Caer de pie, pero al revés

El horrible músculo de la ciudad no puede nada contra mi friolenta comezón y hambre en las pestañas: solamente eso soy, la certeza de pertenecer al grano mayor y su sudor de cejas. Habría que habitar las ideas, ¿pero para qué? Por ahora, sólo acordar un plasma interior en el exterior, para supurar a la arquitectura y su rumor de ventas y lluvia mal hervida, degradada. Somos un sabor sagrado de intemperie y tortillas, una emoción real queriendo las medias mitológicas, el pájaro mismo, la carne franca de árbol representado, la tibia línea de una pausa generosa, que gotea, cuya sincera oportunidad es enfurecer cuando todo el espacio es atropello, resquemor y violencia. Sólo el texto me dibuja en la cara la claridad de estas emociones, y a la vez nada puede en ellas, ante su salvaje corazón frágil y clamoroso: tuve que habitar la vida, el amor, para entender esa glotonería plástica con que se penetra el mundo: siembra zánganos en los caparazones, grito de verdura. Una fábula exuberante nos complace el higo de los pies. Hay risas en la colmena.

Lo que importa del piano no es la explicación: así la carne del poema.

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