El extravío formativo: Jauja (2014)

La pampa escenográfica. La opresión de la apertura monumental. El divagar siempre mortal. Un deseo legítimo, la realización femenina, que redunda en un dolor original, el abandono del padre. Jauja (2014), largometraje del argentino Lisandro Alonso, propone el extravío profundo, la renuncia a un destino belicoso, la insinuación de un placer siempre por llegar, de una reconciliación final siempre por llegar; ¿nunca alcanzada?

Desconozco el trabajo previo de Alonso. Las reseñas acusan una impenetrable unidad de estilo: siempre la angustia existencial como sombra al fondo. Viggo Mortensen, su paradigma de actor internacional, se dice, permitió a Jauja la multiplicación de los recursos de producción, lo que redunda en un ambiente complejamente escueto, encuadres muy procurados donde el individuo es una gota, inmensidades claustrofóbicas, pues la angustia es interior, y la pérdida de la promesa de Tar, o Jauja, corrosiva.

Jauja Viggo Mortensen
Un Viggo Mortensen hispanoparlante protagoniza la película. Imagen tomada de imdb.com.

Exhibición insoportable, donde el espectador se ve reducido a unos cuantos movimientos y poquísimas palabras, un deambular de tristeza reposada, pues no delira ni vomita aspavientos. Lentitud narrativa deliberada: la disolución de la promesa de Jauja colapsa.

Otro punto importante es la colonización del colonizador: vencido por la circunstancia enorme de la naturaleza que se le opone, de una fuerza atávica y anterior a la política. En ese marco militar de dominio, cuyo programa es el exterminio de la otredad indígena, se manifiesta la ambigüedad deseosa del individuo: Ingeborg, sin hablar español, sólo posible desde la ternura, decide extraviarse en el proyecto del amor, con un soldado disminuido por la disciplina jerárquica y la posición inicial en el desempeño profesional. ¿Por qué iría tras las pretensiones matrimoniales del soldado maduro?, pacato pensamiento adulto de oculta espiga egoísta. En cambio, ello no representa que su deseo sea absoluto.

Alonso, confiado en el pensamiento mágico, hace aparecer a la chamana en una cueva, consciencia ritual que abarca el tiempo sin su linealidad. ¿Ingeborg futura? Señales hay de ello. Luego, las interrogaciones de fondo del poema visual: ¿Qué es lo que sostiene a una vida? No el recorrido, ni la ambición, ni la certeza, ni la promesa de victoria, ni la muerte de los enemigos. Nada que pueda ser expresado con palabras, como el Tao: quizás, seguramente, la virtud de vivir emocionado por una niña de escasos cuantos años adolescentes.

Jauja
La pampa, el inmenso y mítico llano argentino, destaca como personaje total en la película. Imagen tomada de imdb.com.

Luego, un corte abrupto hacia el siglo XX. Una nueva Ingeborg, la misma, en riguroso calzón negro (¿testimonio de la simpleza de ser bello, joven?), vuelve a experimentar la asfixia del abandono, ahora en la imagen de su perro, atacado de nerviosismo por sus largas desapariciones. Mismo destino: moderna Jauja donde la paz es un círculo irrompible que habrá de suceder, una membrana que está por penetrarse (siempre).

El pacto final es la renuncia: un soldadito decimonónico, vinculado con aquel pasado latinoamericano inmenso, es abandonado en la profundidad del agua. Colapso de un sistema de ansiedades y fracaso.

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