La invisible solvencia de los pacientes: Elevador (2013)

Elevador (2013) es un documental mexicano dirigido por Adrián Ortiz Maciel, compuesto con entrevistas a los elevadoristas hoy operantes en el Centro Urbano Presidente Alemán (CUPA), vertical ícono rojizo y gris de la Colonia del Valle.

Tras abrir con una breve cinta de la época de la inauguración del multifamiliar, que desglosa en tono oficialista y propagandístico, como debe ser, los beneficios, atributos y promesas modernizantes de aquel signado condominio a la vista demoledor —una microrregión urbana que aspira a la autosuficiencia de coordinación civil, con puntos deportivos, escolares, comerciales, culturales y recreativos al interior—, la película da paso a la deslavada actualización de datos, a las transformaciones que se han suscitado en el presente, un siglo XXI sin patines voladores, como imaginábamos los niños de los 80.

El aire se le cuela al monumento de la modernidad por todos los sobacos, multiplicados como canaletes de aluminio y ensoñaciones satelitales.

El Cupa
Sitio emblema de la Colonia del Valle, el Centro Urbano Presidente Alemán conserva una cultura comunitaria en el contexto de la salvaje gentrificación de la Ciudad de México y la transformación inapelable del ciudadano en consumidor. Tomada de Facebook.

Pese a su grandilocuencia y aspecto de armatoste conmovedor, a su arranque original de aspiraciones futuristas, como todo lo que se paga para engrosar cuello en el gobierno, ¡oh, simulación!, el CUPA es hoy una región más del desproporcionado crecimiento urbano sin orillas, además de testimonio del quiebre de cada uno de sus propósitos altruistas; abandonado a la desorganización, el distanciamiento rumiante y la subsistencia llevadera. La maquinita ha dejado de chiflar y rebosarse en su canto, ya nada más pasta y dormita, respirando sin morirse. Con una sutil afabilidad popular sin demanda de inmensidad. Que es la garganta del filme.

En aquel submundo sin elevaciones ni urgidas demandas de apariencia, surge la imagen de los disminuidos, de los ignorados en su simpleza, de los mal pagados aun en tiempo completo, de los obligados a una rutina que es casi la representación efectiva del ahogo, completa y cínicamente libre de las explosiones hollywoodenses que el programa de maduración mecanicista reserva —¿no?— a cada conato de héroe volador, básicamente fiel: en Batman te veas.

¿Qué hacer con esta vida de obligada paz? Del escombro, ¿dónde se halla la ventilación, señora, dónde instalamos este complejo aparato imaginario para hacer palomitas? Y, más aún, ¿qué buscar como cineasta en un páramo tan aparentemente reducido, en una tan (casi) visible condena a la obviedad?

La minúscula fascinación flotante. La sencillez sensible no necesariamente observadora, quizás ensimismada, pero con un apetito de querencia insoslayable. La amable comprensión de la otredad como símbolo humano. La derrochada disposición al asombro, presta a celebrar los crujidos armónicos de lo cotidiano (el embarazo ajeno, la revoltura emocional ante la defunción cercana, la familia con su amor y desamor, las promesas de un enamoramiento prolongado cuya ceremonia y símbolos se celebran y desnudan colectivamente, el buscado placer simple, la excitación desde un cuaderno rayado de completo silencio). La adquisición de una identidad elaborada desde la periferia del mundo; resultado de una inteligencia del entorno que reacciona con selecciones de sensibilidad, con abandonos voluntarios a la promesa del éxito emperifollado, cuya vena está enajenada o es ilocalizable. La elaboración de una lenta empatía sin alcances prominentes, resignada, pero que se complace en su mutismo de canales abiertos.

Cupa
Viernes de tianguis en la cancha, un trabajador descansa al margen del barullo de los toldos de los comerciantes instalados en la unidad habitacional.

El trazo del filme no requiere filigrana: lo componen sutiles encuadres a los pies de los viajeros de elevador, de donde se completa toda una ambientación social. Anonimato a ultranza. Un asomo indiscreto a la dulce conversación sin disquisiciones enrolladas, libres del alambique de la continental especulación. Mosaico de la emotividad incubada en el encierro cúbico. Apreciación por el detalle barrial, por el cartelito escrito con plumón que aspira a recuperar un dinero robado, y la sabiduría social que desmiente, automática, el encanto —ya de por sí abandonado. Retrato de la venta de mazapanes (desde la “oficina”) que quiere equilibrar la quincena. Chistosos subtítulos en inglés [1] que dan cuenta de una verbigracia popular cuyos usos poéticos —asimilación plástica de la realidad— pasan desapercibidos por frecuentes, pero resuenan en su creatividad al verlos achatados en una lengua extranjera. Paulatina adecuación de un tono que promueve los relatos de la memoria y la renuncia. Pequeñísimo buen humor que se desprende de la conversación obligadamente casual y desinteresada.

¿Qué hacemos con el tiempo libre que crece como musgo al margen de esta broma caducada con inmensos pies de elefante de concreto? Sentir.

Elevador es, pues, una cifra de lo minúsculo olvidado por la parafernalia del programa urbanizador, hoy ido a otras lindes y en una nueva operatividad más o menos distinta, que renueva su aparatosidad como simiente del fracaso institucional del futuro. El cual será fingido, a su vez, por nuevas propagandas y luces nada más ajustadas en los relieves y en la fecha, ahora de formato digital. Mientras la queja no se vuelva global, no abrume, el ejercicio de la apariencia mantendrá vigente su función adormecedora.

De lado, quedan las expresiones de lo humano, cálido en su resignación. Siempre en tono de conmoción, la película decide cerrar con un operador practicando en la noche del cuarto piso sus pasos de tango.

Su acompañante es, otra vez, imaginaria.

[1] Vimos la película en la edición 2013 del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).

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