La ternura ciega: Der Unhold (1996)

Magnífico John Malkovich encarnando la ternura adversa, la lenta y desaprobada confirmación de la libertad individual en el universo totalitario y opresor, jactado precisamente de difuminar los brotes esperpénticos en razón de un ideal de pureza y homogeneidad inaudito e histórico en sus consecuencias, maneras y orígenes.

Abel, un huérfano, se enfrenta al surgimiento de su concepción imaginativa del mundo, sin pares con quienes descomponer o enriquecer la solvencia de sus teorías vitales, mortalmente solo. En el contexto del París previo a la invasión alemana de 1940, este roto francés de origen, educado por sacerdotes maltratadores previos a la averiguación, conoce un único gesto de afecto infantil: la amistad con su amigo Néstor, modelo perpetuo de su vida.

El ogro
John Malkovich, protagonista de la película dirigida por Volker Schlöndorff, encarna a un adulto congelado en las emociones confusas de la infancia. Imagen tomada de imdb.com

Ya adulto, indefectiblemente infantilizado, hará del humor y la simpleza del juego la posibilidad de su vida. En ella, confía en una pequeña niña a la que le toma fotos, quien, tras sufrir un conato de violación, luego de una rabieta con Abel, acusa a éste de ser el atacante. Confinado al tribunal, la circunstancia de la amenaza nazi lo hace engrosar las filas del ejército.

En su accidentada y circunstancial (colgante) búsqueda de una familia, de la continuidad de un contacto sistémico donde exista por respiración, sin litigio, casi no percibirá la grumosidad y toxicidad del verdadero ámbito en que se mueve. Ahíto de normatividad normalizante, continuará el relato de su infancia literaria y sentimental en breves escapadas del ejército. Será, luego, ujier del mariscal de campo Hermann Göring: Abel, el agricultor bíblico, carne de la inocencia, pepenará como mosca entre las habitaciones de un palacio megalómano, despótico y enloquecido a modo para el fasto y la satisfacción masturbatoria de un alto mando del ejército del Führer, cuya terapia de relajación consta de hundir las manos y juguetearlas en un tazón de diamantes, así como azuzar a su pequeño león que come con él a la mesa.
¡Nada que menoscabe la posibilidad de caricia que, en todo, callado, ruega encontrar Abel, sin marco de enunciación, sólo sed!
Finalmente, será el conserje de una academia militar de juventudes hitlerianas: plétora de manzanas doradas en armonía con su delirio y amor por las figuras infantiles (¿pederastia asexual?, ¿principio de abuso?, ¿mera identificación con los rasgos mutilados de su propio desarrollo que no excluye el amor?), al mismo modo que seno de la enajenación totalitarista, donde la vulnerabilidad de espíritu de los jóvenes es sustituida por las certezas en bloque de un programa racisa y paramilitar («No tenemos padre ni madre. Nosotros pertenecemos al Führer»). Nueva contradicción, concepto que permea a toda la película, higo de provocación que sugiere la sombra de un gigante gentil en medio de la abyección ósea más arraigada y visible: el ogro.

Volker Schlondorff
Volker Schlondörff desarrolló una carrera cinematográfica ligada a obras literarias de Günter Grass, Robert Musil y Arthur Miller, entre otros escritores. Imagen tomada de imdb.com.

La pureza de un adulto encerrado en su niño anterior, no sin patetismo, sin error, sin autoflagelación humillante, desconoce sin proponérselo la certeza sangrante y cargada de lo que se ve: el delirante proyecto imperialista alemán de dominar el mundo en la primera mitad del siglo XX. Una poderosa interpetación de Malkovich, ya lo decía, en manos de un crítico sagaz del problema social y espiritual contemporáneo, el insistentemente político Volker Schlöndorff, representante principal del Nuevo Cine Alemán (junto con Fassbinder, Wenders, Kluge, Herzog).

Ensoñación antípoda. Individuación en contrapunto al veneno catastrófico, llanamente ciega, ignorante de sí misma. Propuesta de la complejidad posiblemente afirmativa del interior. Vitalidad por crisis.

La sonrisa de un alce ciego que ignora el forjado de metales.

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