La múltiple sedimentación nazi: Años de perro (1963)

Hundejahre. Novela complejísima, abrumadora, cuya estrategia afirmativa es siempre la oblicuidad, la digresón verbal y actante; las declaraciones de imprecisión gozosa, exigente, abultada y, a veces, insoportable.

Falso, como dicen las sinopsis revisadas hasta ahora en general, que se trate de un libro sobre el germen, el desarrollo y el penoso y a la vez prepotente sofocamiento histórico del nazismo en Alemania.

Por supuesto que, dividida en tres partes, la novela se estructura según los conceptos de preguerra, guerra y posguerra; claro que el título proviene entre otros matices posibles, pues, aunque árida, rígida, la imaginación de Grass es totalizante y elásticamente permisiva, casi en linde con el más floreando y exhibiente realismo mágico de América Latina de la genealogía de unos perros, originada en la Alemania polaca (¿así se dice?), antes de la contemporánea partición de fronteras, y cuya cúspide novelesca y azarosa, digamos, dentro de la novela y dentrísimo del orgullo ficticio del reparto de genes de estos supuestos animales, ocurre cuando Príncipe, llamado a su vez Pluto, se convierte en personal y favorito pastor negro alemán del Führer, austriaco ideático, antes del expansionismo imperial del Tercer Reich y el sueño de la raza aria, a su modo, unificador.

Desde luego que muchas de las principales definiciones emocionales del texto tienen que ver con la consolidación del antisemitismo, el descubrimiento de los montículos de huesos calcinados y, luego, de los campos de exterminio, la paulatina estructuración absorbente y monolítica de una política de estado vertical y vigilante, temerosa e introyectada, el extravío definitivo de las pasividades locales y sus colores de problemas breves, la transgresión de la amistad en virtud del asalto policiaco, la división de las Alemanias en bloques de triunfo aliado el occidente norteamericano (Im Lauf der Zeit), inglés, francés; el oriente soviético, la lenta reconstrucción al mismo tiempo derrotada, avergonzada, y ufana, triunfalista, contundente y continua (Die Ehe der Maria Braun), como si nada hubiese pasado, como si el inmenso peso del exterminio no fuera, precisamente, inmenso.

Alemania
La derecha radical de Adolf Hitler, encumbrado por una compleja circunstancia histórica, llevó a Alemania a un proyecto imperialista de dominio sobre prácticamente la totalidad de territorios europeos. Tomada de germanwarmachine.com.

Sin embargo, Hundejahre no existe como novela por estos fenómenos de comprobabilidad histórica, sino por su permanente efervescencia obsesa en torno a la ocurrencia y el suceso específicos, interiores. En el capricho de su operatividad única, encapsuladísima, es donde conforma su carnosidad asfixiante, intolerable, afiebrada, placentera y dilatada. Ahí, asumo (decreto: desde la ignorancia), es donde Günter Grass es considerado un gran novelista. No tanto por la excelencia de sus recursos enumeraciones por paladar, escenarios imposibles llevados lejísimos, como los muñecos de nieve, como los espantajos, como el ballet delirante de Amsel, el fenómeno metaliterario de los varios actores buscando una historia, a plazos, por encargo y, sin embargo, con libérrima intencionalidad creativa, la final recreación del mundo en círculos de significado humano repletos de espantajos funcionales, las gafas de adivinación, las gafas de reconocimiento, el rejuvenecimiento de Pluto, su fuga hacia el míticamente libre mundo de occidente, los ejercicios de balonvolea, el éxito indubitable de Amsel, Brauxel, Hocicodeoro, el empresario, como por la hinchazón al mismo tiempo evasiva y abarcante en el esfuero de abordar un tema puntilloso, necesario, nunca simplificado, nunca reductible, delgado, esquemático, predecible, maniqueo.

Así, la digresión no es únicamente un procedimiento narrativo, un enriquecimiento estético, o una voluntad hacia la colaboración de temas, sino la postura radical del libro, su elección de vértebras plomizas, delirantes, sofocadas y pulverizadoras.

El tambor de hojalata
El abigarrado prosista alemán adquirió fama internacional con la publicación de El tambor de hojalata, novela publicada en 1959.

Grass, entre los estudiantes de lengua alemana y los hablantes nativos, es famoso por su empleo de oraciones subordinadas enrevesadas y por sus prodigiosos periodos sintácticos larguísimos. Me consta, a simple vista, que le interesa la monumentalidad escritural: goza y adolece de esa soberbia en la composición. Se asume en plena potestad de adjudicarse una tarea inmensa en cada ocasión. De ahí su privilegio por la conjunción abismal de minucias y extravíos. Además, me interesan esas personalidades literarias: demoledoras, agobiantes, mixtas, que persiguen durante años sufrientes la realización de una de sus posibilidades como sujetos como humanidad, luego. A la vez, exigen la invención de lectores, igualmente desaforados, asombrosamente solos (¿quién se guarda en silencio durante 600 páginas?: quien no tiene con quien conversar), capaces de muchísimas admisiones simultáneas, pues novelas así sólo pueden escribirse violando la norma, reconsiderando lo viviente, y observando lo que escritores, lectores y habitantes ágrafos ignoramos: la difícil totalidad del ser.

Esto, que en muchos casos induce a vomitar orgullo, debe considerarse en su justa dimensión: como apenas una posibilidad, reiterada y masivamente ignorada en el mundo de la pasión real, autodestructiva, autogenerativa y poéticamente autosugerida que es la vida; ese proceso del interminable embarazo, del gateo de plata en la vejiga del hipopótamo, pulmón de sangre de todos nosotros. La mente, también, se apaga, despreciando nuestras dudas, siendo sólo azúcar, pulsos eléctricos y ninguna interrogación.

Texto mayor, casi en hábito de ilegibilidad, comba por peso metálico de asientos de mimbre, significación intraducible, siempre dentro del lenguaje literario, la invención bullente por metafórica y libérrimamente dramática. Experiencia fundamental de la expansión de los recursos de escritura. Libro favorito del autor, dicen los chismes. Obra por sudor de frente, por mecánica imaginaria, sin duda. Un quejido roñoso abultando la continuidad de la escena.

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