Las iluminaciones endebles: Pequeño Niño Jesús de Flandr (2010)

Tres actores no profesionales con síndrome de Down arriban accidentalmente al nacimiento de un Jesús campesino, acogido por la niebla, la pobreza y la hermosura interior de un bosque flamenco. Involuntarios reyes magos que atraviesan la fascinación por empatía, al contagio de un fervor místico tras comprender que su sufrimiento no es exclusivo, y que en peores condiciones otras personas luchan en razón de la vida, lenta y calladamente, sin dimensionar los alcances poemáticos de su tarea cotidiana, cansada y cargada con testículos de polvo.

Recorridos por la paz de la imagen, por la delicia de la canción belga y el salto del enano conmovido. Admiraciones segregadas de la diplomacia adjudicada voluntaria y personalmente: se es emisario de un mensaje que se desconoce, pero que se vive con cosquilla transversal; se predica en la sencillez del acto y el placer de lo pequeñísimo; se participa de la flotación espiritual por medio de la imagen, de la visitación de un ejército de crucifijos a los humores friolentos de la playa, por medio del deseo de piedad volátil e imprecisa, inefable tanto por ignorancia como por grandiosidad plástica.

Tres actores no profesionales se balancean en un columpio y van soltando su poesía campesina en conversaciones alimentadas con bolos de amistad herida por lo necesario, lo urgente y lo extraviado permanentemente. Se decoran con coronas de delicioso papel y cetros de invención profunda y enramada. Dignidad adquirida por invención no profesional. Excelencia diplomática en un espacio cerrado sin delegación posible.

Pequeño Niño Jesús de Flandes
Fotograma de la película. Imagen tomada de imdb.com

Pequeño niño Jesús de Flandr es la irrigación deseable de la piedad mítica en un contexto contemporáneo, el redescubrimiento de lo tierno y lo simple soñador en medio del fracaso, la escasez y la evaporación del estómago. Quizás ese niño perdido en un bosque flamenco no era ni siquiera Jesús, porque esa es historia sabida y no hay dos dioses iguales sobre la tierra —o así lo quiere la iglesia, diligente con su capital simbólico de talla exclusiva. Y todo sea una confusión del entusiasmo en busca de su asentamiento caluroso sobre lo vacío del derredor. Esto todo, un pretexto dinámico para generar la escurridiza belleza de lo besable por operación del alma y sus orillas con dientecitos —aun sin que se sepa. Celebración de lo vivo abandonado, de lo impráctico sensacional y giratorio, expresado en el paseo charlador de los enanos sensibles, dueños de sus emociones y de sus lances de elevación chiquita.

Luego vendrán los extravíos, las divisiones sin ungüento por venir. Tras el milagro de la concepción y la autoproclamada asunción a la cualidad pensante, deambulatoria y palatal del santo, y luego de la experimentación de la dicha que viene con el roce de la sublimidad permanente y circular —la esfera no renuncia—, surgen las torpezas comunes del animal de distracción, furia, dolor del corazón y miedo expresado en dureza:

El uno se convertirá definitivamente en agente arcangélico, visitando al señor —un niño— durante su descanso en una tina. Gracia de la lengua intangible, abandono de lo esperado, con celebración. Súbita adquisición de cualidades apostólicas. Casi risa.

El otro visitará clubes nocturnos esperando posible el impacto totalizador de su sutileza apenas adquirida y bañada de fiebre. Pero el intenso mundo interior es en ocasiones incapaz de conmover, sólo apenas una vivencia intransferible, cuyo hervor duerme en células pequeñas de mínimo alcance, mientras los vasos del exterior derraman su cocacola y las cantantes se visten luminosamente para su trabajo —que nunca se acaba. Abandono de la promesa de tranquilidad y excitación del espíritu por las habitaciones de pisos brillantes y la lengua mexicana de la satánica hembra sonsacadora —chingado mito bíblico en clave machista. Mi sabiduría por unos lentes de sol y una fila de halagos montados en elefantes.

El último de los amantes experimentales, de los testigos callados, permanecerá para lograr la comunicación de lo acalorado, la fundación del imán del hígado, la procedencia por identificación y ternura. Soñador con salto en búsqueda de plumas, mientras el ¿acordeón? hincha los cuartos de madera con apetito religioso.

LBJOF9
Fotograma de la cinta, que propone una rara teología campesina, popular, anónima y naturalmente olvidada por el láser fáustico. Imagen tomada de imdb.com

Den Berghe busca el cine de la plasticidad satisfecha, de la conmoción invisible de naturaleza mamífera (operativa por pelo, semen, genitales y saliva). La neblina de los bosques de árboles delgados y altísimos, la imaginería de las herramientas de campo, con sus latones, sus cuerdas, sus óxidos y sus tallados de desgaste; las sílabas conjuradas lentamente en una letanía de tiempos lubricados y rítmica acogedora, los círculos palpitantes de la concepción mental que supone lo brillante en una región de abrojos y ramas pudriéndose, expulsada del paraíso corporativo y sus templos verticales con comodidad cerrada; los surgimientos de las emociones elementales del ser asociado, tímido, absorbente y cervical, con mandril en la punta de los dedos y lengua para dormir, son las vértebras sanguíneas de un relato que procede por ocupación de alveolos y alcobas del complejo arterial. Un cine de la exquisitez que doma al ojo y seduce a la percepción con extremidades palpatorias, convocando al pensamiento a la reflexión de lo compartido, lo transferible, lo mutuo y lo circular que introduce lo ajeno en el hocico de manera inesperada y lo vuelve masticación común.

Lo divino como fino tejido que pretende la totalidad, donde quiere insertarse, no sin la sutil punta de la ironía que raya, Pequeño niño Jesús de Flandr, por similitud.

Tres columpios y un árbol inmenso, una cámara que intenta abarcarlo con un paneo vertical muy suave. A eso acudimos: a la contemplación placentera, a la confirmación física de que la atención es un éxtasis, con las ideas de lo sensual relacionado vueltas imagen.

Belleza de lo despreciado sin fanáticos a su espera, de lo tangencial con acústica y troncos húmedos, de lo polvoso que genera significado cordial por un doblez del ánimo.

Hay que decir que la película se basa en una novela de Felix Timmermans, al parecer un apreciado fabulista flamenco cuyas traducciones al español, creo, no abundan en México.

Cine febril que dice desde su singularidad procurada y tallada a mano: ¡Qué bonito es Daniel Radcliffe! ¡Y qué poca tortuga hay debajo de sus pantalones!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s