La lindura de tronar

Dice y no dice nada el hábito neurótico del escritor: principalmente, que es fauna tuerta, como cualquiera. Magnífico que así sea, por el lado de la disolución del nimbo en torno al arte y la literatura la tontera es el camino al éxtasis: sin estupidez y llanura no tendríamos la necesidad profunda de vestir al camello de listones y reírnos soberanamente sobre nuestra renuncia al mundo. Terrible, en cambio, por la certeza de nuestra neurosis muerta colectiva. Qué multiplicada idiotez retoca y fundamenta todo lo que movemos y abandonamos. Sociedad ridícula, con tan sólo besarte los hombros a ti misma, ¿qué lagunita se abriría en la puerta de tu sonrisa?

Tuvimos que embarazar de patos al Periférico, sin resultado.

Aun en el refrigerador, la sandía alza la ceja coquetamente.

Los niños no tienen ojeras si se los preguntan.

Donde el indio muere, la gramática es una exquisitez.

Estatuas de mantequilla.

Vámonos emocionando con la pequeñez, los kilos de zanahoria y la soledad.

De nuevo, se me pegó la lengua al paladar antes de que pudiera ordenar las dos piernas de esta mentada imaginación. Me felicito por ello, aunque no sé quién vendría a ayudarme, para perdonar al Chapulín Colorado. La gente no tiene la culpa. Ya es triste de por sí que sólo alcance el amor para regalárselo a la tevé. Habiendo bolis, cocos, sillas de mimbre, blusas oaxaqueñas y tantos toboganes flexibles para el diálogo profundo y la emoción. El mundo convive en fuerzas destructivas, pero las mayorías flotantes y soñadoras, simples, gordas y vitales, lo ignoran.

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