Se me acaban los calamares

Un chiquito mar devorador al fondo: miedo de vivir, frustración de una mirada, necedad del posible murmullo absoluto de un alma voladora, soplada como caballo de cristal, elástica como un tercer ojo; también, el testimonio tronante de una realidad violenta.
Entonces, confío que la luz de la belleza asociativa, la entrega al mundo que habla y su transformación en un collar de semillas de cera me lleven a alguna parte, a un pellizco para el mundo. El sonido de un elefante televisado me alimenta el helecho imaginario una semana.
Soy las flores en las vértebras de los esfuerzos de mis ancestros.
Y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad.

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