Stalker

Simplemente faltan emociones en tu novela, anécdotas. Se necesita una percepción real de tu dolor, confusión, placer, irritación, lejanía y flotamiento. El dragón liberal existe, sucede, sólo después del sangrado de la ruta cotidiana. Pablo Palacio, higuera. Profesor. Bruto puro incapaz. La rubia ha ido a llorar, detesta la indiscutibilidad de su parecido con Laura Dern, no quisiera tener que leer, sino olvidar el ligero estrabismo de sus ojos en un ritual perpetuo de orina, cigarros, distracciones y la luz mastodóntica de sus piernas porcinas y elevadas. Porcinas por el lustre, seamos sinceros, nada más, sin queja, sin carajo. Mi novela será sólo un observatorio cinemático y una declaración de principios emocionales, de genialidades adolescentes: redondeces del espíritu descoyuntado y de la empanada de jamón y piña desesperada, sólo porque sí. Como la sangre en Ansichten eines Clowns (Opiniones de un payaso), todo el tiempo desnudo en la lentitud de su pesadumbre, bellísimamente cansado en el sueño de no llorar hasta la desecación antiheroica. El placer de leer sólo puede existir cuando el autor ha dormido encima de sus letras, reservando las espátulas cárnicas de su vida íntima al momento idiota de la redacción, que todo lo vacíe y lo haga suceder, con sencillez, con ternura como de envolver mujeres, éxito fallido. Reírnos de la demás gente es la precisión de la fauna, la botánica en cambio nos dio a Júpiter en la cocina, hervido, pelado, chayote descomunal, lumínico y espinoso. Amores hay, cariños hay, todititos traicioneros. Novela que sea otra gloria del español de México: vieja ciudad de puercos. La rubia no quiere estudiar, detesta la biblioteca, en cambio todo su cuerpo sonríe cuando habla por teléfono: nos quiere a todos los demás, menstrua por el estallido del espacio y llora antes de dormir, felposa, tiernísima, cubierta de tendones invisibles y agradecida. ¿Qué sostiene al guarro cuando la agarra bajando? ¿Dónde comenzó esta operación del entusiasmo, toda provisora de hijos, de tunas, de pájaros sentimentales de papel, ruinosos por el dolor en las manos? Las mejores lecciones ya se han dado, resta sólo pervertirlas, degradarlas, simplificarlas a una nueva tumba mascada. Química de la ignorancia, preciosura detallada de los barcos de la confusión. No hay barcos en la confusión: dos tablas no pueden sumarse a sí mismas. En cambio, hay ruido de serpientes, alacranes imaginarios y un tambor de piel de piso que nos encanta. Tiene que fumar, la rubia, o siente que se va a morir, toda caída en la pura tenacidad del ser. ¿Y entonces cómo? El universo es su interpretación: planeta es síntoma, bulbo de revelaciones renales, ratón del hígado. Páginas así: sólo puedes entrar por donde el aliento infeccioso del placer estético te conoce. No serás un Werner Herzog, no serás un Pablo Neruda, sino tu insuficiencia cargada de pinos, de vegetales en descomposición honesta, de senos de señora previa, por el dolor del recuerdo, que se desenvuelve todo, con su pesadez hiriente, en cuerpo. Vienes llorando todo lo que te atribularon: haz un bizcocho.

Entonces eso soy: un acariciador profesional de estatuas. Y aquí estoy, ferviente, enardecido, triangular, al lado de la mía: la Venus de la Diarrea. Sigo confiando en dios, pandita, diosa caramelosa de los bambús, mi vida vaginal entrante, te lo juro: sigo confiando en dios. Sin importar la fealdad de esos agujeros en las ventanas, propuesta por un diseñador a los señores de las cámaras, impresionantes. Sin importar que no entienda la facilidad con que se cuelan esas cosas, como codazos a una mula de paja. La rubia no ha dejado de lamer a su teléfono, ni de sonreír. No se quiera entender aquí que la desprecio: al contrario, voy a orar para que me empolle con toda su dulzura disipada en el disfraz del cansancio de una higuera de ciudad. Por mis pequeñeces me conoceréis. Todas. Ejerzo todos los dobleces del mundo. Aparte de eso, tengo en mí catorce pesos con cincuenta centavos. Ventanas de mi cuarto, no se supo. El calor me vomita en las noches. Por eso, afortunadamente, tengo que salir a vivir. A buscar a la güera para que me levante con su tenedor una ceja y me rellene la calavera con títeres checoslovacos, pirámides y almendras.

Entonces sí voy a vivir, como una sierra.

El robo es una institución, y yo, mirándote, Vicario presencial del asco y las fanfarrias, ¿cómo podría despreciarte?

Cuando alguien interrumpe un círculo, nace un ajolote, muere un edificio y se soslaya un arquitecto en imaginar la frase del futuro. Esto es así, o no, depende del fragor y la caballería de mis pezones, cuando hace calor, otra vez. En días de frío, todo sucede normalmente. Incluido mi cuerpo recostado como una cuchara, sólo careciendo de la sopa: calabaza, jitomate, galleta quebrada, queso, ajo, espinaca, elote, virutas de carne, y un sabor como de suavidad, como de relámpago, como de paladar que se volcara y subiera hasta arrancarle el pito a un ángel revolcado. Sin eso. Mi fraseo necesita cinco o seis estímulos mensuales para vivir, lamentable. Quizás muera, y el parto ya habrá sido. No pude cruzar el disco: estaba mirando la fotografía.

Terminó la rubia, volvió danzante con la cabeza entre los hombros, como matándolo todo. Cada día muere un poquito más tu falda. En este sentido, soy paciente como las ardillas frente a la reencarnación, como los pulpos frente a la absoluta rebeldía última de la forma. No has parado de llover, no puedes, ¿y si únicamente vieras un punto, qué rigor nos castigaría en Luna? Ojos cojitos, chuecos, de muñeca de madera, de experimento, de furia por venir, de emoción que no se entiende, de hueso salido, de quiebre de moño, de liebre lúdica, de voz volante, de piedras en el cerebelo, de huelgas en el hipotálamo y algas por conocer. Color del viento.

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