La sublimación obligatoria: The Lobster (2015)

El amor es eso que nadie ha visto, todos merecen, se configura como un hecho social donde cualquiera puede aconsejar sus lineamientos, y cuya ausencia invita a la imposición de una cuarentena que horme la debida orientación, porque vivir es una manda fascinante, ¿no sabías?

Excelente cómo en su labor metafórico analógica, The Lobster (2015) escupe en la crueldad del amor como una prestigiosa placa impuesta, una obligación cuyo desacato encarna toda clase de condenas soterradas o explícitas; o bien, en el mapa lúcido de que tratar de alcanzarlo es, a su vez, una auténtica interrogación, una madriza, una carencia y una pesadumbre.

Llevar una premisa irónica hasta sus estrictos desenvolvimientos, en el logro lúdico del teatro, el definitivo gol estructural de esta cinta.

La represión explícita, encarnada en el hotel, ilustra una sociedad alarmada ante los solitarios, que prefiere la parafernalia fingidora del orden que el mero bullicio de las emociones exteriores, derramadas aunque confusas, inclasificables, de quien vive un escenario de insatisfacción o, al menos, periferia. O al menos genuina dificultad. O al menos genuina parcela tan universal como incomunicable.

Ahí, será necesario simular una hemorragia nasal, emitir un ruego desesperado, complaciente y patético, no sin chantaje, acompañado de la promesa de galletas de mantequilla, o fingirse desalmado, anulado en cualquier oportunidad de empatía o fascinación para emparejarse con lo severo rompehuesos que hay; siempre una baraja finita de impaciencias con su específica forma de lesión.

La Langosta Despina Spyrou
La total plancha sarcástica, parece decir La Langosta, tiene su correlato en el genuino encuentro del afecto. Imagen tomada de imdb.com

Luego la huida al panorama guerrillero, donde la urgente apetencia de contravenir el mundo crea otro sistema de rigores en negativo igualmente de asfixia, represión y vigilancia corriente: si el bosque de gordas raíces y lodo exacerba lo que la asepsia del hotel considera suciedad, en su recalcitrante reivindicación de la soledad a su vez la convierte en paradigma y vuelve a aislar el germen espontáneo de lo que, ilocalizable, penetra el cuerpo y hace el amor.

La norma, institucional u hormigueante, quema manos onanistas y corta lenguas besantes en paralelo, en repudio a modos espontáneos y placenteros de existir en el cuerpo.

A la guerrilla le satisfará, en su asalto armado al mundo de las alfombras, desmontar las falsedades arquitectónicas en que se sustenta la teatralidad del orden, enfrentando a sus protagonistas con sus mentiras de origen, sus negaciones y censuras inaugurales que les permiten puntualizar sus valses de funcionalidad colectiva, siempre en exhibición.

La langosta
Colin Farrell en el papel protagónico. Imagen tomada de imdb.com

En el ámbito propicio de la humedad, a veces hay desencuentros, o todo lo contrario, como querían los Fabulosos Cádillacs, y surge la vinculación no coercionada de la sinceridad emotiva, la que produce celos y ternura entre conejos desollados, la actitud verdaderamente contestataria que, en su sencillez, se enfrenta a todas las represiones esféricas y sus puntuales acosos permanentes.

Es el vínculo genuino capaz de producir un lenguaje singularizado y un entusiasmo sexual en el pleno zócalo de la vigilancia, no por emotivo desprovisto de cansancio, ira, desesperación, aburrimiento, lejanía, crueldad…

A la emotividad sincera perdida en los palacios de cera, parece decir la langosta, le queda como último recurso, como sana posibilidad carente, la huida, el compromiso radical que tendrá frutos sólo cuando homologue sus cegueras más dolorosas y definitivas. ¿O no?

Sin música, la duda quedará flotando permanente.

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