placer, ante el yermo puritanismo arraigado durante siglos en la Península Ibérica, evidentemente el catalán juega también a acentuar su locura, según lo agobie el derredor, la audiencia, y a edificar el mito artístico de sí mismo.

Malos periodistas favorecen al cantautor, lo crecen en la oportunidad de presumirse inaprehensible, indómito, personalísimo y caprichoso. Sus espectáculos y estilo de declaraciones polémicas y directas contra las figuras del prestigio y contra las maneras de la corrección política han motivado debates de una España conservadora que quisiera pulcritud bajo la apariencia dictada de la normalidad, además de una férrea obediencia, dinástica y prestigiosa, a las frases y las cargas culturales de la monarquía.

Su mejor estilo parece imbricar muy bien la perturbación con la inocencia, el infantilismo de mirada transparente con la contaminación de los alrededores. Sus canciones, aparentemente, andan erguidas sobre una poesía personal.

Además del malditismo programado y difundido, enamorado de sí, también resulta indispensable reconocer que el Pla artístico y de las declaraciones a la prensa pega de golpe contra el rostro chato de una España a veces corta de crítica, de ideas, de asociaciones heteróclitas y escapistas, frontalmente ofendidas a pesar de la obviedad de la trampa. Es decir, mutilada para reír.

¿Opera en La odisea de los hombres buenos la bocanada distinguible del personaje-autor, del poeta maldito de la televisión? Probablemente, el texto es inseparable de su prestigio previo. Es decir, existe en el círculo de la influencia porque proviene de quien proviene, de otra forma su divulgación y posible lectura serían obligadamente más azarosas y accidentales.

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Fotograma de la película Murieron por encima de sus posibilidades (2014), donde Albert Pla (derecha) participa como actor y aporta la banda sonora.

Sin afán de emprender la pirámide literaria cuidadosamente edificada, la reverberación sutil y arquitectónica del pensamiento —pienso en Salvador Elizondo, escritor «mental»—, la novela impulsa la pluralidad desde que reclama su derecho al espacio.

Existe, pues, el producto, sublime u oportuno, escandaloso editorialmente o genuinamente en la búsqueda de la consagración de valores poéticos en medio del asco de las complicaciones contemporáneas. Una novela al mismo tiempo inventiva, boba, reflexionada, líneal, fácil, propia, parecida a sí misma, irónica, floja, derrochadora, desatada. Hay lirios que masticar, originalidades, maldiciones esperadas, cuestionamientos no por poco originales, ilegítimos o faltos de vigencia.

Hay, a lo largo de todo el trabajo, el destacamiento de una postura: la opinión de que la hermosa sensibilidad también es torpe, volátil, equívoca, influenciable, manipulada, y de que sólo ocurre entre la mierda del mundo. Nada existe aislado, nada es puramente puro, parece acusar el autor.

En medio del peso flamígero de la crítica interna, que pretende decapitarlo todo, del listado de ataques de la novela, destacan también las persecuciones de consagración de una región sagrada, donde lo meramente gratuito, lo libre de coacción, ejerce su encanto y, en consecuencia, su poderío de influencia. Declaración de principios, supongo, propuesta utópica, imaginaria disolución de fronteras, articulado elogio de las regiones de la absoluta posibilidad, donde el humor desdibuja lo que en el placer podría tornarse solemne.

“Raúl era capaz de cantar en muchos idiomas, incluso de niño no sabía qué palabras pertenecían a qué idioma. Primero cantaba en la lengua de los naimaras, después en búlgaro (nadie sabía cómo ni por qué), luego en vasco y, finalmente, en inglés, portugués y castellano. A veces mezclaba los idiomas, encontraba la palabra justa en el idioma justo y lo ubicaba en el pedazo de verso preciso para que fuera inteligible. Era como un juego, simplemente les añadía letras a los cuentos mímicos que le contaba su padre y palabras a las melodías de su madre. Porque su madre tenía una voz preciosa y una manera de hilvanar palabras totalmente hipnótica. Era capaz de cantarle a una cucaracha y que te enamoraras de ella.

«La cucaracha es hermosa, si no, que se lo pregunten al cucaracho”, declara.

Subversión, revancha sublime, ruta de grandiosidad aun en el contexto de la descomposición, entre los visibles y difundidos marasmos de la desesperación, derivados del actual estado del mundo, contaminante, inflamado, rebasado, caótico.

Carcajada deshidratada, toma por asalto de la licencia para escribir novela cuando durante décadas se ha sido cantautor: el arte no es el sitio de los expertos, no en exclusiva. Afán antiespañol, confianza en una pureza imaginada, impotente y muda, pero destacada desde el enamoramiento.

A su manera, La odisea de los hombres buenos es una novela militante, como ha de ser la literatura en tanto que diálogo de fuerza, denuncia y transformación también gratuitas.

Un sueño voluntarioso, desbocado, inconexo. Una pirámide fantasma en torno a la ternura. Un llamado no nada más al atropello.

 

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